El futuro de la música –manejado por el streaming y los sonidos producidos globalmente– está acá, traído a la EDM y a los fans del pop por estos tres tipos con dos top 10 en el Hot 100 y un solo objetivo: darle a la gente lo que quiere, ya sean singles en vez de álbumes o ya sea ir de gira por Ruanda. “Ahora, la audiencia controla la música –dice Diplo–. Eso es a nuestro favor”.

En una calurosa tarde de mayo en Miami, Major Lazer está reunido en la pescadería de un muelle. Se llama García, y allí van a almorzar buñuelos de caracol, mahi mahi grillado, arroz y bananas. Por el costado pasa en lancha un grupo de hombres de mediana edad, bronceados, que frenan y bajan a comer, y para nuestro deleite, se puede ver a una manada de delfines que nadan cerca.

Diplo, cuyo nombre real es Wesley Pence (todos lo llaman “Wes”), está especialmente encantado por el mural de una caricatura de manatí y posa en frente para un potencial hit de Instagram o Snapchat. “¡Amo a los manatíes! –dice–. Tengo uno tatuado. Son los mejores”. Si Major Lazer posee un hogar espiritual, ese es Miami. Con el cruce de los Estados Unidos, Latinoamérica y el Caribe, la ciudad vibra con el mix de dancehall, hip hop, EDM y reggaetón, que se escucha todo el tiempo sonando en los autos. Diplo, el fundador de la tropa, hizo el secundario justo sobre la costa, en Fort Lauderdale, Florida, donde se enamoró del reggae, el metal y el Miami bass. Walshy Fire, el segundo de los DJ de Major Lazer y el principal MC, nació en Jamaica, pero pasó un tiempo largo de su infancia en Miami, donde aún vive.

Jillionaire, la tercera pata del equipo, viene desde Trinidad y vive en Nueva York, pero se está preparando para mudarse a Miami. “Amo este lugar –dice Diplo, de 38 años–. Me mudé a L.A. hace ocho años, pero habría venido a Miami si hubiera sabido que iba a ser tan productivo como ahora”. Por estos días, el pelo de Diplo está platinado como una sombra fantasmal y lo suficientemente largo como para atarse con un moño. Es el tema de conversación on-line entre la mayoría de sus fans femeninas, quienes sentenciaron que lo hace parecer un poco tétrico. Pero él disfruta de la reacción. “Voy a Las Vegas y todos los pibes son exactamente iguales –explica–. ¡Cada DJ luce igual que los Chainsmokers! Así que liberar mi imagen es muy importante para mí. Es lo que hizo Bowie. Cada cuatro putos meses el tipo parecía otro ser humano”. Walshy (su nombre real es Leighton Paul Walsh), de 34 años, es cálido y charlatán, en contraste con Jillionaire (Christopher Leacock), de 39, que es más reservado. Los tres DJ andan por todo el mundo por su cuenta y sostienen una gran variedad de tareas. Jillionaire maneja su propio sello, Feel Up Records; organiza una gira de fiestas llamada Chicken & Beer y es dueño de un restaurante caribeño en Brooklyn: Pearl’s Bake and Shark. Walshy produce un reviente en Miami llamado Rum and Bass –con el que planea salir de gira–, invierte en inmuebles y está trabajando en un álbum inspirado en un viaje reciente por África. Diplo y su equipo de management administran Mad Decent, el sello indie que edita la música de Major Lazer, junto con otros artistas como Jack Ü y Dillon Francis. También gestiona un festival de verano itinerante: el Mad Decent Block Party; produce para estrellas como Beyoncé y Madonna, y es inversor en grandes compañías de tecnología como Snapchat y Tesla. Tiene dos series de TV en marcha: What Would Diplo Do?, protagonizada por James Van Der Beek como el DJ productor, y un show de competición que la NBC puso al aire, donde él y su equipo ayudan a revitalizar las carreras de artistas veteranos. Y eso no es todo: también estuvo hablando con American Idol extraoficialmente para ayudar con el relanzamiento de Katy Perry (su amiga y, según rumores, exnovia). “Me agrada la idea de trabajar con ellos. Son copados”, afirma.

Hoy, la escuadra está exhausta. La noche anterior, Major Lazer tocó en un show privado en una playa lejana para Bacardi, con quien se asoció tanto en el lanzamiento de un ron como en la promoción de su nuevo single dancehall, Front of the Line, con la estrella del soca Machel Montano y el hitmaker jamaiquino Konshens. Forma parte del nuevo EP de seis canciones veraniegas del grupo –Know No Better–, en el que participan desde Travis Scott hasta Camilla Cabello y Sean Paul, y que mezcla estilos como el house tropical, el reggaetón, la EDM y el afrobeat.

