El exlíder de ZAS celebró los 30 años del trascendental álbum 'Solos en América' con un concierto demoledor y repleto de hits.

Desde hace ya varios años, celebrar el aniversario de algún álbum icónico se volvió moneda corriente. Por eso, tras visitar San Juan, Mendoza, Neuquén, Rosario, Mar del Plata, Tucumán y Córdoba, Miguel Mateos cerró su gira nacional en el mítico Estadio Obras de Buenos Aires, el mismo espacio en el que tres décadas atrás, cristalizó en vivo el lanzamiento de Solos en América. No solo es un trabajo discográfico fundamental en su carrera, sino también el trampolín que le permitió zambullirse e instalarse para siempre en el corazón del público latinoamericano; además, fomentó la difusión del rock en español por todo el continente.

Grabado en Los Ángeles en 1986 −y relanzado recientemente por Sony en los formatos de vinilo, CD y digital−, el disco caló hondo en una vasta audiencia nacional e internacional a través de un puñado de hits irresistibles. La vigencia hasta el día de hoy se debe a haber alcanzado un estándar de calidad sonora inédito para un artista local en aquellos años.

Por todos estos motivos, el regreso del exlíder de ZAS al “Templo del rock argentino” −que, como en sus inicios, lució con butacas y prescindió de las populares− fue todo un acontecimiento. Mateos estuvo a la altura de las circunstancias frente a un público que colmó todos los rincones del estadio. Estructurado en dos partes, el concierto tuvo un primer segmento dedicado exclusivamente al material en cuestión y, tras un breve intervalo, el tramo final concentró los grandes éxitos pertenecientes al resto de su discografía. Todo esto, envuelto por una puesta escénica y lumínica sobria, pero muy efectiva.   

El pulso dance de Llámame si me necesitas fue el puntapié de un festejo que comenzó recorriendo uno a uno los tracks de Solos en América, un álbum que mantiene la raíz pop rock propia del cantante y compositor, pero que dio un salto cualitativo al modernizar su sonido y expandir su propuesta, experimentando con máquinas y ritmos más bailables. En ese sentido, Amame ahora, no mañana y Si el amor existe dejaron ver una marcada inclinación por el funk; la balada romántica dijo presente a través de Hagamos el amor; Libre vivir y la coreada Solos en América navegaron por los tiempos medios mientras que en esa oda a la paz llamada Dejen las armas se coló cierto sabor latino y el coro de niños del colegio Pestalozzi. De todos modos, los momentos más impactantes arribaron de la mano de los festejados Es tan fácil romper un corazón −con el aporte de Oscar Kreimer en saxo−, Mi sombra en la pared −que sumó el bajo del aplaudido ex-Zas Cachorro López− y el rock extremo de Cuando seas grande.

La amalgama de estilos y variedad de climas encontraron su cauce en una banda de apoyo experimentada, versátil y que, con el paso de los temas, fue ganando en contundencia y brillo, siempre impulsada hacia adelante por la incansable labor de Alejandro Mateos en la batería y los dos guitarristas, Roly Ureta y Ariel Pozzo. Como capitán, y de riguroso negro, Miguel Mateos pasó de los teclados a la guitarra con naturalidad, mostrándose exultante. Esta vez lo vocal lució más medido y no tan propenso a caer en exageraciones ni  pasarse de revoluciones.

“Qué bueno que es volver a Obras y tocar en Buenos Aires. Yo soy de acá, esta es mi ciudad y aquí escribí todas mis canciones, loco”, expresó Mateos en la introducción de la segunda parte del show, en la que fue desgranando los grandes hits de su carrera: Una noche másAna la dulce y Tengo que parar despegaron al público de sus butacas para nunca más sentarse. El clima siguió en ascenso con Bar Imperio y Un poco de satisfacción, para luego atacar con Extra, Un gato en la ciudad y la poderosa En la cocina (huevos).

El beat contagioso y tecno de Euforia (perteneciente a Electro pop, su último álbum de estudio) y Obsesión convirtieron al estadio de Avenida del Libertador en una gigantesca pista de baile para alcanzar el cenit final con Tirá para arriba y una audiencia totalmente entregada, que acompañó el estribillo arrojando sus abrigos al aire. Lejos de cualquier atisbo de nostalgia, revival o postura vintage, Mateos confirmó en su regreso a Obras su plena vigencia, aun sabiendo que ya no está en boca de todos ni que es el centro de todas las miradas como hace algunas décadas atrás. Sin embargo, hoy como ayer, continúa grabando álbumes, lanzando nuevas canciones, tocando por todo el país y el exterior, y conservando un público fiel.