Normani ha estado respondiendo preguntas con la hábil diplomacia de una excompetidora de concursos; o quizás, más adecuadamente, como una chica formada en los medios que perteneció al grupo femenino más popular de la década. Ella es ambas cosas.

Le doy a elegir: “Si fueras miembro de Destiny’s Child, ¿quién serías?”.“¡No puedo decidir!”, gime, despatarrándose en la mesa con un gesto exasperado, prestado por sus años adolescentes. Mientras se sienta, sus manos flotan por el borde de su cabello, armado en un rodete más impecable que lo necesario, dado su look casual de jeans negros, exagerada capucha, nada de maquillaje. Acaricia su invisible cabello lacio. “¿Puedo elegir más de una?”, ruega. Estamos sentados en un restaurante turístico del French Quarter en Nueva Orleans, donde ella creció y ha estado a menudo de visita, trabajando en su próximo disco solista y buscando inspiración en la ciudad. Hoy, se siente inspirada por la comida –específicamente, el gumbo de su abuela. Estamos matando el tiempo antes de ir a una clase de cocina en donde aprenderá la receta del clásico local. Pero antes tiene que tomar una decisión: ¿es ella una Kelly Rowland o una Beyoncé? “¡No es justo!”, dice cuando yo insisto en que no, no puede elegir a ambas. “Esto es terrible”.

Beyoncé es Beyoncé, y Normani la idolatra. Saca su iPhone para mostrarme dos de las muchas cuentas de fans que sigue, @BeySlayy y @Rumiyonce. Pero “yo me veo reflejada en Kelly”, explica. “Ella es lo más para las chicas de color. Se mueve con gracia, y ‘Motivation’, amiga, ¡es insuperable!”. Finalmente se decide: Normani es una Kelly Rowland, no necesariamente la figura obvia, pero una cantante formidable, confiada, que encontró su estrella y sigue pegada a ella.

 
 
 
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Para Normani, este no es un ejercicio trivial: a los 22 ya había pasado más de una década preguntándose qué lugar ocupaba en un grupo musical. En 2012, con solo 15 años, audicionó de mala gana para The X Factor con el apoyo de su madre. Cantó la canción que fue su última elección, “Chain Of Fools”, y sorprendió a todos con una enorme voz y una audaz presencia. Se transformó en Normani, de Fifth Harmony, parte de un sincronizado y giratorio colectivo.

Su lugar en el grupo le trajo todos los problemas del estrellato pop, pero también llegaron cualidades definitivas. Con algunas de ellas, Normani nunca congenió. Como hoy dice, “La Normani” es una performer que lo tiene todo, más específicamente, “el baile”: una reputación que desearía hacer a un lado, pese a haber obtenido un tercer puesto en Dancing With The Stars en 2017.

En los confines del grupo, Normani no fue la que capturó inmediatamente la atención del público. Era fácil dejar pasar su carisma progresivo, meditado, y ella lo percibió también. “Era como, ‘Ey, también yo estoy aquí y soy muy buena en lo que hago. Trabajo duro. Siento que tengo que trabajar diez veces más para demostrarle a todos que merezco estar aquí’”, dice. Uno percibe eso en cualquier performance de 5H: Normani sacude sus caderas con mucho envión, bate su cabello con fuerza centrífuga y ataca ferozmente con su voz, determinada a hacerse notar aun cuando no pueda romper el molde.

Cuando Fifth Harmony se puso en marcha –luego como cuarteto tras la salida de Camila Cabello, en diciembre de 2016, y anunciando un hiato indefinido en marzo último–, Normani estaba lista. En abril, se convirtió en la primera artista que firmó para Keep Cool, un nuevo sello cofundado por el ejecutivo de RCA Tunji Balogun. “Ese siempre fue el objetivo: la posibilidad de salir a crear, seguir nuestros proyectos solistas, que es lo que hemos querido hacer desde que éramos bebés en pañales. La idea siempre fue ser solistas”.

