A pesar de una infancia dura, una industria conservadora y una fuerte separación, logró vender 35 millones de álbumes en los Estados Unidos y allanar el camino para estrellas que cruzaron los géneros. A los 51, con un nuevo LP en el camino (“Fue un gran salto para mí”), recién está empezando.

Cuando Eilleen Twain estaba en el quinto año del secundario –todavía no era Shania ni una estrella mundial–, su profesora de música le pidió que cantara una canción propia en el recital de su secundario de Ottawa, Ontario. Si bien había estado cantando profesionalmente desde que tenía ocho años –en varias ocasiones, para ayudar a sus padres a pagar las cuentas–, se ponía nerviosa al salir al escenario, y lo notaba en su vejiga. Cuando el conductor la llamó, estaba sentada en el sector de vientos de la orquesta escolar y sintió un chorrito caliente correr por su pierna. Rápidamente volcó el vaso de agua que tenía cerca de su silla y dijo “¡Dios! ¡Volqué mi agua!”. Después pasó al centro del escenario con su guitarra acústica, y arrasó.

Todo artista exitoso tiene un instinto de supervivencia, pero el de Shania Twain está en territorio Juana de Arco. Su infancia en la pobreza en Ontario, detallada en su exitosa biografía From This Moment On, es como leer a Dickens: los padres no siempre tenían dinero para comprar comida; mudaban a la familia de lugar constantemente –a veces para esquivar el alquiler–; tenían cinco hijos que dormían en sótanos con piso de tierra; un padre que discutía violentamente con una madre depresiva crónica. Uno de los primeros intentos de Twain a la hora de componer se llamaba Won’t You Come Out to Play (en castellano: ¿No querés salir a jugar?), un ruego para que su madre saliera de la cama.

Todo eso pasó antes de sus 22 años, cuando Twain estaba instalada en Toronto tratando de vivir como cantautora, y recibió una llamada: sus padres habían fallecido en un accidente de auto. Para sustentarse a ella y a sus hermanos menores (tiene, además, una hermana mayor), empezó a trabajar en un teatro de revista al estilo Las Vegas en Huntsville, Ontario, donde vivía en una choza sin agua corriente y se lavaba la ropa en un arroyo. “La música siempre fue mi mayor terapia –reflexiona Twain hoy, a los 51 años–. Siempre lo fue. Es una gran amiga”.

Allanar el camino

Su vida y su suerte cambiaron dramáticamente cuando se mudó a Nashville a principios de los 90. Ahí, su voz dulce y amigable fue descubierta. El resto es historia: 35 millones de álbumes vendidos en los Estados Unidos, según Nielsen Music, la mayor cantidad para cualquier artista country femenina en los últimos 25 años. Cuatro Nº 1 en el chart Top Country Albums de Billboard y siete en el Hot Country Songs, cinco Grammy, seis Billboard Music Awards y cinco American Music Awards. Además, un álbum exitoso, Come On Over, que tiene el récord de la mayor cantidad de semanas en el Nº 1 del Top Country Albums, con 15,7 millones de copias vendidas solo en los Estados Unidos. Es el disco más vendido por una mujer (o artista solista) desde que Nielsen empezó a seguir las ventas en 1991.

Durante los 90, Twain se convirtió en la reina del crossover, mezclando el country con el pop en hits geniales que eran alegres y poderosos. En canciones como You’re Still the One, Man!, I Feel Like a Woman y Honey, I’m Home, Twain le daba fuerza roquera y coraje feminista al twang del country, posicionándose como una chica moderna y autosuficiente a la que le gusta divertirse pero es ambiciosa, sensual, pero fuerte, y sin miedo a rimar “estrés” con “PMS” (en castellano: “síndrome premenstrual”).

“Shania le mostró a la industria entera que había nuevas opciones para dónde llevar tu carrera en la música country, cuánto podías llegar a expandirla –afirma Taylor Swift–. Incorporó tantos elementos en lo que ella representaba… creó momentos de moda, era sexy, tenías la impresión de que te decía exactamente lo que estaba pensando, era una compositora que contaba historias y al mismo tiempo una artista dinámica de gran escala. Era fuerte y sensible. Había pasado por momentos sumamente difíciles, de dolor inmenso, y perseveró. Era elegante y provocadora. Shania se convirtió en la mujer favorita de todos porque representaba cuán versátiles podíamos ser”.

