Una celebración que duró un año –incluyendo un nuevo documental en Netflix– marca un nuevo hito en la carrera del legendario compositor, productor y entrepreneur. “Es una época muy estimulante para estar vivo”.

Quincy Jones está relajado. Descansa en un sofá mullido en la sala de proyección de su casa mientras disfruta de la bebida que más frecuenta estos días: un licuado rico en proteínas, batido por su cocinero. Es todo un cambio respecto de su larga afición a los vinos, cuyos favoritos van desde el Château Pétrus 1961 hasta el Barbaresco italiano. El año pasado, en el que Jones cumplió 85, fue imparable para él: una gira internacional para celebrar su cumpleaños en marzo, una serie de nuevos negocios y el debut de Quincy, el documental de Netflix sobre su carrera. Pero en este momento hace un balance. “He estado reflexionando mucho sobre todo. Es simplemente asombroso. Te das cuenta lo poco que podemos hacer con eso. Todo se trata de dejar hacer y que Dios haga. Lo digo en serio”, afirma, haciendo una pausa para masticar una galleta de kale. Debido a sus problemas de salud, Jones dejó de tomar hace tres años. “El alcohol te adormece, y ahora estoy tan desadormecido –dice–. Nunca estuve tan creativo en mi vida”. Eso es difícil de digerir cuando uno mira alrededor de la sala de proyección y ve los logros de Jones en las últimas siete décadas: posters de varias películas en las que trabajó en el soundtrack (The Pawnbroker, The Color Purple, In the Heat of the Night, The Italian Job). Ese espacio de recuerdos está junto a una entrada igualmente fascinante: un área llena de álbumes producidos por Jones, láminas musicales autografiadas por las estrellas del single solidario “We Are the World” y fotos genuinas de él con figuras de la talla de Count Basie, Duke Ellington, Frank Sinatra (“El primer tipo que me llamó ‘Q’”, dice Jones), Michael Jackson y Paul McCartney. En diversas vitrinas de vidrio y madera se encuentran sus 27 premios Grammy, incluyendo el de Productor del Año por Thriller, el álbum de Michael Jackson de 1983. Lo que no se ve: su premio Emmy de 1977 por la composición para la serie Roots, el Óscar en 1994 y el premio Tony de 2016 como Mejor Productor de Revival para Musical (The Color Purple). “Es tenebroso… y maravilloso –dice Jones sobre su vida a esta altura–. Estoy contento de seguir en este viaje fascinante”. Es un viaje que lo condujo a otro año extraordinario. Jones fue homenajeado en cuatro conciertos por su cumpleaños: en el O2 Arena en Londres (feat. Mark Ronson, Corinne Bailey Rae y Lalah Hathaway); en el Festival de Jazz Umbria de Italia; en el Festival de Jazz de Budapest y en el Festival de Jazz de Montreux.

En la noche de su cumpleaños, el 14 de marzo, Jones estuvo despierto hasta las ocho de la mañana siguiente, junto a varios veinteañeros amigos de su hijo Quince Jones III, hablando de la tecnología del futuro. “Esa curiosidad insaciable es lo que lo mantiene –explica su hija Rashida Jones al recordar esa velada–. Es esa filosofía según la cual nunca vas a dejar de aprender. Mi papá no dice eso, precisamente, sino que vive de esa forma”. Pero los buenos momentos vinieron junto a otros no tan buenos este año, principalmente por el fallecimiento de su gran amiga Aretha Franklin. Ella y Jones coprodujeron el álbum Hey Now Hey (The Other Side of the Sky) para Atlantic en 1973. “Ya no voy más a funerales –dice Jones, que era un gran fanático del pollo frito que hacía Aretha–. Estamos perdiendo mucha gente. No puedo manejarlo”. Además, a principios de 2018, Jones inició una tormenta en los medios con comentarios incendiarios sobre Taylor Swift, Michael Jackson, The Beatles y otros en entrevistas con GQ y Vulture. Después de la intervención de sus seis hijas, Jones tuiteó unas disculpas públicas: “He aprendido mi lección. Es evidente que esas malas palabras y agravios no tienen excusa… esto contradijo los verdaderos mensajes que traté de enviar sobre el racismo, la inequidad, la homofobia y la pobreza”. Mirando hacia atrás, Jones dice: “Mis hijas me patearon el culo. Pero las amo a ellas y a mi hijo, a mis bebés, mucho”. Al ser consultado sobre si se sentía nervioso por las revelaciones en el documental Quincy, responde: “No puedo ponerme más nervioso después de lo de GQ. Nunca voy a hacer algo así de nuevo”.