El objetivo se hizo realidad, pero con reconocimiento y libertad creativa al alcance de la mano ella ahora enfrenta un nuevo desafío: cómo definirse a sí misma, no solo como un cuarto de Fifth Harmony sino como una mujer de color joven en la música pop de hoy. Hasta ahora, sus compañeras tomaron distintos caminos: Ally Brooke escribió unas memorias vagamente inspiradas; Dinah Jane lanzó un single solista a fines del año pasado que no repuntó fuerte en los charts; Lauren Jauregui (que también lanzará un álbum solista en 2019) se convirtió en portavoz política del Teen Vogue; y Cabello consiguió éxito con una nominación en los Grammys que mezcla sus raíces cubanas y su experiencia en el pop.

Para integrantes de grupos de chicos y chicas, volverse un intérprete solista es ahora algo más fácil que en los días de Destiny’s Child: un renovado flujo industrial está más listo para este tipo de experiencias, que pueden testearse en el mercado con las redes sociales. Y a medida que se inicia el año de su álbum, Normani parece tener los cimientos listos para construir su camino. Tiene un puñado de singles bien recibidos, con prominentes colaboradores –incluyendo uno, “Love Lies”, con Khalid, que dominó la radio y los charts−. Eventualmente alcanzó el top 10 del Hot 100, fue acto de apertura en el tour mundial Sweetener de Ariana Grande, y, por primera vez en su carrera, la percepción de lo que puede alcanzar. “Soy suficientemente fuerte y capaz de hacer todo por mí misma. No como Normani en la entidad de Fifth Harmony, sino como alguien que está totalmente separada y es una persona distinta: Normani”. Ahora, solo le queda descubrir que significa realmente Normani.

“¡A ensillar, chicas! ¡Es hora de cocinar!”. Un instructor de chivita plateada llamado Chef Joe indica que nos pongamos los delantales. Vamos a cocinar un set de tres platos y Normani luce intimidada. “Soy mala en esto, no lo pongas en el artículo”, dice con una risita.

El furioso círculo de actuaciones y sesiones de estudio finalmente se ha ralentizado, dándole tiempo para recorrer Nueva Orleans y pasar las fiestas en Houston. El Huracán Katrina forzó a su familia a mudarse a Texas cuando Normani tenía 9 años, y ella todavía recuerda cuando se cargaba el auto con las pertenencias antes de que la tormenta arrecie, dejando atrás a sus tres mejores amigas y viviendo en un hotel antes de empezar una nueva vida.

“Recuerdo a mi mamá preguntando, cuando estábamos en el tráfico, ‘¿Quieren ir a Dallas o a Houston?’”. Ellos tenían familia en Dallas, pero entonces Normani recordó algo. “Fue algo así como, ‘¿Beyoncé no es de Houston?’ Mi madre dijo sí, entonces dije ‘Ok, vayamos a Houston’”, y su padre, su madre, su abuela, el perro y dos tortugas se mudaron allí. “Se sentía como una suerte de destino”.

Pero Nueva Orleans, dice, es la fuente de todo lo que ella es y lo que quiere expresar en su nuevo álbum. “Es una ciudad que aprendí a amar y significa todo para mí”, afirma. Fue aquí donde, a la edad de tres años, se sentaba en el piso de la habitación de su abuela para ver Annie, y declararle a su madre: “Yo quiero hacer eso”. Fue aquí donde empezó a escuchar a Anita Baker y Toni Braxton –“música para adultos”– en la radio, sonidos sedosos que ahora quiere emular con su propia voz. Aquí ella puede caminar por la calle y ver a chicos bailando en la vereda. “Literalmente, ellos hacen zapatos con suela de lata para bailar y así hacen música”, se maravilla. Un día, su manager estaba paseando cuando vio a un hombre liderando una banda de bronces, y decidió incluirlos en el álbum.

Recientemente, Normani dirigió un taller de cantautores en los Esplanade Studios, en un hermoso edificio que antes fue una iglesia. Durante una semana, escritores como Victoria Monet (amiga de Ariana Grande) y el legendario productor BlaqNmilD se le unieron para experimentar con beats y armonías. Comieron mucho y tocaron secciones de las canciones que creaban, susurrando “¡Ohhh!” –la declaración universal de “¡Amo a esta canción!” –. La última noche incluyó una salida a Bourbon Street, alrededor de las cuatro de la mañana, para visitar la Casa del Waffle.

