Con 35 años de trayectoria y nuevo álbum a cuestas, los héroes del thrash metal tienen sus demonios controlados, y ninguna banda de hard rock les hace sombra. "Siempre estuvimos jodidos, pero sobrevivimos".

Había un agregado más sin anunciar en la cumbre de leyendas de rock reunidas en el festival Desert Trip en Indio, California: Lars Ulrich, de Metallica. Pero el baterista no estaba en el escenario para tocar con Roger Waters o con el premio Nobel Bob Dylan: se encontraba ahí como fan.

“El sábado, estuve en el campo con Neil Young y Paul McCartney –cuenta Ulrich dos semanas después–. Neil Young estaba a full”. Ulrich y su mujer arrancaron unas 20 filas atrás, pero se la pasaron moviéndose para adelante, como adolescentes entusiasmados en su primer show. Antes de terminar el set, estaban a unas cinco filas, a unos siete metros del escenario. Ulrich se ríe contando que le hacía señas a Young y le gritaba: “¡Ey, Neil! ¡Voy a tocar con vos en dos semanas! ¡Te veo en el Shoreline!”.

Hoy, sentado en una oficina que parece un vestuario del Anfiteatro Shoreline en Mountain View, California, Ulrich bosteza. Se acaba de levantar de una siesta –se durmió mientras lo llevaban al lugar donde se hace el concierto acústico anual de Neil Young a beneficio del Bridge School– y estaba ligeramente desorientado preguntándose si se encontraba en los Estados Unidos o en Ecuador (Metallica tiene programado tocar en Quito a fin de mes). “Esa no debería ser la temática principal de la nota”, dice con una sonrisa soñolienta.

Metallica, fundada por Ulrich y el cantante y guitarrista James Hetfield en 1981, arrancó su carrera un poco más tarde que aquellos titanes del Desert Trip, pero desde que Nielsen Music empezó a monitorear las ventas en 1991, vendieron más de 56 millones de álbumes, un número superado solo por Garth Brooks y The Beatles. El disco homónimo de Metallica, conocido como “el Álbum Negro”, vendió más de 16 millones de copias por sí solo, la cifra más alta de la era.

Desde que Nielsen Music empezó a monitorear las ventas en 1991, Metallica vendió más de 56 millones de álbumes, un número superado solo por Garth Brooks y The Beatles.

El 18 de noviembre la banda lanzó su décimo álbum, Hardwired… to Self-Destruct, y mientras las finanzas del grupo siguen seguras, su rol en la cultura musical está menos claro. Mientras que los grupos del Desert Trip pueden reclamar la tierra mítica de los 60, Metallica permanece en un terreno más nebuloso dibujado por fuertes volúmenes, letras sombrías y riffs como puñetazos en la cara. “Se supone que debemos madurar en ese campo, y lo sabemos. La gente no quiere que lo hagas –dice Hetfield más tarde aquel día, en una oficina separada (y ligeramente más linda) del lugar–. Quieren que te veas joven y copado, y que te tiñas el pelo y todas esas boludeces. Respetamos nuestra edad, no tratamos de ocultarla”. De cerca, Hetfield es tan intenso como el tipo aullando en la docena de videos que tiene Metallica, pero también es amigable y rápido mentalmente. “Soy vulnerable la mayoría del tiempo”, admite.

La chiva de Hetfield es toda gris, no hay un pelo negro. Debajo de la gorra de béisbol de Ulrich, la calvicie es pronunciada. Pero cuando se trata del proceso inevitable de envejecer, la pregunta para Metallica no gira en torno a la vanidad, sino a por cuánto tiempo más pueden seguir físicamente haciendo música –Hetfield y el guitarrista Kirk Hammett tienen 53, mientras que Ulrich y el bajista Robert Trujillo, 52–. “No sé si vamos a poder tocar Master of Puppets cuando tengamos 70 –sostiene Ulrich refiriéndose al himno del thrash que lanzaron en el 86–. Con Metallica hay un cierto carácter físico y un peso que tiene que ser parte de eso. Podés tocarla menos pesada, más lenta, o podés darte cuenta de que la música se merece una cierta actitud física, y si eso no está, entonces a lo mejor no hay que hacerla”.

Hetfield cree que su cuerpo le va a decir cuándo frenar. Mientras que la banda era lo suficientemente disoluta en sus primeros años como para ser llamada “alcohólica”, hoy Hetfield está sobrio, y todos los miembros duermen lo suficiente y viajan con un equipo dedicado a mantenerlos en buen estado físico. “Tratás de prevenir que algo se vaya de las manos –afirma Ulrich–. Estamos reduciendo los porcentajes de que cualquier cosa [eso es partes del cuerpo] se rompa a mitad del show”.