Por toda su trayectoria, Jones revela que la música sustituyó la ausencia de su madre en la vida. Después de introducirlo a la música desde niño, ella fue internada por una enfermedad mental cuando él tenía siete años. “Yo dije: ‘Si no tengo madre, voy a dejar que la música sea mi madre’ –recuerda–. El único miedo en mi vida después de que ella fuera internada en el hospital mental era no estar bien preparado para una gran oportunidad”.

Nacido en Chicago y criado en Washington y luego en Seattle, Quincy Delight Jones Jr. se metió solo en la música. Aprendiendo el piano, después la trompeta, un Jones de 14 años conoció a su mentor y amigo Ray Charles en un club de Seattle luego de un boca a boca que corrió en la ciudad sobre un talentoso músico ciego de 17 años que acababa de llegar desde Florida. “Lo extraño mucho –confiesa Jones–. Si estuviera aquí ahora, probablemente nos meteríamos en problemas. Ray era un tipo salvaje que me hizo apreciar todos los tipos de música. Me enseñó mi primera música en braille”. Poco después, Jones tocaría la trompeta en bandas de cantantes como Billie Holiday (a los 14 años) y Billy Eckstine (a los 15); también haría shows en bar mitzvahs y en clubes de strippers. Tras mudarse al este para asistir al Berklee College of Music, Jones dejó la escuela para lanzar su carrera como trompetista, pianista y arreglista para la Lionel Hampton’s Big Band. Eso lo llevó a mudarse a Nueva York, donde empezó a arreglar y a grabar canciones para su buen amigo Charles, así como también para Sarah Vaughan, Dinah Washington, Basie y Sinatra (los últimos dos se unieron a Jones para el track de “Fly Me to the Moon”).

Además de todos los Grammy que ganó, los hitos de su carrera van desde cuatro millones de singles vendidos en los 60 con la estrella de pop Lesley Gore (incluyendo el himno “You Don’t Own Me”) hasta el histórico suceso de Thriller, de Michael Jackson. Algunos de sus logros fueron a expensas de su salud. En 1974, Jones fue intervenido dos veces por un aneurisma cerebral. Tres años después, cayó en coma diabético. Más recientemente, como muestra el documental, fue hospitalizado por un coágulo de sangre. Pero todavía no está listo para que lo descarten. “Este es un tipo que se levantó cada vez que se cayó –declara Adam Fell, el presidente de Quincy Jones Productions–. Él nunca se rinde. Y eso, por supuesto, nos lleva a seguir peleando por proyectos que le apasionan hacer”. El pionero del jazz Herbie Hancock, que se describe como “un hermano” de Jones, dice: “Quincy es un hombre de un coraje innegable, tenaz, artístico, fuerte e íntegro, que ve a las carreras como nuevos desafíos”. Ambos se conocen desde principios de los 60, cuando Jones lograba otro récord: convertirse en el primer hombre negro en ser nombrado vicepresidente de un sello grande: Mercury Records. “Esa es una lección de la que todos podemos aprender –dice Hancock–, y una particularmente relevante hoy”.

Jones está supervisando un puñado de proyectos que sería desalentador para alguien con la mitad de años que él. Su listado de artistas incluye al pianista Rodríguez, el dos veces ganador del Grammy Jacob Miller y el prodigio del piano Justin Kauflin, entre otros. Para Jones, todo se trata de tirar para adelante. “Estos chicos van a dar vuelta la música”, promete, en referencia al grupo que cariñosamente llama “Global Gumbo All-Stars”. “Tuve suerte de tener a mentores como Count Basie, Ray Charles, Clark Terry y Benny Carter, que me pusieron en sus hombros cuando era chico y se preocuparon por mí. Ahora es un honor poner a estos chicos sobre mis hombros”.

