El legendario baterista trajo a su banda para ofrecer un tributo con licencias a su ídolo Art Blakey. Crónica y fotos.

El líder de la banda arma la canción; que, en realidad, más que canción, es un opus circular de no menos de quince minutos servido para la hipnosis. Pero para que verdaderamente funcione, necesita un ingeniero que marque el ritmo. El líder lo tiene y deposita en él esa tarea central. Fela Kuti se llama el líder, Tony Allen, el ingeniero. El primero falleció hace veinte años, el otro está subiendo al escenario de Niceto, aunque con la premisa de tocar estándares de Art Blakey. O eso creían en un principio aquellos que llenaron la sala un martes a la noche.

Acompañado de un trío (Mathias Allamane en contrabajo, Jean Philippe Dary en piano, Irving Acao en saxo), Allen se sienta como un buda de gafas oscuras y gorra con brillos, observando desde arriba. Intercambia guiños y fraseos con sus compañeros, pero hay algo extraño en lo que está sonando. El esperado hard-bop desaparece como una ilusión y los cuatro músicos se entregan a una versión smooth de afro jazz directamente extraído de la costa oeste de la diáspora africana. Allen camina sobre el beat usando todas sus extensiones, mientras Allamane pisa sus talones en busca de las notas que dejan libertad para que Acao y Dary floten en sus instrumentos. El último a veces intercambiando piano con wurlitzer recordando esos momentos donde Fela dejaba el saxo para exorcizar sus demonios en las teclas.

A mitad de camino, el show revela sus intenciones: lo de Art Blakey es una mera excusa. Esto es una jam de bases definidas, pero de experimentación que permite pifies y errores provocados que harían temblar a más de un académico. Pero lo interesante es que el batero se recupera con una facilidad asombrosa. Al igual que un boxeador magullado usa su último oxígeno para ganar con un uppercut certero, Allen y su banda triunfan desde la sinergia. Grupo y espectadores lo siguen como esa deidad de setenta y seis años que es. Entonces, él investiga los parches y los platillos en busca de algo que quizás no encuentra, solo porque tiene que hacerlo; porque, como admitió días antes, “está en mi naturaleza cambiar las cosas”. El riesgo lo hace perderse en su propio tempo, lo obliga a frenar de golpe y volver a su beat, ese que inventó a principios de los setenta. Por eso, cuando él toca no lo hace desde el corazón, lo hace como un ejercicio vital; como si su próxima hora en la tierra dependiera de ello. Es un espacio de dimensión mental que los simples mortales no conocemos. Quizás Sun Ra lo conocía. Tal vez Coltrane. Y, sin lugar a dudas, Fela hablaba en esa frecuencia; después de todo, el afrobeat es el hijo que tuvo en sociedad con su histórico aliado.

El público lo entiende y lo celebra. Tanto que obliga al músico a volver con su banda para un breve bis y luego agradecer tímidamente por millones. Los cuerpos se mueven y las notas se esparcen en el aire como disparos del incandescente sentimiento que provoca esa arma llamada música.