El exguitarrista de Los Redonditos de Ricota acaba de lanzar su sexto álbum solista, El engranaje de cristal, donde ratifica su talento y deslumbra con ese sonido personal que marcó a fuego toda su carrera.

Vivió la magia de los primeros pasos del rock en la Argentina. Viajó a Londres en pleno 1968. Integró grupos pioneros como la desconocida Diplodocum Red & Brown y la legendaria Cofradía de la Flor Solar, todo con epicentro en la ciudad de La Plata. Tuvo su experiencia hippie en comunidades como La Casa de la Luna y un campo cerca de Pigüé. Tocó en las bandas de sonido de mediometrajes que su hermano Guillermo hacía junto a Carlos “Indio” Solari, y de esas zapadas nació Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Tras una larga recorrida por el under, un lento ascenso por el circuito de la ciudad de Buenos Aires y la explosión imparable de popularidad a fines de los años 80 y toda la década del 90, la banda finalmente se separó. Recién ahí, el público descubrió que la dupla Solari-Beilinson no era mitad letra y mitad música, sino que el cantante también componía y que el guitarrista también podía escribir e interpretar. Su debut fue el bellísimo A través del mar de los sargazos, y durante los siguientes tres lustros, periódicamente sacó nuevos álbumes que reflejaban su crecimiento y madurez como compositor y cantante.

Su último opus es El engranaje de cristal, lanzado en septiembre y presentado en vivo en el estadio Malvinas Argentinas, en noviembre. Su banda, llamada Skay y Los Fakires, incluye a Oscar Reyna en guitarras, Claudio Quartero en bajo, Javier Lecumberry en teclados y Topo Espíndola en batería y percusión. En el equipo hay que incluir al artista plástico Rocambole como “visibilizador” y creador de un arte de tapa que en esta oportunidad tiene el formato de un disco simple de la época de los vinilos. Detrás de todo está su pareja de más de cuatro décadas, Poli, como “oficiante” y encargada de toda la producción ejecutiva. El engranaje de cristal tiene nueve canciones y un exquisito tema instrumental final que muestran con precisión todo su universo sonoro y poético. Hay percusión, aires árabes, riffs ricoteros, tramos acústicos, rock y blues, con títulos como Egotrip, El equilibrista, En la fragua y Chico bomba, todos con la contundencia de un hit single.

En vivo, la banda incorpora canciones de los cinco discos solistas anteriores y deja felices a los fans ricoteros con La bestia pop, Superlógico, El pibe de los astilleros y Ji ji ji. Skay tiene una presencia poderosa en el escenario que contrasta notablemente con la tranquilidad y la paz con que charla en el living de su casa y convida té frío. Siempre se lo describe como en extremo tímido e introvertido, pero en realidad es un anfitrión locuaz, perceptivo y profundo, con una mirada del mundo que excede las seis cuerdas y refleja las increíbles vivencias de una generación que dio forma a la cultura popular tal como la conocemos actualmente.

Una característica de sus primeros discos solistas era que iba cambiando el nombre de su banda. En un momento fue “Los Seguidores de la Diosa Kali” y luego fue “Los Fakires”. “Lo cambiaba –explica– porque no quería estar atado a nada, y eran discos nuevos donde pasaban cosas nuevas. Cada disco es un juego distinto y no hay que remitirse a lo que ya fue. Pero ya se me pasó ese berretín”.

De pronto sacaste El engranaje de cristal casi sin anuncio previo. ¿Lo venías preparando hace mucho?

– En realidad, todo el tiempo estoy componiendo. Me fascina ese proceso creativo. Tal es así que había terminado el disco pasado, La luna hueca, y ya tenía unas ideas sobre las cuales quería laburar. Yo primero grabo los demos acá, en casa, en un portaestudio. Después voy al estudio para hacer una nueva interpretación de los temas.

¿Te gusta estar continuamente componiendo y terminando temas, en vez de hacerlo todo de golpe antes de grabar un disco?

