La banda de Santa Fe acaba de editar La promesa de Thamar, su tercer trabajo de estudio. En esta charla introspectiva, los hermanos Gustavo y Ricardo Cortés nos llevaron de paseo por el camino de una búsqueda espiritual que atraviesa desde el cine de Fellini hasta la literatura de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Van a cerrar el año el 3 de diciembre en Niceto Club.

Los hermanos Cortés crecieron en una casa poco tradicional: sus padres no eran los clásicos empleados en relación de dependencia ni esclavos del horario de oficina. Él era músico y ella artista plástica, por lo que el arte fue impregnando cada una de las hojas de su historia. “Siempre había lápices y papeles para dibujar”, rememora Ricardo, baterista de Sig Ragga.

Con la música sucedió lo mismo. Su padre tocaba la guitarra y cantaba en su casa, lo que para ellos era un momento familiar más. El proceso se fue naturalizando en su piel de a poco, sin presiones. Ricardo empezó a tocar en forma autodidacta, con los acordes que iba aprendiendo. “Un día, papá me preguntó si quería algún instrumento de regalo”, recuerda Gustavo, voz y tecladista. El elegido fue un teclado, y a partir de ese momento se convirtió en la principal atracción de los hermanos. No habían cumplido diez años y ya estaban obsesionados con el instrumento, que se turnaban para usar. Pasaron tardes enteras con el transformador hirviendo; lo que para otro chico puede ser pelota de fútbol o un videojuego, para ellos era sentarse a tocar todo el día.

En su adolescencia, Ricardo comenzó a tocar teclados en una banda de ska, mientras que Gustavo y Nicolás González (guitarrista) se juntaban a tocar apenas con los instrumentos necesarios. Más allá de la fascinación de Gustavo por el canto de su padre, terminó en ese lugar casi por casualidad.

A partir de que le ofrecieron tocar la batería a Ricardo, no pararon más. Al principio hacían reggae, en una época en la que no era muy popular en nuestro país. El género se identificaba más con el under, así que desde el comienzo se sentían bichos raros, no solamente por lo que tocaban, sino por la música que escuchaban.

¿Por qué empezaron haciendo reggae y ska?

– Ricardo Cortés: Cuando arrancamos, en el 97, teníamos 13 años y hacíamos ska. Nuestros shows eran muy explosivos. Tocábamos fuerte y rápido, con vientos. Teníamos como referencia a Madness, a The Specials y a Bob Marley.

¿Y cómo fue que accedieron a escuchar esas bandas? Porque en esos años no era sencillo conseguir discos.

– Gustavo Cortés: El contacto era por Butumbaba [banda de reggae de Santa Fe formada en 1993]. Ricardo arrancó a tocar con ellos y nos empezaron a pasar cassettes y grabaciones.

– RC: Yo tocaba los teclados con ellos y tenían mucho material. Cuando alguno conseguía un disco, todos lo grabábamos en un cassette.

– GC: Bob Marley nos llegó a casa a través de nuestra hermana, que trajo su música, y nos volvimos locos, nos encantó. Ese fue el disparador. Nos gustaba ese estilo original, era todo diferente: los ritmos, la cadencia… nos enamoramos. Después, empezamos a investigar con el reggae y nos encontramos con el ska.

Algunas bandas tratan de grabar su primer disco rápidamente para tener éxito. Ustedes eligieron un camino diferente y tardaron varios años en editarlo. ¿Por qué?

– RC: Se iba a grabar unos años antes, pero al final se truncó la posibilidad. Después, fuimos a grabar un demo con Diego Blanco, que hasta ese momento no nos conocía. Y cuando estábamos grabando la base de la primera canción, nos propuso hacer el disco; estaba muy interesado en nuestra propuesta, le parecía diferente a la de muchas de las bandas de ese momento. Nos grabó todo sin un peso, nos prestó los instrumentos y equipos, trabajó gratis y fue él que nos dio el empujón para profesionalizarnos.

Después grabaron Aquelarre en Texas, en un proceso totalmente opuesto porque se hizo rápido y en pocos meses. Tengo entendido que, pese al excelente resultado final, hubo momentos en donde la pasaron muy mal. ¿Qué pasó?

– RC: Lo de Texas fue muy lindo pero muy traumático, era la primera vez que viajábamos al exterior, incluso que nos subíamos a un avión, además llegar a Estados Unidos.

– GC: Y además tuvimos complicaciones. Yo perdí la visa el día anterior a viajar, así que no pudimos viajar juntos y fui después.

– RC: Los procesos también fueron complicados. El plan inicial era estar 15 días solamente para grabar y después volver a la Argentina a mezclarlo en el estudio de Eduardo Bergallo. Pero al dueño del estudio le gustó lo que estábamos haciendo, y nos ofreció quedarnos 15 días más para mezclar el disco. En un mes se grabó, mezcló y masterizó.

