En su segunda edición, el festival indie consolida su status de liga mayor bajo sus propias reglas.

Algo debió haberse consumado en noviembre de 2014. Legitimación, sincronía, comunión, espíritu de cuerpo; ustedes elijan los adjetivos. En aquella oportunidad, el festival Music Wins se erigió como la primera propuesta local en su especie, dando luz verde a una escena cultivada entre filtros de Instagram y clicks en Pitchfork. Así como el Lollapalooza en sus inicios retrató a la generación X –a través de un circo de freaks y bandas de rock alternativo emergiendo al ritmo del Soundscan–, la existencia del Music Wins viene a validar un segmento ampliamente ignorado por el mainstream, pero no lo suficientemente under como para no ser popular. Raramente se oye a Mac DeMarco en una FM local, a Kurt Vile le tocó editar al menos cuatro discos para figurar en los radares de los grandes medios, tal vez pocos entienden las letras de La Femme y es probable que nadie sepa de memoria el corpus completo de The Brian Jonestown Massacre. Sin embargo, esos factores parecen no importar. El indie, como movimiento cultural y musical, actúa en sus propios términos. Y está ganando.

La productora Indie Folks puso a descansar el proyecto durante un año, para regresar en 2016 como formato de un día donde 26 artistas se repartirían en cuatro escenarios. A pesar de la superluna que se posa entre los dos escenarios principales cuando promedia la noche, el inicio no auguraba un buen presagio. El mal tiempo amenazó con un domingo cama adentro, pero la brisa del mediodía cambiaría los planes. Con dos horas y media de retraso y algunos shows reprogramados, las puertas se abren para dar comienzo.

Más allá del significante político que reviste su mastodónica estructura, Tecnópolis es un predio ideal para un evento de estas características. Con poco sacrificio, el acceso a los escenarios es estratégico para no perderse ningún show. Las casi 9.000 personas que caminan por sus calles asfaltadas, pasean cómodas con looks urbanos donde los lentes de sol cubren los ojos aún de noche. Los hombres pueden vestir enteritos de jean y las chicas usar vinchas cosidas, mientras una galería de remeras unisex escupe nombres tan variados como Poseidótica, Weezer, Dag Nasty y Oasis, incluyendo la ya mentada de Joy Division. Para muchos de ellos, esta es su lectura personal de un Woodstock tan ajeno que quizás apenas conocen vía YouTube.

Mientras recorren los primeros metros, puede que se encuentren con Santiago Motorizado tocando en modo solista sobre el techo de un micro (Red Bull Tour Buss) o bien descubrir entre sillones a Cascabeles (Lee Nation Stage), un trío uruguayo de blues-rock suave. También existe la posibilidad de que los espectadores a su vez tengan sus propias bandas. Aún sea Walas de Massacre, Gori de Fantasmagoria, Benito Cerati, miembros de Mi Amigo Invencible o los australianos Pond que extendieron su visita porteña en una humareda de hierba non sancta.

Así, mapeado entre food trucks, una barbería vintage, varios beer garden, tiendas de indumentaria, disquerías, los puntos de hidratación y puestos de merchandising, uno puede llegar hasta los dos main stages donde los platos internacionales se sirven caliente.

Como el adjetivo desconoce límites geográficos y estilísticos, su mapamundi gira hasta dar con la costa de Biarritz, donde La Femme llega para saldar una deuda silenciosa en la escena. También hay oportunidad de rotar hacia el sur este con un show implacable de la australiana Courtney Barnett. Pero es sin dudas los Estados Unidos los que acaparan el grueso de la agenda que mejora en clima y mantiene su fidelidad auditiva. Pos-Trump, los yanquis se apoyan en psyco desfachatado y retro de Mild High Club, el regreso triunfal y soberbio de Kurt Vile & The Violators –en un claro llamado al Ragged Glory de Neil Young–, el esperado debut de The Brian Jonestown Massacre y el folk revivalista de Edward Sharpe & The Magnetic Zeros.

El festival también coquetea tímidamente con ser un laboratorio de apuestas. Como ocurrió con el crecimiento exponencial de Tame Impala en sus múltiples visitas –de Niceto al Hipódromo de San Isidro en cuatro años–, Mac DeMarco se ha convertido en el nene mimado y limado que todos quieren tener de amigo, pero no para invitar a un pijama party. Repartidos entre sensiblería soft rock setentosa, humor border y pavadas incongruentes, el convoy del canadiense es quizás el caso de éxito más certero de la velada. “Mañana voy a ir al cementerio de Chacarita a suicidarme. Están invitados”, exclama Andrew Charles White, guitarrista de su backing band. Todo dicho.

Aunque no todo en el indie es indie. Es decir, los Primal Scream alguna vez fueron indie y personificaron un sonido que se encontraba a la izquierda del dial. Pero lo de ellos termina siendo ese rock grande de guitarras británicas que reivindicaron junto a Oasis y Blur. “Me siento un Maradona acá arriba”, se celebra a sí mismo Bobby Gillespie. Algo similar debe sentir el dúo francés Air, que con su trip cimenta ese enorme legado electrónico y psicodélico en las credenciales de Moon Safari y Virgin Suicides. Con estos dos últimos, se cierra una intensa jornada.

El resultado es la coyuntura. El indie se ha autocultivado en un canal alternativo, sustentable y con producción a media escala, de igual –o hasta más– valor que el mainstream. Ahora resta esperar y observar cuánto puede llegar a expandirse hasta el año que viene.