– Sí. Incluso generalmente estoy trabajando en dos o tres temas a la vez. Justo estoy leyendo un libro de Estanislao Bachrach, un neurocientífico que es muy común eso de ir trabajando con dos o tres ideas simultáneamente, porque ves cómo va combinando una idea con la otra, y hay elementos que encajan en una u otra. Después viene el proceso de empezar a desechar y evaluar qué cosas van quedando. Por último, el de elaboración y de empezar a concretarlo. A mí me gusta ese proceso, que tiene momentos gloriosos y momentos de incertidumbre.

¿Con qué ritmo ensayás por semana?

– Depende del plan en que estemos. Como venimos tocando más o menos seguido, con tres o cuatro ensayos llegamos bien al show. Pero también estamos ablandando los temas nuevos e incorporando arreglos; siempre hay cosas para hacer. También hay que ver cómo reaccionan los temas uno detrás de otro. Es curioso eso, porque hacés una lista de canciones y de pronto las tocás y parece excesivamente lento, pero es debido a la manera en que quedan ubicadas en la lista.

¿Armás vos la lista o lo hace alguno de la banda?

– A veces las armo yo, a veces Poli, y a veces van sugiriendo cosas los músicos. De todas maneras, el último toque se lo doy yo, porque como tengo que cantar, me fijo si voy a necesitar un tema más tranquilo después de uno que requiere mucho aire.

¿Te gusta estar en la sala de ensayo?

– Me gusta todo lo que está relacionado con esta actividad. Los ensayos me gustan mucho porque cada uno plantea algo distinto. Cuando estamos trasladando un tema del disco para hacerlo en vivo, es un tipo de ensayo totalmente distinto. Cuando estamos buscando arreglos para un tema viejo, es otra cosa. Cada ensayo es diferente. Antes de cada uno yo craneo qué vamos a plantear y qué vamos a hacer. Ensayamos a la tarde, más o menos tres horas.

Hay músicos que ensayan a la mañana…

– Debe ser interesante, porque a la mañana la cabeza está muy fresca. A mí, a la mañana, me gusta tomarme tiempo para meditar antes de arrancar el día. Salgo a caminar diariamente. ¡A mi edad, correr es un error! Lo que hago es una caminata más o menos rápida; y después, lo mío es meditar. Incluso, muchas veces las letras aparecen mientras voy haciendo esas caminatas. Van surgiendo palabras, ideas y frases.

Con tus discos se comprueba la lección de Led Zeppelin, donde una banda puede sonar muy pesada o sorprender con un tramo acústico.

– Me influenció mucho Zeppelin. Mis referentes son los Beatles, los Stones, Zeppelin, Hendrix y Pink Floyd. Si tuviese que nombrar cinco, con esos estoy hecho. Después hay otros más, pero con esos cinco tengo un piso importante.

Incluso los habrás escuchado en ese orden…

– Exactamente. Los Beatles fueron los primeros, y supongo que los habré escuchado por la radio, en un programa que se llamaba Beatlemanía, en una radio uruguaya. Pasaban a los Beatles y era una gloria, con un sonido alucinante. Ellos realmente nos abrieron la cabeza. Creo que justo había toda una generación esperando su momento para estallar y ellos dieron el puntapié inicial que despertó una creatividad como pocas veces en la historia. Y del siglo XX, ni hablar.

Es increíble esa imagen de estar escuchando la radio a la espera de un tema de los Beatles. Hoy la velocidad de información es otra, más vertiginosa.

– Yo estoy formateado en esa época. Para mí es fundamental tener un tiempo para las cosas. ¡Un disco lo escuchabas 60 veces! En cambio, hoy todo es tan fugaz en la era del zapping, que por ahí escuchás un tema y no lo volvés a poner nunca más. Yo todavía tengo el formato del CD.

¿Entonces primero escuchaste a los Beatles y luego a los Stones, no?

