El viernes 27 de junio, ambas bandas realizaron una fecha conjunta y demostraron por qué en estos tiempos es mejor ir a la par que por separado.

“Y bueno, ya que estamos…”, dice Nicolás Sorín, líder de Octafonic, al invitar a Todo Aparenta Normal a volver subir al escenario del Teatro Vorterix. Luego, los quince músicos se amontonan sobre las tablas y realizan una versión fiel de “Hey Bulldog”, el clásico de los Beatles compuesto por John Lennon y publicado en 1969. La comunión entre ambas bandas finaliza con un muro físico logrado por un abrazo comunitario, de espaldas al público, para la foto. Este último detalle no es menor: esa fotografía funciona como un símbolo de los tiempos que corren, en donde el crecimiento artístico de los distintos artistas va de la mano y no como competencia.

Durante el recital, cualquiera pudo encontrar las muchas diferencias entre ambos grupos: la formación clásica de cuatro músicos de Todo Aparenta Normal contra los once en escena de Octafonic; el sonido guitarrero de los primeros a diferencia de los vaivenes de estilos de los segundos; el constante pogo producido por los comandados por Nicolás Alfieri en contraste del baile casi continuo de Sorín y todos los suyos. Fue como una suerte de festival, en donde primó la necesidad musical ante un estilo definido.

En horario casi de matinée, Todo Aparenta Normal abrió la noche con la explosiva “Canción del desaprendiz”, mientras sus atuendos azules se mostraban como un blend entre un camuflaje militar y un batik hippie. “Hoy hay luna roja, y dijimos que esto iba a ser un “aquelarre”, ¿no?”, bromeó Alfieri previo a la canción del mismo nombre, que eclipsó a su antecesora en un clima íntimo y cálido. La seguidilla volvió a subir los decibeles con “Jinete”, “Equinoccio” y una destructiva versión de “Porno Rock”, donde pudo comprobarse la química entre Alfieri, el guitarrista Luca Barzán y el bajista Alexis Koleff en plena zapada.

Con una primacía de canciones de En el desaprender, su más reciente trabajo −publicado el año pasado−, “Traful” funcionó como una oda a la vida en el sur, antes de la llegada del pogo necesario en “Detener el tiempo”. “Sabemos lo difícil que es en estos momentos ir a ver bandas. Esperamos que lo sigan haciendo, es importante. Si quieren la música, la tienen que defender. Gracias”, concluyó luego del tándem rockero de “Agazapado”, “Calendario” y “La dicha de los cobardes”.

Pocos minutos más tarde, Octafonic comenzó su set con la oscura “Welcome to Life” −o cómo componer un tema para Blackstar, de David Bowie, desde Latinoamérica−. El pastiche rock gipsy de “Plastic” cambió el ritmo a un baile frenético e hizo que Sorín se calce el traje de MC; “God” tuvo al cantante arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo, como si fuese una plegaria synth del siglo XXI; la asfixiante “Love” −Octafonic meets LCD Soundsystem− mostró los amplios matices de la banda. “Qué lindos verlos acá, con esta garúa”, dijo Sorín antes de “Rain”, el anteúltimo single de la banda, que podría ser un theme de película de terror.

“Mistifying” calmó las aguas por un rato, “Sativa” amplió la pista de baile y “Mini Buda” arrancó como un mantra en el que todos los músicos realizaron la mudra, esa posición budista utilizada para controlar la mente −y necesaria para el rock tormentoso que se desencadenaría instantes después−. Amparados en el poco espacio sonoro entre los cinco metales y el resto de los instrumentos, “Over” y “Wheels” le abrieron las puertas a un cierre enorme con “What?”, donde el solo pareció estar compuesto por palabras lanzadas a una velocidad inimitable.