'Ontology' es el séptimo álbum de Amed. Está compuesto por 14 canciones.

Desde su hogar en Miami, activa en su estudio vocal y enmarcada en un espacio diseñado para sus clases online, Roxana Amed conversó en torno a su séptimo disco. La cantante, productora y compositora se radicó en Miami en 2013. Los años posteriores, la artista realizó un proceso de adaptación personal, social y musical que hoy se refleja en Ontology: “Conseguí finalmente encontrar un lugar desde donde observarme a mí misma como una artista argentina y también como una artista norteamericana”.

La música de Ontology manifiesta lo que ocurre ontológicamente con la música que hace Amed: “Estoy parada en la fusión, en la confluencia de esos dos mundos. En ese sentido, creo que este álbum es el que mejor me representa”, declara. La identidad del álbum, despojada de todo género y geografía, reafirma el rol de Amed como una de las voces más importantes en la fusión entre música argentina y jazz.

Seis años de trabajo puestos en este disco… ¿qué pasó en todo ese tiempo?

Fue loquísimo. Nos mudamos a Miami, yo ni conocía. Cuando llegué, me encontré como una persona súper urbana y muy cómoda con eso. Siempre me sentí cómoda con la “exigencia cultural”. Miami es una ciudad de pocos espacios internos, no hay clubes ni actividad cultural de ese tipo, por eso me volví loca. Empecé a contactar músicos, a buscarlos y encontrarlos. Encontré a Mark Small y a varios socios compositivos de este proyecto y armando un grupo de gente maravillosa. Tener su respaldo fue buenísimo. Comencé el master, seguí dando clases y comenzaron a surgir muchas de estas músicas, veníamos tocando muchas de las cosas que suenan en este disco. Vengo trabajando horas y horas por día para estar adentro del sistema y fueron años exigentes. Físicamente. Pero las cosas son como tienen que ser, fue full autogestión, pero todo muy lindo.

¿Cómo tomó forma el proyecto?

El concepto del disco se fue acercando y dejé de mirar al frente como un caballo: empecé a mirar para los costados y preguntar: “¿Quién soy ahora, tocando con estos músicos?”. En 2019, The Orchard me propuso hacer Instantáneas, en medio grababa otras cosas también. Pero las cosas que venían ocurriendo en los últimos años apuntaban a un disco, faltaba el nombre y el repertorio completo, pero estaba la gente, la misma con la que vengo tocando desde que llegué. Al querer hacer un disco, empecé a pedirles más a ellos y empezaron a venir canciones que ellos componían. Llegaron ideas como la de hacer cosas de Ginastera (de Martín Bejerano, el pianista). La música de Ginastera no era para ser cantada y nosotros lo hicimos. Así, comencé a convivir con mis dos mundos: con el mundo del que venía y con el mundo en el que estoy. No fue un proceso rápido, pero a principios del 2020 el disco estaba listo. Tuvo que esperar por la pandemia, pero se alinearon los planetas y salió.

Es tu séptimo disco de estudio, ¿seguís conociéndote a través de la música?

Aprendí un montón. Creo que los viajes te cambian la perspectiva. En ese cambio, siempre se pone en la balanza si lo que venís haciendo es lo que querés hacer, lo que te representa o si lo podrías mejorar. Mi exposición al mundo tradicional del jazz me obligó a replantearme muchas cosas, desde mi técnica hasta mi didáctica para enseñar. Me cambió mucho. No fue fácil, todo hubiera sido mejor en un contexto en el que yo no me pusiera tanta presión. Aprendí de mí como cantante, como compositora trabajando con gente de otro background musical y como productora. Más allá de que no haya salido todo a lo mejor como me hubiera gustado, disfruté mucho de esta búsqueda como productora. De ir poniendo piezas juntas y, en ese sentido, creo que este disco es el que me refleja mejor. Me cambió en todo, como cantante, compositora y productora. Y en mi otra vida, también como maestra.

¿Cómo “luchan” todas las facetas dentro tuyo?

Conviven. Son personajes que tenemos todos los que creamos cosas. Tenemos varias voces mirando de lejos y opinando: “No, no, no”, “Quiero así”, pero le dejo más lugar a la productora. Le confío a ella lo que está haciendo con la cantante y con la compositora. Dejo que salga todo, pero alguien se sienta del otro lado y dice: “Esto es una porquería”. Y le hago caso. Es un proceso loquito de conversación entre mis yoes: la productora sabe que la cantante sabe más de la voz que ella. Mi voz sabe hacer algo antes de que la piense. Es muy importante trabajar con otros, dejar entrar su música, salirte del lugar de confort como compositor o cantante ante cosas que no fueron escritas para cantar, como Ginastera. Ponerse en un lugar donde no mande la voz, sino la música. La música primero. Todo ese trabajo es tan lindo, y compartirlo más.

Estas canciones ya hicieron mucho en vos, ¿qué te interesa que pase en la gente cuando salgan?

Uno no sabe muy bien si va a pasar lo que espera. Los que producimos cosas en cualquier disciplina tratamos de perder el temor de presentarnos ante el mundo y abrimos una puerta para comunicarnos con el mundo. En algún momento de mi vida, cambié de mundo y lenguaje, entonces cambió la puerta.

Quiero varias cosas: por un lado entregar esta música, que produzca nuevos pensamientos, sentimientos, que transforme la vida de alguien en alguna medida, que no le pase inadvertida a nadie. Si esto me va a traer fama o dinero, no está en mis planes, solo queremos seguir haciendo lo mismo. Siempre digo, si me ganara la lotería, haría exactamente lo mismo todos los días: seguiría dando mis clases y haciendo mis discos. No cambiaría nada, pero quiero tener más oportunidad, tocar más, con más músicos, creo que todavía hay cosas para decir en mí y en un rinconcito hay algo de mi raíz argentina que creo que cuenta algo que no siempre se conoce afuera. Eso me pasa acá o en Nueva York, cuando escuchan mi versión del rock argentino, folklore… hay una cosita ahí que a mí me gustaría sembrar.