En el día en que Gustavo cumpliría 57 años, compartimos los recuerdos de dos amigos de este artista único e irrepetible.

TWEETY GONZÁLEZ: “Talento y sudor”

¿Cuándo conociste a Gustavo Cerati?

– Me acuerdo aproximadamente de la época, no del día o el año exactos. Supongo que habrá sido por los lugares que frecuentábamos, como el Estudio Moebio, donde ellos grabaron Nada personal y Signos, porque yo les alquilabas equipos. Me acuerdo de ir a la casa de los viejos de Gustavo porque él todavía vivía con ellos, de ir un domingo a cobrar una guita y que me atendiera su papá, Juan José Cerati, en pijama y me pagara. Me parecía muy loco que el papá sea una suerte de administrador.

¿En qué momento empiezan a trabajar juntos?

– Fue una situación accidental, porque el tecladista que tenían, Daniel Sais, se fue. Yo tenía una buena relación con Charly Alberti porque teníamos el mismo sampler y solo había dos en Buenos Aires, así que nos ayudábamos si alguno se rompía. Yo estaba recontra equipado para esa época. Y a ellos les gustaba eso, porque Soda Stereo siempre fue una banda hiperavanzada tecnológicamente. A Gustavo le gustaban algunas cosas que había hecho con Fito Páez y se dio. Preparé tres o cuatro temas para la gira de Doble vida y a partir de ahí, no nos separamos más.

¿Qué recordás de la grabación de Confort y música para volar?

– No se hicieron muchas tomas, hubo mucho jamming. Ensayamos un mes, pero lo que se buscaba era que suene fresco y zapado, era como reversionar estándar de jazz, pero por músicos que no eran jazzeros. La sonoridad estuvo apoyada en el piano Rhodes, que pegaba bien con el sonido de la guitarra de Gustavo. Y Charly tocaba un poco por debajo de su volumen, con palos más suaves. Una versión delicada, pero no acústica, como un eléctrico de living. Le hicimos justicia a temas que parecían menos importantes en la historia de la banda, como Un misil en mi placard. Le dimos una segunda lectura más madura.

¿Y de Ahí vamos?

– Lo lindo de trabajar en el estudio de Gustavo era que se fusionaban los procesos de preproducción, demo y grabación. Ahí vamos se fue rockeando a medida que avanzábamos con el proyecto. En un momento se puso medio “sodero” y nos mirábamos y nos reíamos. Yo le decía: “Dejalo fluir, sigamos”. Para mí era una relectura de su interpretación de violero de rock, pero llevada a un exponente más maduro. Lo alentaba para que no se cohibiera si se parecía a Soda. Las canciones eran tan maravillosas que para mí era un detalle si eran similares. Porque quién más tiene derecho a parecerse a Soda que Gustavo. Él era muy fan de la tecnología y en Ahí vamos no dudaba si tenía que tirar por la borda una semana de trabajo porque descubría un nuevo sonido de guitarra. Lo suyo no era solo talento, estaba el sudor.

¿Cuándo lo viste por última vez?

– Profesionalmente, estuvimos un largo rato cuando tocó un solo recontra caliente en el álbum de Richard Coleman, Siberia Country Club. Después se fue de gira. Luego lo vi por última vez en un show de la gira de Fuerza natural en México DF. Vi medio show en la consola de Martin Phillips [puesta e iluminación de Daft Punk, NIN, entre otros] y la otra mitad, desde la de Adrián Taverna. El recital me arrancó la cabeza. Gustavo fue un artista irrepetible, dejó la vara muy alta. Voy a recordar su humor, lo afectuoso que era. Mi sello se llama Twitin porque él me llamaba así. Me cuidó mucho cuando estuve mal. Y me cuesta mucho separar al amigo del músico, me siento fan de él. Es todo una sola unidad. Me quedé sin un amigo y con la bronca de perder a un músico que le hacía honor a su país.

ADRIÁN TAVERNA: “Fuimos amigos por 30 años”

– El primer demo: Soda Stereo tenía un demo grabado en un estudio con dos temas, pero yo después grabé otro con todas las canciones del primer disco, más uno inédito que se llama Detectives. Lo registré muy precariamente en una consola de seis canales que tenía, que iba directamente a una casetera, está mezclado en vivo. Lo grabamos en una sala de ensayo de Soda, que estaba ubicada arriba del garaje de la casa de Charly Alberti. Ese material lo tengo yo y suena muy bien.

