Desde el oeste del Gran Buenos Aires, un cantautor con temple de acero construye una obra tan testimonial como desprejuiciada. Ajena a las modas y al mismo tiempo siempre cercana a cualquier oído amante del pop, la música de Manu Hattom es una compañía ideal en tiempos difíciles.

Si hay una cualidad extramusical que sea inherente a cualquier proyecto que logra hacerse de un público y de cierto reconocimiento por parte de la prensa, esa es la constancia. En un medio ultracompetitivo, con bandas y solistas que aparecen semana tras semana, el hecho de no claudicar frente a la indiferencia o a la falta de puertas abiertas es un valor en sí mismo, casi tan importante como la precisión a la hora de componer canciones. Allí, en ese terreno, Manu Hattom despliega una capacidad innata para moverse incluso contra la corriente. Basta charlar un rato con él para entender que no hay obstáculo que pueda interponerse a su vocación de trovador itinerante. Un intenso recorrido por el interior del país y salidas a Chile, Uruguay y dos giras europeas lo confirman.

Las canciones de Hattom son, antes que nada, canciones. Ya sea en sus tres primeros álbumes o en su último lanzamiento en forma de microdisco (Soledad, una placa de diez tracks en un total de diez minutos), el genoma de su música tiene que ver con una necesidad por expresarse y contar el mundo que lo rodea. Junto a su banda, La Joven Pandilla del Oeste, ese impulso inicial toma la forma definitiva, pero es la propia voz de Hattom la que moldea las intenciones y los momentos internos de cada una de sus composiciones. Con links al sonido platense patentado por Él Mató a un Policía Motorizado, pero también a la melodía sensible de Mi Amigo Invencible (o, por qué no, Los Tipitos), Hattom y sus secuaces hacen honor a ese gen argentino que cruza tango, fútbol, fogón, rock y ganas de decir cosas.

“Muy a mi pesar, otra vez, vi tu foto en Internet. / Es tan difícil pensar en algo que me haga bien”, se escucha en “Pensando en otra cosa”, exquisito segundo track de 10 formas de transportarse por el aire (2017). Basta escuchar a Hattom sintiendo cada estrofa para entender que su poesía tiene que ver con aquella porción de cotidianeidad que a veces no se puede explicar del todo. Melancolía, deseo de amor, recuerdos imborrables, cosas que se olvidan. Esos diálogos internos que cualquier persona puede tener en su intimidad son la materia prima con la que el músico oriundo de Haedo trabaja. El resultado final se traduce en un cancionero que se escucha sincero, cercano, envolvente; siempre a mano para exorcizar algún demonio interno, alguna sobredosis de realidad.