– GC: No solo eso, tuvimos que componerlo entero en los dos o tres meses previos. Cuando Eduardo nos dijo que tenía la posibilidad de viajar a Texas porque al dueño del estudio le había gustado nuestra música y nos pagaba los vuelos, nos preguntó si teníamos listo el disco. Y nosotros le respondimos que sí, ¡pero no teníamos nada! ¡Le mentimos! [Risas]. Siempre nos recordó eso, en el estudio nos decía “Me mintieron, no se saben las canciones” [risas]. La realidad es que nosotros también nos engañamos a nosotros mismos, creímos que lo teníamos.

– RC: Por eso, decidimos hacer este último disco con tiempo.

Eduardo es una parte muy importante en la historia de Sig Ragga. ¿Cómo es la relación con él?

– GC: Es muy generoso con nosotros: no se guarda nada, no es celoso con sus conocimientos, tiene una actitud muy pedagógica, quiere compartir y enseñar. Nos quiere mucho, a nosotros nos dio todo y nos sigue dando todo. Tenemos admiración mutua. Confía mucho en nosotros. Es muy difícil encontrar en este ambiente alguien así, que en su estudio apague los monitores y nos pregunte qué queremos hacer.

– RC: Para este disco él fue quien nos facilitó la posibilidad y las herramientas para poder construir en nuestra sala el control y el box. Él lo diseñó e hizo los planos de cómo teníamos que armarlo. Estuvimos un año trabajando como albañiles y aprendiendo.

¿Por qué tomaron la decisión de grabar  en Santa Fe? ¿Cómo se lo plantearon a Eduardo?

– GC: A él le parecía bien, quería que estuviéramos cómodos y tranquilos. Le planteamos que no queríamos volver a vivir la situación de Texas a nivel producción de un disco. Necesitábamos más tiempo. Aunque tuviéramos menos herramientas, preferíamos elegir el tiempo. Nos vengamos del proceso anterior y tuvimos el control desde el principio hasta el fin. El álbum marca un quiebre importante con respecto al anterior. ¿Lo decidieron desde el comienzo o tomó su curso libremente?

– RC: Se fue dando durante el proceso creativo. No tomamos la decisión deliberada de no incluir reggae. Fuimos juntando carpetas de imágenes y canciones, y las metíamos en diferentes partes del proceso. Está abordado desde diferentes formas y lugares.

– GC: No lo planteamos en relación a lo anterior y a partir de ahí hacer algo distinto, simplemente hicimos lo que teníamos ganas. Hay algo de lo arbitrario también, tuvimos ganas de hacerlo así. La diferencia sustancial es el tiempo, y que tuvimos más participación del proceso operativo tomando decisiones. En los otros dos discos también estuvimos encima, pero no es lo mismo que hacerlo vos mismo.

– RC: Prestamos atención a que tenga cierta coherencia entre cada una de las canciones, sacar lo que estaba de más, cómo contar la historia, qué idea, qué instrumentos… quizás ahí sí aparece el plano racional, pero lo otro es más intuitivo.

Una de las particularidades de La promesa de Thamar es que no se trata de un disco de canciones. Se deja escuchar de principio a fin, como un relato.

– GC: Por eso quedaron afuera muchas cosas. Hubo un montaje del disco entero, incluso sacamos canciones que a nosotros nos gustaban. Ideas que nos encantaban. Nos quedamos con las ganas de algunos temas, pero después en el conjunto no tenían nada que ver, buscamos armonía.

Con el tiempo fueron logrando conquistas, ¿están de acuerdo?

– GC: Sí, nosotros tenemos trazado el objetivo de ganar libertad en el proceso. Y son conquistas que vas ganando, es complejo. Hay cuestiones de la realidad propia. Hay que ir sumando herramientas, porque eso lleva mucho tiempo, nos costó muchos años comprar los micrófonos que necesitábamos, es caro este rubro. Antes no lo podíamos hacer porque no teníamos las herramientas.

¿Cuál es la relación entre el disco y el cine?

– RC: Nosotros tenemos adentro una especie de director de cine, nos genera mucho interés y fanatismo. Mi interés como realizador está presente siempre en todos los discos. Nos gusta mucho diseñar desde lo visual, más allá de lo auditivo. En nuestra paleta de composición también había secuencias que podían ser bandas sonoras, y eso no estaba pensado, surge espontáneamente. Nuestra composición termina siendo un collage.

– GC: Tenemos un modo de relación a la hora de componer estas piezas muy similar a la experiencia que yo viví haciendo montaje audiovisual. Y muchas cosas surgen haciéndonos la pregunta “¿Cómo acompañaría musicalmente una secuencia visual en la que pasan determinadas cosas?”. Se nos arma un relato visual en la cabeza, y quizás la música empieza por ahí. No dejan de ser juegos mentales que nos ponemos nosotros, y nos inventamos nuestra forma de hacer las cosas. Nos nutrimos mucho del cine, de la historia del arte, de la pintura y del dibujo.

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