“A Metallica podés tocarla menos pesada, más lenta, o podés darte cuenta de que la música se merece una cierta actitud física, y si eso no está, entonces a lo mejor no hay que hacerla”. -Ulrich

La mayoría de los pares en el hard rock de Metallica de los 80 y los 90 se disolvieron o se arruinaron. Guns N’ Roses podría haber competido por el título como “el grupo definitivo de la generación X”, pero sucumbió bajo el peso del ego de Axl Rose. Y si bien Metallica ha tenido que superar la muerte del bajista original –Cliff Burton– en 1986, la adicción y los choques internos, los instintos fundamentales del grupo siempre giraron en torno a hacer música, pase lo que pase: canciones radicales e intransigentes que venden millones de álbumes. “Su música era una mezcla increíble de agresión y virtuosismo que no encontré en otros lugares –cuenta Mike Einziger, guitarrista de Incubus (y coautor del hit de Avicii Wake Me Up!), que teloneó a Metallica varias veces–. Metallica hizo que sea genial llenar estadios alrededor del mundo”.

La banda no salía de gira full time desde el World Magnetic Tour de 2008-2010, pero siempre tiene una serie de shows grandes preparados. En 2014, el grupo recaudó 24,84 millones solamente en ocho fechas, y se llevó unos 5 millones de dólares cuando tocaron en Minneapolis en agosto, según Billboard Boxscore.

¿Y quiénes son los modelos a seguir de Metallica para trabajar en la edad posjubilación? “Todo el mundo menciona a los Rolling Stones –subraya Hetfield–. Probablemente toquen hasta que tengan 120. Lemmy [de Motorhead] lo dio todo hasta su último respiro. Bruce Springsteen es otro que admiro por su aguante. Pero Angus Young [de AC/DC]… ese tipo me vuela la cabeza. Suda tanto cada noche. No puedo creer que su cabeza siga sobre sus hombros”.

Ulrich tiene una perspectiva más “baterística” al respecto: de los seis grupos en el Desert Trip, “la mala noticia es que el único baterista original es el de los Rolling Stones. El único mapa es Charlie Watts. Me veo mentalmente haciéndolo a los 70, pero no sé en cuanto a lo físico. Esa sigue siendo la gran duda”.

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En 2012, Warner Music Group entregó los derechos a las grabaciones maestras de Metallica al grupo, y ahora ellos venden sus álbumes a través de su propio sello, Blackened Recordings (manejado por su mánager de hace tiempo, Cliff Burnstein). Hardwired… to Self-Destruct, el nuevo LP, será lanzado por Blackened. El primer paso para hacerlo fue acomodar las agendas de todos los miembros. “Planeás años por adelantado –dice Burnstein–. ¿Querés tener varias noches en un lugar? Plantá bandera un año y medio antes de que quieras tocar ahí”. El grupo después contrató al productor Greg Fidelman, ingeniero de la placa de 2008, Death Magnetic (producida por Rick Rubin), y coproductor de Lulu, de 2011 (la colaboración controvertida de Metallica con Lou Reed). La banda se instaló en sus cuarteles generales, un edificio propio en Tony Marin County, al norte de San Francisco, y empezó a grabar a principios de 2015.

En lugar de construir docenas de canciones metódicamente, el grupo se ponía a trabajar en tres o cuatro temas, se tomaba un recreo para salir a tocar a un festival o para ir al relanzamiento de un álbum histórico como Ride the Lightning (1984), y después volvía para trabajar un poco más. Habiéndose metido tan profundamente por mucho tiempo cuando hacían discos como el Álbum Negro, se aseguraron de tener un balance mejor para sus vidas. Según Fidelman, su aversión a pasar largo tiempo en el estudio parte de algo como el “estrés postraumático”.

Por lo general, trabajaban desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde en su espacio de ensayo, al que llaman “el jam room”. El cuarteto se puso en círculo, todos mirando a Ulrich. Nadie llegó con cosas armadas, pero sí tenían más de mil riffs que habían cocinado en “el tuning room”, donde tocan juntos en el backstage antes de arrancar un show en vivo. De gira, ese espacio puede ser el primer lugar donde los miembros se vean en todo el día.

“Lars es muy cabalero –dice Hetfield–, pero él sabe bien qué es lo que le funciona”.

