La banda de Dicky Barrett llegó a Buenos Aires para demostrar por qué el ska sigue vivo.

Cher es una rubia malcriada de Beverly Hills que dedica su tiempo a estar a la moda, hablar nimiedades con sus igualmente vacías amigas y engatusar a los chicos con los que comparte aula. Christian, un playboy calcado del Brandon Walsh de 90210, decide sucumbir a sus encantos y la invita a una fiesta donde toca un grupo de ska-punk. Veintiún años después de Ni idea, el film que catapultó a Alicia Silverstone a la fama, esa banda –Mighty Mighty Bosstones– vino a Buenos Aires.

Pero, ¿por qué es importante rememorar lo que ocurrió en 1995?. Durante ese año, el ska-punk llenaba el éter con bandas como No Doubt, Sublime, Rancid, y en menor medida Goldfinger, Less Than Jake y los propios Bosstones. Mientras varios de ellos implosionaron, cambiaron de estilo o simplemente bajaron la marcha, el conjunto que lidera Dicky Barrett mantiene su hidalguía para construir una fiesta que hace creer que 1995 está a la vuelta de la esquina.

El conjunto que lidera Dicky Barrett mantiene su hidalguía para construir una fiesta que hace creer que 1995 está a la vuelta de la esquina.

Con un Groove casi lleno, los nueve integrantes en traje rojo y camisa blanca se plantan como una orquesta afinada y muscular. Eso es todo lo que Barrett necesita para desfilar tranquilo con su voz alijada, en un gesto de anfitrión que pareciera decir a cada uno de los asistentes “Gracias por venir, ¿qué estás tomando?, ¿estás cómodo?”. Como esto es una celebración, los músicos se despachan con versiones ajustadas de clásicos como The Rascal King, Someday I Suppose, Royal Oil, Where’d You Go y Devil’s Night Out. A puro vapor two-tone, el público –rude boys con chombas Fred Perry, punks con nombres de Descendents, NOFX y The Specials en el pecho u oficinistas de turno- se hermana en un baile que no permite caras largas.

En poco más de veinte canciones que se resuelven en hora y media, los Bosstones se apoyan en la estructura de vientos de Kevin Lenear, Tim Burton y el genial trombonista Chris Rhodes para acentuar los guiños que hacen del ska un género vibrante. Y saben cómo hacerlo. En la rabiosa Mr. Moran están las credenciales de ese género que acuñaron como ska core, pero es también en los covers de estándares como Rudie Can’t Fail y Simmer Down donde se adueñan con elegancia del sonido de sus ídolos. Aun rindiendo homenaje, Barrett juega a quebrar los límites de la idolatría. Después de todo, esto es un show punk. El cantante regala su moño a alguien de la primera fila, sube a un chico al escenario (“¿Soy yo héroe o qué?”, le pregunta burlón antes de Muhammad Ali) y pregona una diatriba de mensajes positivos. “Amor, amistad, unidad, esas son las cosas que realmente importan. Quiéranse y cuídense entre ustedes”, dice al micrófono antes de Don’t Worry Desmond Dekker.

Aun rindiendo homenaje, Barrett juega a quebrar los límites de la idolatría. Después de todo, esto es un show punk.

Sobre el final, Mighty Mighty Bosstones sigue con el pie encima del acelerador para el gancho doble de 1-2-8 y A Pretty Sad Excuse. Varios de sus miembros han pasado sus cincuenta años de edad, pero entendieron que el lenguaje de su música les permite ser eternos. Y esa eternidad nunca sonó tan divertida.