Su estilo excéntrico y sus canciones subversivas los convirtieron en una banda fiestera, y a sus integrantes en ídolos para la audiencia queer. Cuarenta años después, los miembros originales recuerdan los detalles de una carrera radical y la tragedia que casi acaba con todo.

En una tarde fresca a finales de mayo, un grupo de hombres con gorras de béisbol y mujeres con remeras caladas en los hombros se mueven alrededor de un escenario precario montado junto a la piscina del MGM Grand de Las Vegas. Los invitados, cerveza en mano, llegaron al hotel para una conferencia sobre software, pero ahora están en esta fiesta privada para ver a los B-52s (Fred Schneider, de 66, Cindy Wilson, de 61, y Kate Pierson, de 70) junto al cuarteto que los acompaña.

Al principio sorprende ver a los B-52s aquí, pero una fiesta en la piscina de un casino de Las Vegas es, en cierto sentido, el lugar perfecto para la “pequeña y chabacana banda de Athens, Georgia”, como los B-52s siempre se definieron. En mayo (a una década de que su último álbum, Funplex, alcanzara el N° 11 en el Billboard 200, y a casi 30 años de que sus mayores hits, “Love Shack” y “Roam”, alcanzaran el N° 3 del Billboard Hot 100), la banda se lanza a un extenso tour norteamericano para celebrar su 40º aniversario.

Los B-52s se formaron en 1976, con el hermano mayor de Cindy, el guitarrista y principal compositor Ricky Wilson (que murió en 1985), y su mejor amigo, el baterista y guitarrista Keith Strickland (que abandonó las giras con la banda en 2012). Sus coloridos ensambles vintage (“No teníamos dinero y compramos la ropa que nos gustaba”, explica Schneider) junto a las épicas pelucas y pestañas postizas de Cindy y Pierson originaron un estilo chic de feria americana, algo que, en comparación, hacía lucir a los habitués de la Factory de Andy Warhol como gente convencional (de hecho, muchos confundieron a las dos mujeres con travestis). Para un tiempo dominado por una escena punk mayormente masculina, la excéntrica estética de los B-52s, junto a letras surrealistas e hilarantes, como en “Quiche Lorraine”, era un fenómeno extraño.

Cuando los escuché por primera vez, a inicios de los 80, yo era un adolescente tratando de aceptar mi propia sexualidad, y ellos fueron como un faro. Punks en la subversión de lo convencional y la celebración del absurdo, tenían una diversión desafiante para una época en la que Ronald Reagan jamás habría pronunciado la palabra “gay” ni se habría remitido al hecho de que el sida se estaba volviendo una pandemia –que tomaría a Ricky como una de sus primeras víctimas famosas–. Entonces, el mensaje de que los chicos LGBTQ se parecían a mí se sintió urgente y necesario: “Lo raro es bueno, y ahí es donde está la fiesta”.

Cuatro de los cinco miembros originales, de hecho, se identificaron como LGBTQ: Ricky, Schneider y Strickland, como gays, mientras Pierson, que convivió con un hombre hasta principios de los 2000, está ahora casada con una mujer. Pero Schneider dice que la banda no se propuso escribir himnos queer, como luego haría Erasure. “Hacíamos lo nuestro –cuenta–. Creo que, subconscientemente, estábamos tratando de decir algo. Pero era algo así como un flujo de conciencia, se encontraba oculto”.

Algunas de esas vibraciones provenían de las composiciones de Ricky. “Recuerdo verlo escribiendo y riéndose –cuenta Cindy–. Una vez le pregunté ‘¿De qué te reís?’. Él respondió: ‘Acabo de escribir el riff más estúpidoʼ”. Se trataba de “Rock Lobster”, el primer single. Editado en abril de 1978, el tema recién llegó al Hot 100 a mediados de los 80 (en el N° 56), pero inmediatamente catapultó al grupo, que pasó de ser una banda de fiestas a una favorita de las radios independientes. Con el auto familiar de los padres de los Wilson, la banda viajaba de Athens a Nueva York para tocar en el Max’s Kansas City; luego, eventualmente, al CBGB y el Mudd Club (su actuación inauguró la sala en 1978), entre intérpretes como Talking Heads, Blondie, el Patti Smith Group y The Ramones. “De algún modo, a los fans del punk les agradábamos”, dice Schneider.

