La banda de Mánchester se presentó por cuarta vez en Buenos Aires y revalidó sus credenciales de músicos inoxidables. En un show que duró casi dos horas repasaron temas de todas sus mutaciones, tanto de sonidos como de sentires.

New Order volvió a tocar en Buenos Aires. ¿Es válido continuar hablando de ellos? ¿Aporta algo más una reseña de un show al largo historial de cosas escritas sobre una banda que es una de las insignias de la primera época del post punk? Sería pretencioso responder la última pregunta, pero es válido aún hablar de New Order porque continúa vigente y en su cuarto paso por Buenos Aires demostró que vivir de la leyenda no significa dejar de crear música.

La excusa con la que vinieron ésta vez fue la presentación de Music Complete, uno de los mejores discos editados en 2015 y en el que bucean en sonidos que habían logrado entre Low Life (1985) y Technique (1989), su época más creativa. De todos modos, para abordar New Order se requiere un poco más que ubicar momentos en la línea de tiempo: se debe recordar las distintas mutaciones que sufrieron y cómo de todos modos la música permaneció intacta. De su génesis punk de Warsaw a las cimas de la desesperación de Joy Division; del vagido post punk de la novata formación New Order hasta tomar las pistas de baile por asalto en medio de la paranoia mundial por el SIDA y luego su retiro a mediados de los 90; del surgir una vez más con guitarras rockeras con Get Ready (2001) al resonante final de 2006 en el Personal Fest de Buenos Aires y la salida del bajista Peter Hook (quien se presentará el 8 de diciembre en Niceto con The Light). Ahora, sin Hook pero con la tecladista fundadora Gillian Gilbert, la banda demostró que pese a las polémicas con Hook la música no se mancha.

El show en el Luna Park arrancó poco después de las 21:15 h con Singularity, tema de su último disco. Los videos que pasaban las pantallas captaban toda la atención: Berlín en los años 70, la época del exilio de David Bowie e Iggy Pop, el muro que parecía tan sólido como la degradación humana alrededor de él. Las luchas callejeras en Berlín hacían eco desde lejos en estos tiempos donde los muros vuelven a parecer sólidos y posibles. Siguió Ceremony, corte puente entre Joy Division y New Order y que tampoco traía buenos augurios.

Paulatinamente, el concierto fue virando hacia la pista de baile e intercalando tracks de Music Complete con algunos de viejas etapas: tras Academic tocaron Crystal y después de Restless continuó Your Silent Face. Cada tanto, Bernard Sumner intentaba comunicarse con el público en un castellano casi tan rústico como su inglés mancuniano. La arenga no era vana, se acercaba el momento de mover el cuerpo.

Tutti Frutti, uno de los puntos fuertes de Music Complete, introdujo la pulpa del espectáculo: el culto al baile, a la rave en el momento en el que las guitarras ceden paso a los sintetizadores; el grupo se mantuvo en segundo plano detrás del videoclip constante de las pantallas. Si bien por momentos el Luna Park mostraba sus deficiencias para que la música sonara compacta, el público pareció no darle importancia porque el show engullía todos los sentidos.

New Order se despidió con Blue Monday y Temptation. Sumner dijo que ese había sido el último tema y todos dejaron el escenario, pero las luces no se prendieron. El conjunto que salió para los bises eran ellos, pero transformados en Joy Division. Las canciones de los que rehuyeron hasta mediados de la década pasada volvieron a sus sets como punto central, un homenaje a los orígenes de todas sus transofrmaciones. El himno que trasciende generaciones y que explora entre la angustia y el éxtasis, Love Will Tear Us Apart, cerró uno de los mejores recitales que dieron los de Mánchester en Buenos Aires. La música solo se completa si se transmite y New Order aún sabe cómo mantener la llama encendida.