Escribir para el álbum, dice Normani, no solo le dio un sentido de control creativo, sino la oportunidad de usar su voz como nunca antes. “Tenía mucho para sacar de mí. Y tengo una responsabilidad como mujer de color. Aun en el mainstream, no hay muchas de nosotras. Especialmente chicas color chocolate. Como, ser afroamericana es una cosa, pero chicas con mi complexión –ella señala sus manos para poner énfasis– es poco común. Somos SZA, yo, ¿y quién más?”. Por eso Balogun dice que el éxito de Normani no es negociable: la cultura necesita más chicas como ella. “Representa el nuevo tipo de jóvenes artistas de color –dice–, con un pensamiento progresista”.

Cuidadosamente, Normani arroja cebollas, apio y zanahorias en un pollo cocinado. Su madre y constante compañía, Andrea Hamilton, captura imágenes en su iPhone mientras Normani deambula alrededor, cantando “Stir Fry” de Migos y sorbiendo de la cuchara para medir el grado de picor de la comida.

Difícil es no pensar en esto como una metáfora de lo que significa ser parte de un grupo prefabricado de chicas: trabajar con ingredientes preparados, mezclar especias dejando que un sabor predomine. A veces Normani habla de esto con un cariño distante, pero más a menudo revela su sentimiento de inseguridad sobre el lugar que ocupaba en el grupo, la frustración de que nunca tuvo un lugar para ser ella misma. “En muchas sesiones lloré como nunca antes había llorado”, recuerda citando una canción, “No Way”, cuando fue la única integrante relegada a hacer los coros.

 
 
 
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Momentos como ese exacerban un sentimiento que no volvió a tener desde chica, cuando era una de tres estudiantes negras en un colegio predominantemente blanco. “Era algo subconsciente. Vos pensás ‘¿Por qué soy la menos seguida en el grupo?’ Aunque reconozcas que no estás demasiado pendiente, eso es un golpe a tu autoestima. Te preocupás. ‘¿Soy yo? ¿Es porque soy negra? ¿Es porque no soy talentosa?’”.

En la burbuja de 5H, Normani pasaba las 24 horas del día compartiéndolo todo con sus compañeras, desde tampones hasta sentimientos, pero su noción de la raza era algo solitario. En 2016 recibió amenazas de muerte, insultos raciales e imágenes de linchamientos en Twitter, cuando los fans de Cabello entendieron que Normani la había marginado en una entrevista de Facebook Live (Cabello le pidió luego a sus fans que se retractaran).

“Ellas trataron de apoyarme como podían”, dice Normani sobre sus compañeras, bajando el tono de voz a un nivel casi inaudible. “Pero creo que no tenían las herramientas necesarias, porque no era su experiencia. Les doy crédito por estar ahí por mí, pero al mismo tiempo…” Ella se apaga. “Las chicas no experimentaron lo mismo que yo”.

Normani reitera que aunque eran genuinamente apegadas hoy no se comunican a menudo. Son todavía amigas, con inevitables agarradas, como la reunión con Cabello antes de los Billboard Music Awards de 2018, cuando un posteo de Instagram las mostró reconciliadas y con mutua admiración. Normani ya no presta atención a preguntas sobre quién odia a quién, así como ignora preguntas sobre quién tendrá la carrera más exitosa.

“¿Te soy honesta? Estoy en un lugar maravilloso y no quiero alimentar nada de eso”, dice al iniciar una larga explicación que parece más un ejercicio de su confianza que otra cosa. “Estoy demasiado bendecida como para permitirme focalizar en eso. Este es mi momento, del mismo modo que ella (Cabello) tuvo el suyo. Estoy orgullosa de todo lo que está haciendo. ¡Ha sido nominada para un Grammy! Eso es fantástico. ¿Y todo por qué grupo femenino? Fifth Harmony. Eso es fuego puro. Y yo sé que somos capaces de mucho más”. Hace una pausa y revisa un poco sus sentimientos. “Pienso que soy así de talentosa. Antes no lo creía, sinceramente”.