– Exacto. Después de eso, en el 68 viajé a Inglaterra, vi a Hendrix y empecé a conocer toda esa música que estaba surgiendo. A Pink Floyd no los vi de pedo… es muy graciosa la anécdota, porque estábamos con mis dos hermanos en Londres y nos habíamos hecho amigos de todo un grupo de gente de todo el mundo que estaba ahí. Había un lugar que se llamaba The Roundhouse, donde tocaban bandas muy interesantes, así que un día fuimos a ver quién tocaba y había una llamada Pink Floyd, ¡pero la estábamos pasando tan bien en la calle que no entramos! De ese viaje nos trajimos una bocha de discos, así que después me pude desquitar y escucharlos. A Zeppelin lo descubrí un poco después, en 1970.

¿Zafaste de la moda del jazz-rock o pasaste por una etapa de Mahavishnu Orchestra?

– En su momento lo disfruté bastante, pero cuando apareció el punk fue como volver a respirar. También pasa que al ser un músico medio maleta, el jazz-rock no me salía, así que tenía que encontrar otras formas de expresión.

Por sonido, imagino que te gustaba mucho Dire Straits.

– ¡Sí, me encanta! Mark Knopfler es uno de mis violeros preferidos, junto con Ry Cooder, otro violero que toca poco, pero dice mucho.

¿Seguís con la costumbre de viajar a la ciudad de un show unos días antes y conocer un poco el lugar?

– Sí. Nunca llego y toco enseguida, salvo que sea una pequeña gira donde solo hay un día de descanso en el medio. Me gusta disfrutar del viaje.

¿Cómo manejás el hecho de tener que “bajar” un poco después de toda la euforia y energía del show?

– En general nos quedamos un rato en el camarín, con pocas personas, conversando y tomando un trago tranquilos. A veces cuesta irse a dormir, pero la época del descontrol ya pasó.

¿En los recitales tenés noción del paso del tiempo? ¿O de golpe te das cuenta de que terminó?

– Perdés noción del tiempo. Me gusta hacer un parate en el medio, al viejo estilo de los pubs. Ese aire me viene bien y creo que le viene bien a la gente también. Es como refrescarse un poco las orejas, y me permite arrancar una segunda parte como si fuese un show distinto. Por eso hacemos ahí un par de temas acústicos, porque si los metés en el medio de los otros temas, es como frenar de golpe. En cambio, hacerlo de esa manera nos permite jugar un poco.

Te gusta ir a ver shows. Es habitual verte en algún teatro o club.

– Sí. Este último año vi un par de cosas que me gustaron muchísimo. El otro día escuché en vivo a un violero brasilero que se llama Igor Prado, que toca blues y es buenísimo, muy interesante. Vi a Rammstein, que nunca la había visto, y me pareció muy impresionante. Ese mismo día tocaba Marilyn Manson, que me gusta muchísimo, pero me quedó muy deslucido después de Rammstein, que era una especie de Cirque Du Soleil hecho rock industrial, con una perfección alemana muy buena. Disfruté mucho también del show de los Rolling Stones, los fuimos a ver al Uruguay y fue realmente impecable, se escuchaba muy bien y tocaron muy bien. Fue hermoso porque era cerrar los ojos y poder viajar con la música de ellos, y de pronto abrir los ojos y estaban ahí, intactos. Fue asombroso.

¿Te sorprendió cuando El Bordo grabó una versión de Oda a la sin nombre?

– Fue una grata sorpresa. Es una muy buena versión y la canta muy bien, me encantó. Incluso [Ale Kurz] me dijo que la hacían un poco más rápido, y queda muy bien con el tempo aumentado.

¿Te gusta subir a tocar con otras bandas?

– Hay ciertas bandas con las cuales me resulta más fácil, te diría las que tienen más espacio de libertad. Cuando son muy estructuradas, siento que lo hacen muy bien y no me gusta avasallar. No me siento muy a gusto. Para colmo, yo tengo una presencia importante y sé que si entro, quizás opaco a los demás y solo se va a hablar “del tema en que tocó Skay”.

¿Cómo aguantás el desgaste y cansancio de los shows?

-Quedo cansado, sí, pero la pasamos bien y al mismo tiempo me cargo de energía. No me ha tocado dar un recital desastroso que te pone de mal humor. En el show siempre hay un momento mágico que garpa toda la noche.