Para Diplo, la principal ventaja de su sociedad con Bacardi es la promoción. Tal como él señala, el dancehall es un sonido de nicho fuera de Jamaica, y al aprovechar el presupuesto en marketing de Bacardi, el tema podría tener la chance de competir en los servicios de streaming, y una vez que eso pase, llegar a la radio. Es una de esas típicas buenas ideas del grupo, que se movió siempre de manera independiente y que conquistó siete hits en el Billboard Hot 100, incluyendo Lean On (con DJ Snake en las voces y la antes desconocida cantante danesa , que acumuló dos mil millones de visitas en YouTube) y Cold Water (con Justin Bieber y MØ), el hit que resultó de un favor que Ed Sheeran le debía a Diplo. “Hicimos un show con él en Cannes –explica Diplo–. Cuando dijimos ‘Ed, ¿podemos hacer una canción después?’, conseguimos una. No atravesamos 16 canales para llegar a la gente”.

Es una combinación orgánica entre buscar nuevos sonidos y saber qué es lo copado hoy en día –dice MØ al desmenuzar la fórmula de Major Lazer–. Si los juntás, tenés la posibilidad de llevar las cosas a otro nivel”.

Una hora después de la puesta del sol en Virginia Key, el trío subió al escenario en el concierto de Bacardi vistiendo camisetas de béisbol blancas, y encaró directo con Front of the Line. Walshy levantó al público: “¿Saben que esta es una nueva canción de Major Lazer, cierto? ¡Súbanlo todos a Snapchat!”. El grupo usó el show para testear el nuevo material –sus temas propios y los remixes de sus hits radiales y de las jams del under– que podría entrar en sus presentaciones en festivales. Major Lazer optimiza constantemente su sonido y su estrategia de promoción al incorporar datos de Spotify y Apple Music. También está inspirado en Drake, cuyo “playlist” More Life llegó al tope de los charts; y en Kanye West, que sigue jugando con The Life of Pablo mucho tiempo después de haber sido lanzado.

Un año atrás, Major Lazer estaba planeando lanzar un álbum a principios de 2017. Pero ahora, el grupo trata de que el material se escurra durante el año; y, de hecho, quizás nunca vuelva a sacar un álbum. “Apunto mis objetivos a lanzar únicamente singles, porque nadie compra realmente nuestros álbumes –dice Diplo–. ¿Qué plataforma nos funciona? El streaming. La audiencia controla la música ahora. Eso es a nuestro favor”. El último álbum del trío, Peace is the Mission (2015), obtuvo el equivalente a 793.000 unidades vendidas, según Nielsen Music, auspiciado en gran parte por los streams y las descargas de Lean On. Pero el disco vendió solamente 94.000 álbumes físicos. Desde su comienzo, Major Lazer se ha enfocado en un solo aspecto: que la música pop es ahora un fenómeno global, con fans y sonidos nuevos capaces de ser encontrados en Lagos, Nigeria, como así también en Los Ángeles.

La propia carrera de productor de Diplo empezó en 2007 con Paper Planes, de M.I.A., un hit que entró al top cinco, fue construido sobre la base de un riff de los Clash y definió el sonido de mediados de los 2000. La música, de alguna manera, recién se está poniendo al día. Cerca de la cumbre de su set en Miami, Major Lazer arroja la evidencia más clara hasta aquí de la falta de fronteras en el pop, gracias a Despacito, el hit de Luis Fonsi y Daddy Yankee, cantada enteramente en español.

Camila Cabello, cuya infancia se dividió entre Cuba, México y los Estados Unidos, tiene una perspectiva única sobre el suceso global de Major Lazer: “Solo estaba pensando en cómo tienen todas esas colaboraciones en el EP”, dice la cantante, con quien, según Diplo, él grabó “como 20 temas”. “Ellos tenían a Anitta [cantante brasileña] y a J Balvin. Y no solo están en Internet tirando de ese material mientras descansan en L.A. Están viajando por el mundo literalmente y viendo cómo la música afecta a la gente, qué hace el reggaetón en Colombia, qué hacen el dancehall y el reggae en Kingston, qué hace el Miami bass… Lo han estudiado”.

