El exguitarrista de Ozzy Osbourne se presentó en Vorterix en un formato reducido.

Hace más de dos años, en una entrevista, declaró que en su epitafio pondría: “Guerrero de Dios, soldado de Cristo”. Evidentemente, Zakk Wylde va mas allá de lo que la gente piensa. Se nota que es un tipo con carácter y que no sintió ninguna culpa a la hora de pisar las tablas con un estilo muy diferente. Las aguas estaban divididas. Algunos habían tenido el gusto de verlo en vivo en este formato. Más allá de las opiniones, la comunión que Zakk Wylde tiene con el público argentino es innegable. Aceptan al grandote en cualquiera de sus formas. 

La mañana del martes en el Teatro Vorterix fue musicalizada por un show íntimo para 50 personas. Los que pudieron disfrutarlo aplaudieron más de una vez. Por la noche, el mismo lugar abriría las puertas para todos los que habían sacado su ticket. El desenlace de un show acústico era previsible. Desde sus anteriores conciertos, Wylde se sentó al piano en mas de una ocasión y mostró su lado más melódico. Además, grabó en 1996 Book of shadows, su primer disco solista, completamente desenchufado. 

Evidentemente, se siente cómodo con esa faceta. El Vorterix lo recibió con los unánimes disparos de los flashes y el dúo de guitarras le dio inicio a “Una noche con Zakk Wylde”. Es extraño ver al metalero promedio sin hacer el típico movimiento de cabeza para revolear su melena y seguir un show en silencio. Pero así fue. 

Lo que quedó claro es que Zakk es un virtuoso también sin enchufe, pero no siempre el virtuosismo puede conectarse con las emociones humanas. Con los primeros acordes la situación se perfiló algo aburrida, sobre todo cuando Wylde se encargó de darles ritmo a las teclas en algunos temas. La carga de ser un exescolta de Ozzy Osbourne todavía le pesa. Puede ser que un poco más que ser el líder de Black Label Society.

Sea como sea, el guitarrista afirma que lo acústico es tan poderoso como lo eléctrico: 13 temas que recorrieron su carrera durante dos horas de show dejaron algunas dudas al respecto. En el set list hubo una trilogía entrelazada que mezcló canciones de BLS (Suicide Messiah, Spoke in the wheel, In this river, Scars, Empty promises, The blessed hellride, My dying time, Stillborn); Pride & Glory (Losen’ your mind, Machine gun man) y Book of Shadows (Sold my soul, Road back home, Throwin’ it all away).

Los momentos que se acercaron a colmar las expectativas fueron pocos. Los solos largos brindaron una especie de clímax. Punteos de guitarra detrás de la nuca, cambios de cuerda y una luz tenue no alcanzaron. La impresión que quedó es que al vikingo le sienta mejor lo eléctrico. Por más que muchos de sus fans se hayan quedado con sabor amargo, Zakk Wylde está encaminado a grabar su próximo disco solista y no le tiene miedo a nada, aunque haya confesado que la primera vez que toco con Ozzy, “se cagó en los pantalones”

Foto: Camila Ocampo