“El country con el que crecí era osado”, dice Twain hoy, tapada con un buzo camuflado y unos jeans en una suite en el London West Hollywood, muy lejos de sus dolorosos primeros años. Las estrellas idiosincrásicas de country con las que se sintió identificada –Dolly Parton, Willie Nelson– “no eran ‘del mismo molde’ –afirma–. Algunos eran realmente duros. ¡Tenían antecedentes penales! Eran un mundo aparte estilísticamente, únicos y originales”.

Pero cuando llegó por primera vez a Nashville, estaba “un poco decepcionada” al encontrar que “ese espíritu no era del todo aceptado –recuerda Twain–. Era muy radical, y me hizo sentir insegura y que no pertenecía a ese lugar”. Las canciones que le dieron para su debut autotitulado eran predecibles; la actitud de la industria hacia el sexo era un poco recatada. El canal CMT inicialmente prohibió el video para su primer single, What Made You Say That, porque uno de sus vestidos mostraba su abdomen.

Fue esa insatisfacción inicial la que empujó a Twain a pensar lo que podía llegar a ser una estrella de country femenina. “Trabajaba tan duro como cualquiera –cuenta Luke Lewis, que era presidente de Mercury Nashville cuando Twain comenzó–. Le pregunté cuáles eran sus sueños, y me dijo ‘Quiero ser más grande que Garth Brooks’”.

“Era tan ella misma –dice la cantante Kelsea Ballerini. Y la menciona como una influencia, habiendo nacido en 1993, el año en que salió el primer álbum de la canadiense–. No tenía miedo a nada”.

La ambición de Twain la llevó lejos: Come On Over tuvo ocho singles que llegaron al top 10 del Hot Country Songs; por un tiempo, no podías pasar por un centro comercial o una estación de servicio sin escucharlos. En 1998, salió por una gira de estadios durante 18 meses, viajando en un colectivo personalizado de un millón de dólares, con su amado caballo andaluz, Dancer, acompañándola. Para los 2000, los videos de Twain hacían que los tiempos de su abdomen desnudo se sintieran como un viejo recuerdo: solo hace falta pensar en su traje ciberpunk en I’m Gonna Getcha Good!

Una generación nueva de vocalistas femeninas la ve como pionera. “Aprendí a pensar fuera de los géneros y del statu quo al verla reinventarse, y siempre voy a estar agradecida por las oportunidades y los riesgos que tomó”, afirma Swift. En el evento de Artistas del Año de CMT, en octubre, Twain recibió un tributo multigénero de Ballerini (country), Meghan Trainor (pop) y Jill Scott (R&B). En su recital en Nashville, en agosto, el rapero Drake le dijo al público que él era un fan de niño y le dedicó el set a ella, que estaba entre el público.

Igual, no fue hasta cerca de los 50 años que sintió lo siguiente (según sus palabras): “Oh, realmente soy dueña de mi lugar. Supongo que me lo gané”. Ahora está por lanzar su residencia de dos años en Las Vegas, y se encuentra volviendo a su primer amor, la composición. “Me siento satisfecha al ser una persona creativa –dice–, es algo que necesito más que estar arriba del escenario. Componer canciones es para mí como cocinar; todos tenemos que cocinar a veces. ¿Por qué no componer canciones?”.

En el otro cuarto de su suite, su marido, el empresario suizo Frédéric Thiébaud, trabaja calladamente en su laptop. Su presencia es un memento de uno de los problemas más recientes que tuvo que pasar Twain. En 2008, estaba viviendo en Suiza con su entonces esposo, el productor Robert John “Mutt” Lange, cuando descubrió que este tenía un affaire con su mejor amiga (y secretaria de Lange), Marie-Anne Thiébaud. “Me quería morir, meterme en la cama para no salir ni despertarme más”. En shock, despojada, compartió su miseria con el esposo de Marie-Anne, Fred. Increíblemente, terminó casándose con él en Año Nuevo de 2011.

