La era del streaming no solo desafió a los paradigmas de la música: los criterios para diseñar las tapas de los discos están en permanente revisión. ¿En qué piensan hoy los que crean las portadas?

Tal vez dentro de muchos años el disco no exista más y haya otra cosa, andá a saber…”. Porque la discusión viene de larga data: si no es el vinilo, es el casete; y si no es el CD, es el streaming. Todo, siempre, está por terminar con los discos y la música como se los conoce. En medio de eso, la catástrofe inminente tiene su correlato desde la estética. Y las tapas de rock no son ajenas a los cambios: las novedades tecnológicas siempre han impactado en la forma de pensarlas, de diseñarlas y de consumirlas. Pero tal vez ninguna otra novedad impactó tanto como el paso del físico al streaming. El periodista Sebastián Ramos, autor del libro A todo volumen: Historias de tapas del rock argentino, suspira un segundo más y completa la frase: “… Pero ese vínculo entre el artista, la estética y el rock siempre va a existir”.

Desde la aparición de Spotify, se multiplicó el desafío de los diseñadores a la hora de representar en imágenes lo que se dijo en sonidos. Los diseños tienen que funcionar en tres tamaños completamente distintos como son el vinilo, el CD y los pocos píxeles de un celular. Santi Pozzi es uno de los referentes de la nueva generación de diseñadores que ha entendido la forma de trabajar en el siglo XXI. En ese sentido, él explica: “Los tres formatos disponibles te invitan a trabajar con tipografías grandes o tapas más icónicas. Se busca que la tapa tenga distintas lecturas: con una mirada lejana, debe tener cierto detalle; pero en un tamaño chico se tiene que comprender bien la imagen”. En ese sentido, Alejandro Ros coincide: hay que buscar imágenes sintéticas. Pero él, prócer del diseño gráfico argentino –ha trabajado con Soda Stereo, Babasónicos, Spinetta y tantos otros–, no está tan entusiasmado con el cambio de paradigma: “Hay que respirar hondo y esperar que pase. Spotify redujo muchísimo la calidad y la percepción de lo que solían ser las tapas. No se está aprovechando el avance de lo digital. Las portadas podrían ser animadas, pero todavía estamos en la edad de piedra”.

Antes de mirar hacia adelante, hacia ese futuro prometido de autos voladores, teletransportación o, aunque sea, tapas de discos con movimiento, hace falta mirar hacia atrás. Escena: un niño cualquiera entra a una disquería cualquiera e, ignorante él, elige un disco cualquiera. No: cualquiera no. El de la mejor tapa. Ahora, eso evidentemente parece haber cambiado: ante el exceso de información y la falta de necesidad de esa búsqueda, la tapa como puerta de entrada a un mundo improbable de música parece haberse extinguido. Según Ramos, en el plano digital, “las tapas son demasiado chicas como para llamarte la atención. Pero los diseñadores trabajan para eso: ese concepto de marketing que alguna vez no fue premeditado hoy también cumple un rol”.

Y entonces, tal vez la cosa no cambió tanto y solo se volvió menos tangible: el timeline de cualquier red social puede ser una batea de novedades para cualquier usuario inquieto y el diseñador atento. Dice Pozzi: “Como el streaming no implica tener que comprar el disco para escucharlo, es muy probable que una buena tapa te invite a elegirla. Está todo tan al alcance que es muy fácil acceder. Antes veías un disco con una tapa que te gustaba y tenías que decidir si comprarlo o no. Ahora, si una tapa te gusta, solo tenés que hacer un clic. Una buena tapa es una invitación a escuchar el disco”.

Entonces, el diseño tiene que ser concienzudo. Y en la búsqueda de la mejor, no ganará la más linda, sino la que logre representar lo que guarda dentro. Alejandro Ros así lo entiende. El diseñador logra su cometido “cuando vos la ves y sentís lo que hay adentro. Cuando la tapa te transmite el tipo de música que hay en el disco, las sensaciones, las letras, el clima, qué quiso decir el músico y qué momento está pasando él. Se busca que tenga síntesis, que esté comunicando algo, que cuente con una idea, que haya una acción, que no sean formas y colores sueltos que no dicen nada, que tenga pregnancia”. Y aquella portada que verdaderamente lo logre se volverá icónica. Y cuando así sea, audio, formas y colores serán parte de una misma cosa. Cuatro tipos cruzando una senda peatonal. Un bebé buscando un dólar en una pileta. Pero cuidado con eso, advierte Pozzi: “Una imagen no es la música, es otra cosa, un paralelo se une con el sonido en el imaginario de la gente. Pero en su origen son dos cosas distintas”.

Sin embargo, es indudable que, de todos los géneros posibles, el rock es el que más estrechamente se ha relacionado con su estética, el que más se ha acercado a la unidad estilística entre imagen y sonido. Así lo cree Ramos: “La estética gráfica está vinculada a la música y en especial al rock. Y de una u otra forma, siempre la va a acompañar”. Entonces, resulta inconcebible pensar un futuro cada vez más digital que ofrezca cada vez menos riqueza estética. El devenir debería ser distinto.

Por eso, la idea de la reinvención digital de las portadas como una búsqueda comercial, pero sobre todo bajo la búsqueda de la belleza, parece un desenlace necesario. Según Pozzi, “eso se va a ir dando solo. Con el paso del tiempo se va a ir potenciando cada vez más, el fenómeno irá creciendo con el paso del tiempo”.

En la segunda edición del libro A todo volumen… –que solo se consigue vía Facebook–, Rocambole agrega una idea interesante a la discusión: “Cuando irrumpió la computadora, todos los diseñadores temblaron pensando que iba a haber una máquina que iba a hacer mejor todo lo que ellos hacían. Y no fue así, porque por ahí aquellos que pegaban Letraset tenían una inventiva más interesante que la que se podía lograr utilizando el Photoshop. El asunto creo que va a dar que pensar cuando inventen la máquina de crear, la máquina de tener ideas”. Hasta entonces, solo hay una búsqueda posible: llevar, de nuevo, la imaginación al poder.