Con acompañantes de lujo, el guitarrista y cantante de Mostruo abre su propia caja de Pandora.

“Como toda forma de amor duradero, yo te hago un asado”. La bienvenida a La velocidad (2017), el primer disco solista de Lucas Finocchi, podría ser eslogan de un pin campero o un devaneo romántico típico de la filosofía de Alejandro Dolina. Pero es el plafón para una serie de canciones que el guitarrista, cantante y compositor de Mostruo agrupó bajo el techo de su perfil más reflexivo y melancólico, y que despliega en este ritual pagano de brasas ardientes y lírica existencialista.  

Y si la aparición de Mostruo (el grupo que comparte con Kubilai Medina, Luciano Mutinelli, Gabriel Ricci y Alfredo Calvelo) fue celebrada diez años atrás como el regreso del futuro desde el pasado, con canciones de pop-rock contundentes y frescas, La velocidad debería ser saludado como el producto valiente de un artista curioso y efectivo en el uso de las paletas de la música popular. Aquí hay menos guitarras incisivas en la escuela de HendrixLebón que baladas y canciones midtempo, en las que Finocchi logra nuevas coloraturas en su voz y se enfrenta a la duda, la derrota, la desesperanza.   

Las canciones formaron parte de varios proyectos musicales en los que Finocchi se involucró en los últimos 20 años. A la sombra de Mostruo (que está grabando el sucesor de Profunda desorganización con la producción artística de Juan Ravioli en los Estudios Hollywood de City Bell) habían quedado sus experimentos con músicos de distintos estilos y orientaciones. Poco a poco fueron armando un corpus que el guitarrista ahora afincado en Tolosa comenzó a presentar en vivo. Bajo el título de La Orquesta Probable o Light Orchestra, el guitarrista Luis Barandiaran, el baterista Juan Carotenuto, el bajista Pablo Fernández y el tecladista Víctor Amoresano se establecieron como su banda de acompañamiento e hicieron aflorar otro Finocchi: sereno y elevado antes que sarcástico al cantar, melodioso y espacial antes que estridente como guitarrista.  

El fuego y la carne son paroxismos que Finocchi repite en su lírica, que vienen de resonar en su libro de poesías (El fuego mata todo, 2013), y que aquí realzan su significado. En La velocidad, el fuego enseña, desarma, descubre el alma, quema lo irrelevante. Y la carne es aquello que no se puede maquillar, una esencia material de sangre y nervios que Finocchi ofrece en sus manos, deja al descubierto. Están sus ansias de fugar (Barco), su hartazgo político (Asco, en alianza con la voz de Cam Beszkin), su pulsión rebelde (Prepotencia), su más profunda y oscura depresión (Hongo) y su más diáfana desnudez (Quieto, con Tato Finocchi): “Mejor cambiar que seguir llorando, / mejor perdido que preguntando, / mejor mirarte mirar tus manos / que ver las mías buscando algo”.