“Fue una lucha enorme, tratar de entender estas emociones extremas y explicárselo a la gente en el formato de una canción”, dice Twain. Había perdido no solo un compañero de vida, sino también a un colaborador crucial. Lange había trabajado con AC/DC, Def Leppard y Bryan Adams, y se acercó a Twain después de su primer álbum, la llevó a Mallorca y la ayudó a forjar ese sonido híbrido clave. Fue una propuesta riesgosa, sensacionalmente exitosa, con el dúo sacando álbumes de hits como The Woman In Me (1995), Come On Over (1997) y Up! (2002).

Coraje y confianza

Para Twain, los años después del corte fueron un tiempo de recuperación. A través del entrenamiento y la rehabilitación, hizo su camino de vuelta al escenario luego de sufrir una lesión vocal incapacitante (un proceso narrado en la miniserie de Oprah Winfrey Network), salió de gira por Norteamérica (una gira despedida que todavía no terminó) y tocó en Las Vegas. La preparación de su próximo disco sin Lange fue al mismo tiempo algo liberador y aterrador. “Fue un gran salto para mí –dice–. No sabía dónde empezar. Hacía una canción, una letra, una melodía y no había alguien que dijera: ‘Bueno, vamos a centrarnos en este estilo’. No tenía esa dirección, que sí tenía con Mutt”.

No obstante, contaba con Thiébaud para que la escuchara (“Es un gran amante de la música”) y a productores como el DJ y el artista dance de 29 años Matthew Koma, que Twain conoció a través del hijo de 15 años que tuvo con Lange, Eja. “Esta es una de las primeras veces que tuve que trabajar con alguien que estaba revisando cuál era su mensaje después de haber tenido una carrera tan grande y llena de impacto –dice Koma–. No estaba siguiendo las reglas que tuvo antes”.

“Hago muchas de mis composiciones en el baño –cuenta Twain entre risas–. O en el sótano. O en la playa”. Compuso mucho de su nuevo álbum en su casa en las Bahamas, si bien una de las canciones nació en el placar del hotel. “Es raro, pero necesito ese aislamiento. Sentirme sola y concentrarme en mis pensamientos”.

Describe el producto final como algo “musicalmente esquizofrénico”, pero sostiene que ella es el nexo. No esperen un corpus lírico sobre una mujer perjudicada como Lemonade, de Beyoncé. “Hablo mucho sobre el dolor –afirma–, pero no siento la necesidad de ser tan literal sobre el enojo y el odio. Es muy triunfante al final. Se sintió como ‘¡Uf! ¡Llegué al final del álbum! ¡Compuse todas las canciones!’. Fue una montaña rusa de emociones, y las letras lo reflejan bien”.

Sus propios intereses eclécticos hacen mella en el álbum: disfruta de escuchar desde Twenty One Pilots y Rufus Wainwright hasta DJ como Cashmere Cat y Hardwell, a quien conoció a través de Eja. “Tener esas cosas, en el fondo, me hizo sentir un poco más llena de coraje y confianza, y feliz de la dirección de la música”, sostiene. Y está mirando hacia adelante, fantaseando sobre nuevas colaboraciones: un álbum de duetos (trabajar con Sia es uno de sus grandes deseos), por ahí con algunos de sus ídolos. “Fui a un recital de Kanye West la otra noche –cuenta–, y en el backstage, alguien me pasa un teléfono y dice: ‘Tomá, hablá con Stevie’. Era Stevie Wonder. Y estoy conversando con él y reflexionando ‘Dios, nunca pensé en colaborar con él’”.

Iluminada por la vista de Hollywood, Twain reflexiona sobre cuán lejos llegó desde su dura infancia. “¿Cómo es que, de repente, sentís que pertenecés, cuando toda tu vida sentiste que no pertenecías? Es realmente difícil subir ese switch. El éxito no te da eso. No estoy cómoda sintiéndome famosa o importante. No me queda bien. Si pudiera ser exitosa, pero no famosa, eso me haría mejor”. Su voz se ablanda y agrega: “Pasé la mayoría de mi infancia avergonzada o sintiéndome insegura e inadecuada. Eso se queda con vos. Es lo que te hace ese tipo de vida. Así que, sí, trato de disfrutar de mi éxito en maneras distintas. Creo que estoy empezando a hacer eso ahora”.