Después del show de Bacardi, Diplo “salió con algunas chicas” antes de unirse a sus compañeros en un after hour, donde se encontró a sí mismo empujado al escenario y provocado para tirar algunos pasos. “Estoy bastante seguro de que fui el último blanco en quedarse hasta el final –dice–. Y Walsh estaba borracho”. Su compañero se ríe, explicando que era un show en su ciudad natal: “¡Había mucha gente con la que quería volver a ponerme en contacto!”. Una semana atrás, Major Lazer tenía agendado encabezar el Fyre Festival de las Bahamas. Un mes antes de aquella fecha, que luego se cancelaría, Jillionaire estaba en Exuma de vacaciones y corrió hacia Ja Rule y Billy McFarland, los organizadores del festival, quienes lo invitaron a ir a revisar el lugar. “Pensé ‘No quiero ir realmente, pero ya estoy acá’ –cuenta–. Así que fuimos con ellos. Es algo hermoso. Todo está creciendo y es grande. Pero pensé: ‘Ey, falta un mes para este festival, y no hay infraestructura. ¿Es esto realmente factible?’. Pero estos tipos eran muy amables”. Para el momento en que el Fyre Fest empezó a rodar, nadie en el mundo de Major Lazer creyó que estaba sucediendo. Pero como ya habían cobrado, tenían que actuar como si estuviera sucediendo. Diplo estaba en Las Vegas la noche anterior y contrató un jet privado que lo llevaría a las Bahamas justo a tiempo. “Cancelamos el jet justo antes de tener que pagarlo. Era realmente caro –afirma–. Pero después, estaba estancado en Vegas sin jet y tenía que ir a Nueva York a ensayar para el Met Ball, y tenía que dormir en el aeropuerto. Así que fue medio choto para mí, de cualquier forma”. Todo el equipo se ríe. Si hay algún grupo acostumbrado a presentarse en lugares que no suelen recibir grandes conciertos, ese es Major Lazer. El trío tocó para unas 500.000 personas en La Habana en 2016; la experiencia quedó registrada en un celebrado documental, Give Me Future, que se estrenó en Sundance este año. Además, siguen girando por lugares como el Caribe, Latinoamérica y el sur de Asia, encontrándose con públicos cada vez más grandes.

Diplo y Walshy acaban de pasar diez días en África, dando shows como Major Lazer en Nigeria, Kenia, Etiopía, Sudáfrica y Ruanda. “Fueron muy buenos shows –dice Walshy, y agrega que había miles de personas y sabían todas las canciones–. Es raro pensar que muchas bandas ni siquiera consideran girar por esos lugares”. Este deseo de conocer el planeta es típico de Diplo –que sigue dando shows semanales en Las Vegas– y de sus compañeros.

Entre los shows de Major Lazer y su calendario solista, Diplo realiza unas 300 presentaciones por año. “De hecho, Walsh da entre cinco y diez shows más que yo por año –cuenta–. A veces, tengo que ir a casa los lunes”. Cuando llega a Los Ángeles, se pone en “modo padre” con sus dos hijos: Lockett, de 6, y Lazer, de 2.

En 2016, Lockett empezó a tomar clases de ajedrez y a competir en torneos, lo que inspiró a Diplo a aprender el juego, que practica en su teléfono con extraños alrededor del mundo. Incluso, está construyendo una villa y un resort en la exótica región de Portland, en Jamaica, a donde le gustaría pasar algunos meses por año con sus hijos: “Voy a tratar de tenerlo listo para mi cumpleaños 40”.

Major Lazer comenzó hace casi una década, cuando a Diplo y su socio productor de entonces, Switch –un beatmaker británico–, les sobraron algunos tracks de la producción de Arular, de M.I.A., y de su sucesor, Kala. Jillionaire estuvo involucrado casi desde el principio, cuando llevó al dúo a tocar en Trinidad en algunas fiestas. Varios MC se probaron antes de que Walshy se uniera en 2012, procedente de la crew de dancehall llamada Black Chiney. Sus beats fiesteros y apocalípticos, y su escuadra de bailarinas atléticas inspiraron a los shows en vivo de Major Lazer.

Después de almorzar, Major Lazer salta a un auto deportivo negro y se encamina hacia el nuevo Museo de Arte Pérez para ver la exhibición de un pintor jamaiquino llamado John Dunkley. Jillionaire, que tiene conexiones con el mundo del arte, chatea con un amigo que trabaja allí para coordinar el ingreso del grupo. Diplo, un gran fan del museo, lidera el camino hacia el segundo piso de la galería, donde la banda y su equipo se separan. Walshy queda sorprendido por la pintura de un tipo grande jugando al tenis. “Se parece a Trump”, dice, riendo. La pintura de una iguana grande activa un recuerdo en Diplo: “En Puerto Rico hay iguanas grandes y viejas. Son como ovejas. Podés acercarte a ellas y no se van a escapar”. La agenda de los muchachos está apretada: tienen un show en Tampa, Florida, más tarde ese día, y tocarán en Boston el día siguiente. Pero antes de regresar al auto deportivo, Diplo quiere pasar por el local de recuerdos. “Nunca puedo llegar a comprar en los lugares donde venden cosas buenas”, dice. Compra algunos regalos para sus hijos, incluyendo un oso de peluche que se puede customizar con un kit incluido, y una pila de libros de arte para la librería de su casa de Jamaica. Se saca fotos alegremente con algunos adolescentes, pero incluso con sus dos compañeros cerca, es capaz de mezclarse entre la multitud, una habilidad importante para alguien que se mueve tanto como él. “La mayoría de las personas a las que les gustamos se lo toman de forma muy copada –dice Diplo, riendo–. Somos diez años más viejos de lo que hace falta para ser una boy band”. Después de recargar energías con un café al paso y de pagar por sus libros, se reúne con su tropa y salen a la ruta, encaminados hacia el próximo punto del mundo.