La historia detrás de su cambio de nombre, la pelea con Warner Bros. y la batalla contra el streaming.

Cuando Prince vio la película Agentes del destino (2011) sintió que la vida del protagonista David Norris, interpretado por Matt Damon, era un reflejo de su conflicto con Warner Bros. Records. Tenía sentido: mientras Norris planeaba su destino acorde a sus caprichos –contrarios a los designios de una organización secreta–, Prince luchaba para que se hiciera su voluntad sobre la de la discográfica, con la que mantuvo un contrato desde 1977 hasta el 2000. Cuando Billboard solicitó hacerle una entrevista en 2013, Prince le exigió a la periodista que antes mirara el film, lo que puso de relieve el grado de identificación que sintió con la historia. Si bien la relación entre el artista y la compañía tuvo momentos idílicos –la empresa fue la distribuidora del largometraje Purple Rain, estrenado en 1984, y un año más tarde, ayudó a Prince a fundar su sello Paisley Park Records–, la batalla pública estalló en 1993, cuando el músico decidió aparecer en sus shows con la palabra “esclavo” escrita en el rostro. ¿La razón? Prince había querido publicar mucho material en un breve período de tiempo, pero la discográfica lo impidió porque temía que el mercado se saturase. “Estos contratos son como la esclavitud. Tengo un consejo para todos los artistas jóvenes: no firmen”, sostuvo en una conferencia de prensa del 2015.

El arreglo comercial no le permitía liberarse de la discográfica, pero no había ninguna condición que le impidiera cambiarse el nombre. Desafiante, se desligó de la palabra “Prince” y pasó a ser representado por un símbolo impronunciable, un híbrido entre la feminidad y la masculinidad. “Me convertí en un peón diseñado para generar dinero para otros”, explicó. Los medios de comunicación, entonces, comenzaron a llamarlo “El artista antes conocido como Prince” o simplemente “El artista”. En 1998, lanzó el tema What’s My Name?, del álbum Crystal Ball, en el que canta: “Llévense mi nombre, no lo necesito”. Para cumplir con todos los álbumes pendientes que requería el acuerdo, Prince publicó una serie de LP que contenían material de estudio que alguna vez consideró inservible. En el 2000, cuando finalmente las cláusulas legales de la compañía caducaron, volvió a utilizar su nombre de pila (y en 2014, volvió a firmar un contrato con la empresa).

Prince protegió su obra de manera obsesiva. Incluso, no permitía que grabaran sus entrevistas porque “una vez, vendieron los audios de la charla”. Para el reportaje de la tapa de Billboard de hace tres años, no accedió a que le hicieran la nota hasta que supo que le preguntarían sobre los derechos de propiedad de sus canciones.

La avasallante ola tecnológica le significó un nuevo reto. “No entiendo la razón por la que deba entregar mi música a iTunes u otras plataformas si no me van a pagar nada por adelantado”, se justificó. “No puedo pensar ni en un solo músico que se haya hecho rico por las ventas digitales. Sin embargo, a Apple le está yendo bastante bien, ¿no?”. En 2007, anunció que demandaría a YouTube, a eBay y a Pirate Bay por usar sus temas sin contar con su autorización. Uno de los casos que mejor encarna su antipatía por compartir sus composiciones en formato digital fue la disputa con Stephanie Lenz: Universal, que tenía los derechos de Let’s Go Crazy, demandó a la mujer a pedido de Prince, por haber subido un video a YouTube en el que su bebé bailaba al compás de la canción. Para citar otro ejemplo, en 2014, demandó a 22 usuarios de Facebook o blogs –por 1 millón de dólares a cada uno– por subir imágenes de sus presentaciones en vivo. Aunque estas denuncias nunca llegaron a grandes instancias, Prince admitió que tenía “un gran equipo de abogados entrenados para detectar estas transgresiones”.

El genio de Minneapolis siempre intentó esquivar a la industria: en 2007, Planet Earth se regaló con la edición del diario Mall on Sunday −lo promocionó en programas de televisión y debutó en el puesto N°3 del Billboard 200− y en 2010, lanzó 20Ten gratis dentro de revistas europeas.

A pesar de haber sido uno de los primeros artistas en vender un álbum on-line, de haber recibido en 2006 un premio Webby por ser un visionario en el uso de Internet en cuanto a la distribución de música y de haber lanzado Stare vía Spotify en 2015, Prince revalidó su oposición hacia el streaming el año pasado, cuando informó que sacaría toda su música del espacio virtual, con excepción de Tidal: “Jay-Z [fundador de la plataforma] invirtió 100 millones de dólares en construir el servicio. Tenemos que apoyar a aquellos que están tratando de ganarse las cosas por mérito propio”. 

Debido a su muerte, existe la posibilidad de que su catálogo pase a estar disponible en el resto de las aplicaciones de streaming, ya que la decisión ahora depende del nuevo administrador de los derechos. Sin embargo, Lee Phillips, abogado de Prince cuando el músico era un veinteañero, lo duda. Según le comentó a The Hollywood Reporter, “a través del testamento, se puede prohibir que se comercialice tu obra y así, seguir controlando todo desde la tumba. Prince no tenía herederos [en 1996, su único hijo, Boy Gregory, murió apenas una semana después de haber nacido], por lo tanto, espero que haya tenido un plan de sucesión”.