– Inicios: Después de la salida del primer disco y de la presentación en el Teatro Astros, comenzamos a tocar en discotecas y pubs. El día de cada show yo viajaba en el mismo colectivo que Gustavo, porque vivíamos a cinco cuadras de distancia, en Villa Ortúzar. Los domingos, además, íbamos a Cabildo y Juramento a comprar revistas importadas de música, como la Guitar Player, que llegaban con muchos meses de atraso.

– Ruido blanco: Grabé ese álbum en diferentes países. Fue muy difícil encontrar equipos para grabar. Era un trabajo que se hacía con el “cuchillo entre los dientes”. Había que llegar con una semana de anticipación, porque en esa época no había ni fax, y empezar a negociar.

– La 9 de Julio: Fui el ingeniero de sonido en vivo de todos los shows de Soda, aproximadamente 1500. Pero me impresionó el concierto gratuito de la 9 de Julio [1991]. Pensábamos que iban a asistir 100.000 personas, como una exageración, pero fueron 350.000. Había calculado un sonido para seis cuadras, pero la gente ocupó 12. Me distraía viendo a la gente, me asomaba para atrás y me asombraba de ver a la multitud.

– Primera despedida: No quería hacer la gira de El último concierto. Gustavo tampoco. Pero hubo que hacerla por cuestiones internas. Yo no la pasé bien. Al principio de Soda era todo tan divertido y ese tour fue tan tedioso. Se había perdido la alegría. Se hicieron seis shows, tres en México, Venezuela, Chile y Buenos Aires. La banda podría haber llenado más de un River, pero Gustavo dijo: “Yo me despido una sola vez de Buenos Aires”. Fue el récord de tickets vendido, ya que armamos el escenario sobre la pista de atletismo y la platea, y el mangrullo era chiquito y alto, para que pudiera entrar la mayor cantidad de público. Luego de ese show, cada uno estaba con su entorno en el camarín, de hecho Gustavo, Zeta y Charly ofrecieron una fiesta de despedida por separado.

– Me verás volver: Fue la revancha de la anterior despedida. Nos divertimos otra vez, hubo una producción enorme y los seis River fueron la frutilla del postre. Hicimos 23 shows en total y podríamos haber continuado al año siguiente. Soda tenía una propuesta muy firme para una gira de 50 shows más, que los llevaría por Europa y Japón. Pero Gustavo no quiso, él estaba muy enfocado en su carrera.

– Detallista: Gustavo era un adelantado, un experimentador con su sonido, cambiaba de rack, de pedales, de formas de procesar su instrumento. Más allá de ser talentoso, le gustaba estudiar: leía los manuales de los equipos, me indicaba qué necesitaba yo para operar. Estaba en los más mínimos detalles. Después de un show me decía: “¿Qué pasó que te quedó largo un delay?” o “¿no estaba demasiada chillona esa guitarra?”. Y yo no podía entender cómo hacía para escuchar el sonido que yo operaba afuera del escenario. No me pasó con otros artistas y eso que trabajé con muchos.

– Material inédito: De Cerati no hay tanto demos, de Soda sí. Gustavo llegaba con lo justo a la grabación. Siempre fueron un problema las letras, por eso necesitaba la colaboración de alguien, como Richard Coleman o Daniel Melero. Entrábamos al estudio y él seguía buscando la letra. Y después salía una lírica terrible.

– El recuerdo: Fuimos amigos por 30 años, yo estuve con Gustavo el doble de tiempo que Charly y Zeta. Estoy lleno de recuerdos, pero siempre trato de que sea con alegría, porque viví más de la mitad de mi vida con él. Cuando tuvo el ACV lo acompañé en toda su estadía en Venezuela. Luego fueron cuatro años muy largos, yo por momentos era optimista, por momentos incrédulo. Mi carrera se la debo a él. En los casi 2000 shows que trabajamos, Gustavo me hizo aprender, estudiar, es parte fundamental de mi conocimiento, mi preparación. Voy a estarle eternamente agradecido.

 

Una foto publicada por Charly Alberti (@charlyalberti) el