“El tuning room es, en el fondo, nuestra sesión de diván terapéutico –cuenta Hetfield–. Te das cuenta de dónde está cada uno. A veces boludeamos… me encanta tocar la batería, y yo voy a estar tras el kit mientras Rob toca algo bien funky que no vamos a usar nunca”. Hay una tradición instalada instalada por Ulrich: siempre finalizan tocando la canción con la que van a arrancar el show. “Lars es muy cabalero –dice Hetfield–, pero él sabe bien qué es lo que le funciona”.

La dinámica en Metallica llegó a ser lo suficientemente disfuncional para que el grupo realizara la película Some Kind of Monster en 2004, sobre las internas y el trabajo de terapia de grupo que hicieron. “Hoy estamos más preparados para las diferencias de opiniones –admite Ulrich–. Hace 20 años, nos juntábamos y nos matábamos por todo, ya sea por ideas creativas, preferencias personales, lo que sea. Ahora, no lo vale. Priorizamos llevarnos bien y ser una entidad que funciona, eso es más importante que ganar una discusión”.

“Nos conocemos tanto que sabemos qué botones no apretar –agrega Hetfield–. No tengo que ser como Lars, y él no tiene que ser como yo.

Tratamos de no pisarnos mutuamente, sino guiarnos entre nosotros. Él es buenísimo a la hora de armar setlists y arreglar canciones y los negocios. Yo soy bueno en las melodías, lo visual y los logos”. ¿Y los otros miembros, más allá del dúo central? “Kirk salió del lugar de referí en el que estaba, y ahora aporta una locura que se necesitaba mucho, porque Lars y yo podemos enroscarnos y ponernos muy serios. Y en vivo, obviamente está tocando increíble –dice Hetfield–. Y Rob está tan feliz de estar vivo que nos hace querer hacer cosas”.

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Hardwire… to Self-Destruct posee una docena de canciones, divididas en dos discos (podrían haber entrado en uno si no fuera por el ritmo que tiene). Spit Out the Bone es un tiroteo feroz de siete minutos inspirado en los peligros de la tecnología de realidad virtual. Dream No More es una pesadilla demoledora que se inspira en la mitología de H.P. Lovecraft. La moraleja de Now That We’re Dead es que el amor perdura, pero solo en la tumba. Y pueden adivinar la respuesta a la pregunta que hace Am I Savage? (¿Soy un salvaje?). El impacto del álbum es sombrío; la banda incluso rechazó una de las canciones triunfantes que se había convertido en un tema habitual en vivo, Lords of Summer, porque no encajaba con el humor. Consultado de si está en un buen lugar personalmente, Hetfield responde “Definitivamente no”. Y se ríe. “Estoy en los dos lugares al mismo tiempo, ¿sabés? Pero una vez que empiezo a pensar, se pone oscura la cosa. La última canción que compusimos, Hardwired, que es el tema de apertura y el más rápido, lo resume todo en su letra: siempre nos cog-eron, pero sobrevivimos. Cada generación dice ‘Lo lamento tanto por la próxima generación’, pero hay una fe en la humanidad. La mayoría de las veces”.

Sonríe. “Yo sobrepienso todo”. La música siempre fue clave para sacar a Hetfield de su propia cabeza: en el escenario, puede lograr un estado de gracia en el que ni siquiera está pensando. Para llegar a ese punto de completa felicidad, también recurrió a andar en skate, que se convirtió en una obsesión de ocho años con el snowboard hasta que se arruinó las rodillas. Ahora disfruta del rafting, de andar en bicicleta y del surf de remo. Recientemente, aceptó mudar a su familia a Colorado por un año –él y su esposa Francesca, que vivió en aquel estado un tiempo luego de ir a los Estados Unidos desde la Argentina, tienen tres adolescentes– con la condición de que fueran manejando. Alquilaron un motorhome Cruise America y anduvieron por Yosemite, recreando las vacaciones de infancia de Hetfield. “Pareció el momento correcto de sacar a los chicos de esta burbuja de Marin [County] –explica– y enchufarlos en una burbuja distinta”.

Hetfield elogia a Francesca, a quien conoció mientras ella estaba de gira con la banda, trabajando en el departamento de vestuario, y con quien se casó en el 97: “Fue un regalo muy grande para esta familia. Maneja un barco firme, no sé si es la comparación correcta. No sé siquiera si es una comparación…”. Se pierde buscando la palabra correcta: “¡Metáfora!”.

“Siempre nos cog-eron, pero sobrevivimos. Cada generación dice ‘Lo lamento tanto por la próxima generación’, pero hay una fe en la humanidad. La mayoría de las veces”, dice Hetfield.

