Alejado de los lugares comunes, sació la sed de sus fanáticos en un show cuyo espíritu se puede resumir en una de sus frases más arrogantes y, a la vez, más encantadoras: "Si no te gusto, no me mires".

Irreverente e iconoclasta; esos son algunos de los adjetivos que podrían describir a Steven Patrick Morrissey, quien despertó, a lo largo de 36 años de carrera en la música, adeptos y detractores en partes iguales. Aquel que pidió la cabeza de Margareth Thatcher o que promovió el veganismo y los derechos de los animales en sus canciones, regresó a la Argentina por quinta vez y dio su show más atípico. La gira de su último disco, Low in High School (2017), fue tan solo una excusa para repasar los resquicios más inexplorados de su discografía: lados B, temas poco tocados en vivo y algunas perlas de los Smiths fueron los platos fuertes de un concierto que, pese a algunas pequeñas fallas de sonido, sirvió para revalidar la vigencia de una de las voces más prodigiosas de la música alternativa.

“Grabar Viva Hate (1988) fue muy difícil debido al eco esclavizado que me rebotaba, prácticamente de todas partes, diciéndome que nunca podría ser tan bueno como los Smiths”, cuenta Moz en su autobiografía. Dicho disco, que cumplió tres décadas, es el más homenajeado en el setlist: estuvieron las poco frecuentes “Dial-a-Cliché”, “Break Up the Family”, “Haidresser On Fire” –uno de los puntos más altos– y el clásico inoxidable “Every Day is Like Sunday” que cerró su performance en los bises.

El público osciló de la interacción desenfrenada en los hits de Smiths, como “How Soon Is Now” o “Is It Really So Strange?”, a la apatía ante ciertas canciones tan solo conocidas por los fanáticos de la primera hora del mancuniano. Ejemplos de estas rarezas fueron “If You Don’t Like Me, Don’t Look At Me” y “Munich Air Disaster 1958”, incluidos en su recopilatorio de lados B Swords (2009), el single “Sunny” (1995) o “Life is a Pigsty”, cuyo sonido fue demoledor.

Esta ecléctica lista de temas sirvió como evidencia, si es que se necesitaba alguna más, de que pese a que el artista no paró de declararle su amor al público (gritó “I love you” en varios momentos), siempre hizo lo que quiso y lo seguirá haciendo sin importarle demasiado las consecuencias.

Hubo momentos, también, para la bajada de línea típica del autor: en “The Bullfighter Dies”, canción que denuncia la tauromaquia como tortura, se proyectaron imágenes de toros siendo masacrados por toreros; y en “I’m Throwing My Arms Around Paris”, tema que no venía tocando en esta gira, exhibió una fotografía de las manifestaciones parisinas actuales de los “chalecos amarillos” y modificó la letra en pos de la coyuntura: “Nobody wants Macron”. Tal vez, esto podría entenderse como un intento de reivindicarse luego de sus declaraciones desafortunadas respecto al movimiento #MeToo, el Brexit y las denuncias de abuso hacia Kevin Spacey y Harvey Weinstein.

Tan solo dos temas de su nuevo álbum sonaron: la inquisidora “I Wish You Lonely” y el corte de difusión “Spent The Day In Bed”. Otro punto alto en la escala de la emoción y el dramatismo se vivió en “Alma Matters”, tema que pinta al músico de cuerpo entero y cuyo estribillo fue coreado por todo el estadio.

La banda que lo acompaña, con el histórico Boz Boorer en guitarra líder como principal exponente, demostró una vez más toda su potencia en el vivo, destacando la actuación de Matt Walker en batería y su toque explosivo. El sonido mutó de un jangle pop cercano a la época de Smiths pasando por pasajes post punk o de balada romántica, reflejando los diferentes climas que resume su obra solista.

Con el paso del tiempo, Morrissey profundizó su búsqueda artística en torno a diversos sonidos con resultados disímiles (sus últimas producciones fueron irregulares, con mejores resultados en World Peace is None of Your Business, 2014). Su voz se escuchó, una vez más, intacta, manteniendo su inconfundible tono barítono, produciendo climas magnéticos y aterciopelados. Además logró construirse casi como un crooner, un cantor de música popular en la misma línea que Nick Cave o Tom Waits.

Se lo vio encendido y cercano a su público, a quien le firmó vinilos y le regaló, como suele hacer, sus camisas que se fue arrancando en diferentes momentos del show que rozaron el melodrama. Como de costumbre, alternó elegancia y desenfreno, una ambivalencia que se retroalimenta y que atraviesa toda su carrera debido a sus influencias variopintas: desde Roy Orbison y Elvis Presley hasta New York Dolls o Ramones.

Su noveno concierto en Argentina ratificó que, más allá de las polémicas en las que pueda verse involucrado mediante sus declaraciones a la prensa, su arte sigue vigente. Se ha ganado un  lugar en el podio de la música alternativa compartiendo ADN con artistas como David Bowie (homenajeado en los videoclips que proyectó en la previa) Iggy Pop o Lou Reed, quienes supieron darle voz a través de sus canciones a los marginados, los freaks, los incomprendidos y los románticos inconformistas.