El cantautor español cerró el tramo latinoamericano de su tour “Prometo” en Buenos Aires con un gran concierto en el que, además de homenajear a Gustavo Cerati, demostró estar atravesando su mejor momento profesional.

Ya desde su primera visita al país, ocurrida aproximadamente unos ocho años atrás, Pablo Alborán estableció una conexión muy particular con el público argentino. Con el paso del tiempo y de sus sucesivos trabajos discográficos esa relación no sólo se hizo más estrecha y profunda sino que creció hasta arribar a un presente superlativo. Tras un intervalo de dos años, en el que aprovechó para tomarse un respiro y recuperar así la inspiración y el deseo de componer, en 2017 volvió al ruedo con Prometo, su cuarto y exitoso álbum de estudio con el que se consolidó a escala internacional y al que suele definir como “muy libre”. Sin dejar de lado su característico perfil de baladas y romántico, sumó una bienvenida y desprejuiciada renovación en materia de sonido junto a ritmos más bailables y toques electrónicos.

Estos signos de madurez, experimentación y amplitud artística fueron los que primaron en el show más importante, sin dudas, de la carrera del cantautor malagueño en Argentina frente a una audiencia que colmó el Hipódromo de Palermo. “¡Buenas noches Buenos Aires, al fin aquí en el Hipódromo!”, fue la bienvenida del propio Alborán hacia sus fans que agotaron todas las localidades para disfrutar de un extenso paseo por toda su carrera aunque haciendo especial hincapié en los temas de su último álbum. Y a través de ellos fue donde afloró su notoria intención de reinventarse y escapar de las etiquetas y los encasillamientos. “No vaya a ser”, “Pasos de cero” y la lograda “La escalera” dieron cuenta de su oficio para los medios tiempos y las baladas melódicas aunque, demostrando una notable versatilidad en compañía de una sólida banda. El clima fue virando hacia pasajes más rítmicos con guiños a la música urbana, la bossa nova, la rumba y el reggae de la mano de, entre otras, “Cuerda al corazón”, “Quimera”, “La llave”, “Idiota” y “Boca de hule”, composición cuya lírica se aleja de las típicas historias de amor y desamor para poner el foco crítico en distintos flagelos del mundo actual como la discriminación, la homofobia y el machismo y a favor de la inclusión.

“Perdóname”, “Te he echado de menos” y “Al paraíso” conformaron un aplaudido set acústico donde el artista español sorprendió además a propios y extraños con una sentida y personal versión de “La ciudad de la furia”, en claro tributo a Gustavo Cerati y a la propia Buenos Aires. Fue en ese segmento en particular donde Alborán dejó expuesto su perfil más calmo e intimista y el que hizo recordar a sus inicios, aquellos en los que primaba quizás una cierta introspección y timidez escudándose detrás de su guitarra. De todos modos, el tiempo ha transcurrido, la experiencia es mayor y, sin abandonar por ello su sencillez, naturalidad y cordialidad características, ahora se lo ve en una etapa más suelta y desinhibida. Seduciendo a sus seguidoras con sensuales movimientos de caderas, pasos de baile, miradas cómplices y, esencialmente, su siempre agradable registro de tenor que ha ganado en potencia y coloratura pero conservando su distintivo fraseo flamenco.

Acompañado por una atractiva puesta lumínica de última generación, impactantes visuales y un mar de celulares encendidos a lo largo y a lo ancho del predio, el joven cantante encaró el último tramo de este concierto consagratorio. Primero frente a un piano de cola y en soledad para interpretar sus grandes éxitos “Solamente tú” y “Prometo” y luego, junto a sus músicos, despedirse bien arriba con “Extasis” y “Vívela”. Fue el cierre perfecto tras dos horas de canciones sin respiro y a pura emoción.