El británico volvió al país después de dos años, en el marco de su “57th & 9th Tour”. Crónica y fotos.

Una parte de la luna brillaba en una noche agradable de mayo. Hasta eso parecía ensayado. Las casi 20 mil personas que se acercaron al Hipódromo de Palermo fueron testigos de una lección de buen gusto, de sonido de alta fidelidad e interpretación a cargo del músico de 65 años. Si hay algo que Gordon Matthew Thomas Sumner −su verdadero nombre− logra en cada concierto, es demostrar cómo manejar el paso del tiempo con altura y vigencia para mantener la voz intacta.

Su fórmula es sencilla, o mejor dicho, basada en la simpleza: una remera, un jean, un bajo Fender gastado y casi sin efectos, unas pantallas que reproducen lo que sucede en el escenario y algunas luces sobrias. Sólo eso bastaba. En épocas de computadoras y pistas pregrabadas, llamó la atención cómo el ensamble del grupo prescindió de ellas. Desde los que estaban ubicados en las filas VIP Gold del sector delantero −que tenía sillas− hasta los últimos parados en el campo trasero pudieron apreciar un sonido sobresaliente, donde cada instrumento se podía apreciar individualmente. “Se escucha mejor que un CD”, se escuchó decir a una señora en el fondo.

“Buenas noches, querido público de Argentina. Estoy muy feliz de estar en Buenos Aires, una vez más”, saludó. El romance con el público argentino viene de larga data.  En 1980 algunos pocos privilegiados pueden decir que lo vieron tocar en Obras junto a The Police. Otros recordarán hace 30 años su show −ya como solista− en River o la vuelta con el mítico trío hace una década. Su última vez en el país fue hace dos años en la inauguración del DirecTV Arena de Tortuguitas.

Sting es de esos artistas de la mesa chica, como Stevie Wonder o Paul McCartney, cuyos recitales se transforman en cátedras de música y clases de canto. “Buenos Aires, canta conmigo”, arengó mientras improvisaba melodías vocales. A los típicos aplausos sobre el final de las canciones se sumaron gestos de admiración durante pasajes e intercambios instrumentales con el resto de los integrantes de una banda que lo conoce bien y mucho. “Somos dos padres y dos hijos aquí”, describió orgulloso. Con Joe, su hijo en una de las guitarras −que se lució al interpretar Ashes to ashes de Bowie−, “el porteño” Dominique Miller, su hijo Rufus Miller en la otra guitarra, y el enorme baterista Josh Freese se convierten en materia de estudio obligatorio para cualquier aspirante que quiera formar una banda de rock.

Con respecto al repertorio no se escuchó ninguna queja a cargo de una audiencia tranquila y variada en edad. “Es un monstruo”, disparó la esposa de una familia completa sobre el final de Roxanne, mientras su marido seguía aplaudiendo. A los clásicos que todos querían escuchar se agregaron algunos temas de su último trabajo, en un setlist que pasó de las baladas “himnos” de radios del estilo de Aspen 102.3 −acertado partner radial−, como Shape of My Heart o Every Breath You Take, a los momentos más intensos de su trayectoria como Next to You o Synchronicity II

A la salida muchos comentaron sobre su estado físico y algunos de los varones presentes se propusieron llegar en esa forma a esa edad. Es que Sting genera eso, admiración e inspiración para encontrar nuestra mejor versión.

En la previa, Lisandro Aristimuño solo con su guitarra y The Last Bandoleros con acordeones y elementos sureños funcionaron como la antesala ideal para matizar la espera del notable bajista en otro acierto de DF, productora estrella de Lollapalooza, que en simultáneo está realizando la muestra Bowie by Mick Rock en La Rural y preparan los próximos shows de Bon Jovi y 5SOS en Argentina.