Una semana antes del show en Shoreline, Hetfield estuvo cazando alces y se aterrorizó cuando fuertes vientos casi rompen su carpa. “Está bueno salir a la naturaleza y asustarse un poco una vez cada tanto –dice–. Te pone en tu lugar”. Cuenta que el atractivo de la caza es saber de dónde vino la cena. “Me encanta formar parte del proceso. Mis hijos definitivamente no quieren”. Además, le gustan las armas. “Siempre disfruté las cosas ruidosas y rápidas. Ya sean motos, autos o música. Ahora me metí en el tiro de largo alcance. Me encanta ese tipo de desafíos”.

Ulrich –que también vive en Marin County, está casado con la modelo Jessica Miller y tiene dos varones adolescentes de un matrimonio anterior y otro varón más joven con la actriz danesa Connie Nielsen– cultiva intereses menos viscerales: más allá de su afán por los festivales de rock, ama los libros y las películas. “Hago cosas normales: el otro día agujereamos calabazas con mis hijos [por Halloween]”, cuenta. Si bien fue el puntero del grupo en su cruzada contra Napster, el servicio de filesharing, hoy el streaming no lo estresa. “No es algo que me preocupe –afirma–. Tengo la app de Spotify y la uso, no diariamente, pero semanalmente. Utilizo iTunes todos los días, más que nada por películas. Estoy en YouTube unas 500 veces diarias. Solamente no les damos a estos tipos una exclusiva. No necesitamos la plata, y nos gustaría que todos nuestros fans pudieran encontrarnos”.

Metallica tuvo cinco álbumes en el Nº 1 del Billboard 200 consecutivamente desde 1991, pero el grupo sabe que el rock hoy maneja una porción muchísimo menor en el mundo de la música actual. Ulrich reconoce el dominio del hip hop y hace énfasis al decir que Kendrick Lamar y Drake le parecen artistas “inspiradores y geniales”. Pero también reconoce que “hay muchos chicos de 14 años en América Latina que todavía aman el rock”. En el siglo XXI, Metallica es una empresa global. ¿La posta? “Estuvimos al costado del mainstream por buena parte de unos 30 años. Nos cuidamos a nosotros mismos, y tenemos muchísimo espacio”.

“Hay muchos chicos de 14 años en América Latina que todavía aman el rock”. -Ulrich.

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Un par de horas después de las entrevistas, Metallica sube al escenario ante un público que vio sets acústicos de Willie Nelson, Roger Waters y el anfitrión, Neil Young. Hicieron un set unplugged que se basó principalmente en covers, entre ellos When a Blind Man Cries de Deep Purple, Clampdown de The Clash, y una versión arrolladora de Mr. Soul, de Buffalo Springfield, con la participación del propio Young. A lo largo de los años, Metallica demostró que su atractivo trasciende la escena musical californiana del speed metal, a los fans de los tiempos musicales raros e, incluso, el inglés. Resulta que el grupo ni siquiera necesita tocar a volúmenes altos: Metallica todavía tiene autoridad y una vibra amenazante en formato acústico.

Cuando Metallica comenzó, su música era notablemente de vanguardia. Si parece menos a medida que pasan las décadas, no es porque sus miembros se han ablandado, sino porque empujaron las fronteras de la música popular.

Hetfield puede sonar como el heraldo del apocalipsis, pero hoy está suelto y divertido. Le dice al público: “Hay un gran grupo de artistas tocando aquí hoy, y después estamos nosotros”. Cuando Metallica trata de tocar su nuevo single, Hardwired, les advierte: “Creo que es muy rápido para acústico, pero no nos importa, la verdad”. El grupo se pierde y tiene que volver a arrancar, y tan pronto como terminan, hacen bromas de cómo Metallica no va a pasar los 36 años de vida. Es el tipo de chistes que hacés cuando tu posición en el firmamento del rock está asegurada. Cuando Metallica comenzó, su música era notablemente de vanguardia. Si parece menos a medida que pasan las décadas, no es porque sus miembros se han ablandado, sino porque empujaron las fronteras de la música popular.

Ulrich tiene una metáfora que le gusta (a menos que sea una comparación). Algunos hombres de su edad construyen una man cave, un cuarto donde pueden juntarse con sus amigos y ver fútbol americano. Él tiene una vida doméstica feliz con su familia, pero Metallica es su man cave. “Nos vamos con una banda de rocanrol –dice–. Esa siempre fue la parte divertida de mi vida”.