Las inversiones de Jones se extienden más allá de los artistas. Después de más de 20 años, cumplió su viejo sueño de abrir el primero de una serie de clubes con nombres de marcas. A través de un acuerdo de licencia con Versace, Q’s Bar & Lounge abrió en 2016 en el Hotel Versace de Dubái. Además, fue inversor en Spotify y en compañías como Glympse y Zig, y recientemente ayudó a la startup Jammcard, citada por Forbes como el “LinkedIn de los músicos”. Jones, que también lanzó una nueva colección de zapatos con el diseñador Jon Buscemi, sigue manteniendo su afiliación con los auriculares Harman/JBL y está trabajando en un nuevo proyecto con la compañía Apolis de ropa.

Para Jones, cuya voluntad de entrepreneur incluyó shows de TV (The Fresh Prince of Bel Air) y la revista Vibe, todo fue impulsado por su aversión a una palabra: “imposible”. “Todo el tiempo me dijeron que las cosas eran imposibles y que nadie nunca había hecho algo similar –explica–. Desde entonces me di cuenta de cuán importante es ser subestimado. Cuando te subestiman, la gente se corre de tu camino. Así es como hice The Color Purple”. La compañía productora de Jones está involucrada en muchas otras películas y proyectos de televisión.

A finales de 2017, Qwest Records, el sello de Quincy Jones, lanzó Dangerous Man, el álbum debut de Jason Gould, el hijo de Barbra Streisand, que fue coproducido por Jones. Más tarde ese año, Jones estrenaría el tributo al compositor polaco Krzysztof Penderecki, que fue cocompuesto por Rodríguez. “Yo solía sentarme a la noche y escribir tanto que mis ojos sangraban”, dice Jones sobre su fervor por la orquestación que va desde sus días en Seattle.

En estos días, Jones empieza a escribir música a la medianoche (“Ahí es cuando las musas aparecen”) y se va a dormir entre las nueve y las diez de la mañana. Después está listo para entrar en ritmo desde las tres o cuatro de la tarde. Esa visión le da potencia a una agenda cargada que ahora mira hacia 2019 y 2020. En su rol como artista embajador del Festival de Jazz de Montreux, él ayudó a conseguir a Elton John para la edición del año próximo, cuando John tocará dos de los últimos conciertos de su carrera. En la próxima primavera de Nueva York, él y el director Steve McQueen colaborarán en la ceremonia de apertura de The Shed, el nuevo centro de artes performáticas que forma parte del espacio público del High Line. En 2020, hay planes en marcha para abrir la Escuela de Música Quincy Jones en Turtle Island, Indonesia. “Estuve pensando en la jubilación –dice Jones con una risa cómplice–, pero creo que voy a dejar eso para otra persona. Con todo lo que hay en marcha, es demasiado estimulante. Pero mirando hacia atrás, este viaje me fascina porque se trata sobre todo de una intervención divina. El estado ideal de la mente para una persona creativa es la habilidad de balancearse entre dejar que las cosas pasen y hacer que pasen”.

Una de las cosas que a Jones le gustaría que pasaran en la industria es que las personas creativas sean compensadas equitativamente. “Quiero que veamos la forma de garantizar un negocio que se ocupe de cuidar a las personas que lo crean. Hay mucho contador de monedas tratando de llevarse la plata. Y eso va por un carril paralelo al racismo”.

En cuanto a sus predicciones sobre la próxima tendencia en la música, Jones dice que no sabe todavía. Pero cualquiera sea, tiene que representar a la actual generación. “El hip hop hace algo de eso, pero creo que hay mucho más para decir –sostiene–. Como Hamilton. No he visto nada como eso desde 1958, cuando gasté mi último dólar en ver West Side Story, de Leonard Bernstein. También lo he visto de jóvenes como Ariana Grande, Bruno Mars, Chance the Rapper y Kendrick Lamar”.

Respecto de cómo ve su legado, Jones devuelve una respuesta contundente: “No pienso en eso. No es mi decisión. Es para otros. Todo lo que sé es que me siento con 19 o 20 años de nuevo”. Invocando su frase favorita, “Yolo Koko” (un acrónimo en inglés de “Solo se vive una vez, sigue y sigue”), Jones concluye: “Es una época muy estimulante para estar vivo. Solo quiero mantenerme parado durante más tiempo”.