En mayo pasado, en los Billboard Music Awards, la audiencia tuvo un anticipo de la música solista de Normani. Ella se unió a Khalid para interpretar “Love Lies”, que, gracias a su mezcla perfecta de energía abrasadora y apasionada melancolía, se volvió un hit mucho más grande de lo que ella esperaba: desde su lanzamiento en febrero, pasó 40 semanas en el Billboard Hot 100, llegando al número 9 y alcanzando el número 1 del chart Top 40 de adultos. Cuando subió al escenario habían desaparecido las piernas temblorosas y los ojos expectantes de su audición para X Factor. También desapareció la chica desamparada, que como parte de 5H pudo pasar desapercibida. En su lugar estaba Normani, una performer magnética capaz de cantar mientras se columpiaba arriba del escenario, para terminar en el suelo, trasero apuntando al cielo, y vistiendo un corsé tan ajustado que parecía dibujado en la piel.

De ese modo, Normani dejó de ser simplemente “la chica de Fifth Harmony”. Tres meses más tarde, arriba del escenario para los MTV Video Music Awards, Nicki Minaj declaró “Normani es la mujer”, para invitarla luego a su Queen Radio. Normani no podía creerlo, pero de nuevo, en cierto modo sí. “Esto es lo que siempre esperé”, dice haciendo un gesto del tipo. “Era hora”.

Pero lo que hizo Normani para recibir los honores de Minaj no es lo que siempre ha estado haciendo: ella demostró poder poseer el escenario y manejar un hit como una estrella pop hecha y derecha. Ahora, necesita figurarse si su sonido puede ajustarse a ese molde. Así que ha explorado otros géneros, colaborando en dos canciones con Calvin Harris y mostrando que puede hacer electrónica bailable (“Slow Down”) y dancehall jamaiquino (“Checklist”). También se encaramó al R&B oscuro, en un dúo con 6LACK en “Waves”. “Para mí, Normani es asombrosa, y supongo que todos la ven de igual modo”, dice 6LACK. Más recientemente, ella armó un equipo con Sam Smith para la canción “Dancing With a Stranger”, un dúo sedoso, con vibras del R&B de los últimos ochentas.

El manager de Normani, Brandon Silverstein, dice que esos singles apuntan a redondear una definición: “Normani no está limitada por los géneros; ella hace lo que ama”. Y Normani parece más inclinada a su primer amor: Anita Baker envuelta en sábanas de satín de R&B. Ella describe el sonido de su álbum como “sensual” y “dominante”. Ha trabajado con Daniel Caesar y compartió tiempo de estudio con Missy Elliott. Y aunque su LP aún no está terminado –piensa en un lanzamiento en la segunda mitad de 2019– trabaja con cantautores como Monet y la coautora de “Love Lies”, Tayla Parx. Balogun entrevé un camino focalizado en el R&B que llevará a Normani directo al mainstream.

Unas horas más tarde, Normani puede finalmente probar su gumbo. Chef Joe trae un bowl y ella da su primer bocado, con un gesto de asentimiento, otro más, y procede a liquidar el bowl entero. Está hambrienta, como cuando habla de su futuro.

“Me veo cantando en los Grammys, viajando por el mundo con mi familia. Quiero conocer a todos mis fans alrededor del mundo. Hay muchos lugares que no conozco. Me siento como, ‘Wow, ¿tengo fans por ahí? ¿La gente sabe quién es Normani?’” Sigue hablando rápido, casi sin respirar. “Quiero tener una línea de ropa. Quiero probar con el cine y la actuación. Sería una victoria. Quiero abrir escuelas de danza”.

Piensa por un momento sobre lo que todo eso significa. “No quiero estar y de pronto desaparecer. Quiero ser única”, dice. “Pero sobre todo quiero recordar siempre quién es Normani”.

Cuando necesite un recordatorio –y a veces lo necesita– mirará la performance de “Love Lies” y tratará de verse como los demás la ven. “Me sorprendo por momentos”, dice con una amplia sonrisa. “Me digo ‘¿Esa soy yo? ¡Soy una ídola!’”.