Sin duda, la vestimenta y las pelucas fluorescentes serían una rareza entre tanto cuero negro, pero los B-52s tenían una base de fans muy diversa, que incluía a Frank Zappa, William Burroughs y John Lennon (según contó para la posteridad el ex-Beatle, “Rock Lobster” lo impulsó a producir su último álbum, Double Fantasy, con Yoko Ono). Sus siguientes tres álbumes escalaron el Billboard 200, pero Warner empezó a presionarlos cuando trabajaban en el cuarto, Bouncing Off the Satellites. “Nos reímos cuando nos dijeron ‘Compongan un hit’ –recuerda Pierson–. Eso a Ricky lo puso nervioso”. Todos empezaban a darse cuenta de que no estaba bien –era cada vez más delgado–. Pero Ricky solo le había contado a Strickland que le habían diagnosticado sida.

Era una época, explica Schneider, en la que la gente se avergonzaba de decir que tenía sida, incluso con los amigos. “Era terrorífico –cuenta–. Por entonces se lo llamaba ʽGRIDʼ [sigla de inmunodeficiencia relativa a gays, en inglés]. No creo que existiera el término ʽHIVʼ. Veías gente con las marcas del sarcoma de Kaposi. Nadie sabía si lo tenía y cómo lo había adquirido”. “Le pregunté a Ricky si estaba enfermo –dice Cindy–. Tiendo a creer ahora que estaba tratando de protegerse al no aceptarlo totalmente”.

Querías mantenerlo en secreto, porque la gente podía ser dañina”, dice Schneider. “Y algunos amigos se alejaron un poco –añade Cindy–. Me he preguntado cómo la habrá pasado Ricky. Debió ser horrible”. Pierson aún recuerda el llamado de Strickland diciendo que Ricky estaba hospitalizado. Murió a la semana, el 12 de octubre de 1985, a los 32 años, de cáncer relacionado al sida.

“Fue devastador para nosotros, especialmente para Cindy y Keith”, cuenta Pearson. Al tiempo de su muerte, el diagnóstico se hizo público –una rareza para un tiempo en que muchas muertes eran atribuidas al cáncer u otras enfermedades resultantes del sida–. Aunque en sucesivos años los artistas del dance y el rap se refirieron al virus en sus letras, el mundo del rock pareció ignorarlo. “Aun cuando se supo que Klaus Nomi, Ricky Wilson de los B-52s e Hibiscus habían muerto de sida –escribió Jim Fouratt en Spin, en 1988–, la industria del rock continúa sin hacer nada al respecto. ¿Por qué? Diría que por miedo”.

La banda se tomó un descanso al encontrar impensable la idea de tocar sin Ricky. “No podíamos manejarlo”, dice Pierson. Dos años más tarde, Strickland contactó al trío restante para decir que había combatido la tristeza componiendo canciones. “Empezamos a darnos cuenta de que teníamos algo precioso entre nosotros –agrega Pierson– y de que el espíritu de Ricky había vuelto de algún modo. Fue un verdadero proceso de sanación. Todo ese material comenzó a salir, evocando nuestro tiempo en Athens”.

Con la ayuda de los productores Nile Rodgers y Don Was, la banda lanzó Cosmic Thing en 1990. “Nos hicimos amigos de por vida, instantáneamente –dice Rodgers–. Siempre fui un superfan de los B-52s. No estaba seguro de cómo el público se iba a sentir, pero sabía que nosotros estaríamos bien”. El álbum se convirtió en el más exitoso, alcanzando el N° 4 en el Billboard 200 gracias a temas como “Love Shack” y “Roam”. “Es sorprendente que Cosmic Thing sea un álbum tan feliz –dice Cindy–, porque surgió del dolor y la tristeza”.

Este verano, los B-52s tocarán en escenarios, anfiteatros y estadios junto a otro pionero gay, Boy George. Cuarenta años después, los intérpretes en los que han influido (desde sus vecinos de Athens, R.E.M., hasta James Murphy de LCD Soundsystem) son algunos de sus fans. Cuando no están de gira, viven separados unos de otros –Pierson en Woodstock, Nueva York, donde regentea una cabaña; Cindy en Athens; Schneider en Long Island, Nueva York, cuando no está pasando música en algún rincón del país. Pero viéndolos en Las Vegas, intercambiando sonrisas y miradas, su simbiosis familiar se siente tan vital como siempre.

“Todavía la pasamos bien en el escenario”, confiesa Schneider. Lo entusiasman menos las rutinas de las giras de hoy en día –arduos viajes aéreos, los iPhones omnipresentes en la multitud–. “Ahora ni siquiera miro a la audiencia –se ríe–. Miro por encima de sus cabezas”. Lo que energiza a los B-52s, en todos estos años tras la tragedia que casi los separa, es el revolucionario cuerpo de canciones que crearon. Cindy revisa el catálogo al menos una vez al año. “Recientemente me tomé un día para escuchar las canciones –dice–. Me voló la cabeza. Quedé llorando, estaba sorprendida por todo lo que hicimos”.