El baterista nigeriano, pieza crucial del afrobeat junto a Fela Kuti, se va a presentar este martes en Niceto Club para un homenaje jazzero a su ídolo Art Blakey.

En 1958, luego de hacerle creer a sus padres que se iba de Nigeria a Londres a estudiar medicina, Fela Ransome-Kuti ingresó al Trinity College para aprender música. Ese mismo año, pero a unos cuantos kilómetros de distancia en un estudio de New Jersey, Art Blakey grababa junto a los Jazz Messengers una de las piezas seminales del hard bop: “Moanin’”. Justo ahí, casi pasando la mitad, hay una revelación llamada The Drum Thunder Suite”, donde Blakey pasea a su banda en un camino de solos que se intercalan entre la métrica de su hi-hat y los repiques agresivos en los parches. Son siete minutos, treinta y cinco segundos. Ahí está, ahí suena África.
Seguro que existen otros ejemplos de su incursión afro: desde el intercambio con Sabu Martínez en Message from Kenya hasta el lógicamente nombrado álbum “The African Beat”. Pero es en “Moanin’” donde Blakey logró su mejor versión globalizada. Aquello no es coincidencia si se tiene en cuenta que, en una serie de testimonios contradictorios, dijo haber vivido durante dos años en Ghana, donde cultivó nuevas técnicas inspiradas en la polirritmia de la diáspora.
Cinco años más tarde de que todo eso ocurriera, y bastante antes del nacimiento del afrobeat, Fela regresaba a Lagos con una misión: armar una banda de jazz. Pero no estaba del todo convencido de poder encontrar un batero ajustado a sus necesidades. En su tierra natal, mientras trabajaba de DJ pasando discos de Blue Note en una radio, un oyente resultó ser la pieza ideal: se llamaba Tony Allen. Con su nuevo aliado se dedicaron brevemente a tocar estándares popularizados por Miles Davis, Horace Silver y, quien otro sino, Art Blakey. Posteriormente, Fela alimentaría esa sociedad mercurial con Allen al formar los Koola Lobitos, y seguido, aquella aplanadora del ritmo llamada Africa ’70. Pero eso quedará para otro capítulo de la historia.
Este martes en Niceto Club, Allen se dedicará a homenajear a aquel batero de sus años iniciáticos, proponiendo así un nuevo enfoque para entender las raíces del afrobeat. Desde París, el músico nigeriano conversó con Billboard y explicó por qué tardó casi medio siglo en revivir su costado jazzero. “Me gusta el afrobeat y sigue siendo una parte importante de mí, pero está en mi naturaleza cambiar las cosas a cada momento”, dice.

– Blakey surgió en una época muy rica para la percusión de jazz. ¿Por qué el tributo es solo sobre él?

– Cuando descubrí el jazz, en un principio quise seguir sus pasos. Y en cierta forma fue difícil elegir a uno, porque yo empecé escuchando a Max Roach, Philly Joe Jones y Gene Krupa. Pero Art Blakey es mi ídolo. Su toque es mucho más original, de mayor visión. Armó una buena mezcla entre lo americano y el sonido de África. Es un lenguaje que el solo sabía hablar, por eso siempre lo preferí a él por encima de otros bateros. Hay una sutileza en lo que hacía que los demás no tenían.

– Y Blakey es, a su manera, un referente del género para África… 

Bueno, viste “The Drum Thunder Suite”, suena a África. Si lo escuchás, no es europeo ni americano, es africano. Yo hago una versión muy personal de ese tema. De hecho, acabo de grabar cuatro canciones de mi tributo a él, que seguramente va a salir pronto como un EP, no un álbum. Obviamente, “The Drum Thunder Suite” va a estar.

– En aquellos años formativos en Nigeria, ¿había músicos de jazz prominentes?
En realidad, sí. Había músicos de jazz en Nigeria, pero había muchos más de high-life. El problema era que no podías vivir tocando jazz y la gente en ese momento quería bailar y divertirse. Las únicas bandas que lograban tener un sueldo eran los músicos que hacían high-life.

– Tocar ambos estilos también te ayudó a construir tu propio beat. ¿Cómo llegaste a eso?
Entendí que los percusionistas de jazz ponían el acento en los platillos, pero yo quería usar todo el kit. Sentía la necesidad de hacer como si mis pies caminaran sobre el beat. Cuando Fela armó los Koola Lobitos, él quería tocar high-life pero sumando la influencia del jazz. Y fue bueno porque me permitió ser yo mismo y generó desafíos sobre la composición. La música es un desafío y tenés que estar preparado para eso.

– En tu libro, una de las dedicatorias es a Damon Albarn, ¿qué impacto tuvo él sobre vos?
Lo conocí en 2001 y era la clase de persona que estaba buscando. Disfruto mucho de estar con él. Para mí, él es como Fela; en otra dirección, pero similar en la forma en la que enfrenta ese juego de escribir música.