El experimento simbiótico entre la electrónica, la cumbia, el trap y la teatralidad decanta en este artista emergente cuyos shows en vivo confían en la renovación del indie. El 15 de octubre va a derretir Niceto Club por segunda vez.

“¡Ey, Louta, qué grande!”, agita un pibe en la puerta de un bar de Chacarita. Y los brazos finos y largos de Louta se extienden hacia adelante como miembros ajenos, irrisorios. Con una estirpe teutona similar a la del futbolista Bastian Schweinsteiger, la nueva sensación del electropop argentino sacude al pibe como si se tratara de un viejo conocido suyo. Todavía no entiende bien qué es lo que le está pasando, pero las muecas de felicidad tiñen su cara y su cerebro. “Es muy loco, ¿no?”, tira al aire preguntándose a sí mismo, casi como una reflexión de su presente. Sucede que, en menos de un año, sacudió a todos: periodistas, influencers, redes sociales y un público afiebrado que lo viene siguiendo en sus presentaciones en vivo en los lugares más rimbombantes de la música joven de Buenos Aires.

Así las cosas, Louta, el proyecto monstruoso, performático y deforme salido de la mente del DJ y productor Jaime James, anda encontrando su verdadera forma. Aún sigue sin entenderse. Como una argamasa que toma dimensión a medida que sus shows en sociedad lo sacuden y, simultáneamente, bajo el mismo envión, como uno de los pulmones culturales más necesarios de los últimos años. Si bien el corazón del proyecto es la música, los tentáculos de este pulpo escénico se estiran acercándose al arte dramático y a un espectáculo que requiere un compromiso físico. Alto, uach: la vida del teatro. Con Louta se diluyen los límites del espectador pasivo. ¡Alto uach!: el teatro de la vida.

Acá, la complicidad de cada uno de los presentes determina el desarrollo de los acontecimientos. Y es ahí donde este personaje saca a relucir su mejor herramienta: la astucia y el carisma para manejar a su público. Del zarandeo absurdo y cheesy de El meneaito hasta la efectividad punchi de I See You Baby de Groove Armada o la genialidad bailable de One More Time de Daft Punk, Louta se vale de las citas espurias, de la reutilización de los recursos para manipular la fiesta a su piacere.

En ese sentido, el show de Niceto Club de septiembre significó la necesidad de oficializar un estilo. “Fue una presentación de disco tardía”, dice. Ahí, entre otras cosas, un baterista se paseó entre la gente y Louta cantó metido dentro de una esfera transparente como si se tratara de una nave espacial. “Estaba muy ansioso. Había muchas cosas en juego. Pero cuando confiás en lo que estás haciendo, no sentís que te estás jugando la vida –comenta–. Y salió todo diez puntos”. Louta en Niceto Club no solo fue un antes y un después en su propia carrera, sino también el nacimiento de un evento social con reminiscencias del despliegue de Fuerza Bruta. Y, en sus entrañas y vía su composición alquímica, un boca a boca que vuela al ritmo de ceros y unos, de corazoncitos, retuits, likes y comentarios.

Su primera presentación en sociedad ocurrió en diciembre del 2016, previamente a un show de Coya, en el Club Cultural Matienzo. “Para ese momento todavía no tenía el look definitivo. Llevé varias remeras y ahí los pibes votaron la chomba celeste. Estaba medio apretada, pero ya fue”, recuerda. Su estampa actual lo tiene con el pelo engominado, un pantalón de vestir y aquella chomba al cuerpo. “Louta es una marca”, se la juega este sub-23 mientras engulle un cacho de carne con estofado. “Todo lo que me pasa viene de una energía interna refuerte. Trato de ponerlo todo afuera, de flashearla afuera”. Su disco homónimo fue colgado en YouTube al unísono de su debut social. Allí expuso gestos de Gorillaz y de un imaginario extendido entre chiches infantiles y una evolución sonora sacada del posreggaetón. “El disco no quiere patear el penal al medio. Me interesan los gestos claros de rebeldía”, se sincera.

Otro de los hitazos de este lungo, blondo y pálido lo cita en el Lollapalooza 2017. Allí estaba anunciado para las dos de la tarde, y ante el temor del escenario vacío, tuvo una gran idea: utilizar parte del tiempo destinado a su set para convertir su espacio en una pista de baile. A la sazón, puso una música electrónica rarísima a todo volumen generando un hype. Ese mismo hype del que se sabe conocedor: Louta es, entre otras cosas, el rey de la expectativa. “Yo sabía que tenía 30 minutos que eran una bomba”. Una multitud se acercó curiosa al tablado y el piberío, amén de no conocer sus letras, se sintió atraído por la propuesta.

Lejos de quedarse aterido, Louta se agranda con las multitudes. “Poneme en cualquier festival del mundo a ver qué pasa, meteme en un festival de Dinamarca ante 500 personas”, aventura y desafía. “Hay algo que pasa con un rubiecito ahí”, exterioriza desdoblándose. “Es mucho tirar y ver qué vuelve. Hago el show y miro qué funciona”. Y es el caparazón que le otorga su personaje lo que lo mantiene en órbita y soñador: “Louta me abre la posibilidad de hacer todo lo que quiero”.

−Entonces, ¿qué es Louta?

−No sé bien. Sí entiendo que genera como unos agujeros negros de situaciones artísticas y que el público va llenándolos de sentido. Es como un lugar de investigación. Me interesa lo que pasa en vivo. Es muy difícil entender cosas en una sala de ensayo. Me coparía hacer algo medio Bansky, por eso no lo humanizo. El personaje no toma agua en ningún momento, por ejemplo. Tampoco habla con el público ni nada.

Y sigue: “Es como un símbolo. Como poner una imagen de Gardel”. En sus shows queda declarada su teatralidad. Los bailarines aportan al circo con coreografías y él canta metido dentro de un cuadro y recita verdades subido a un banquito. Y, entre todo ese remolino de intenciones juguetonas, se yergue tenso el factor sorpresa. “Ya no sabés qué puede llegar a pasar. Es muy importante la capacidad de asombrarte”, expresa. Súbitamente, como una tormenta de verano, la irrupción meteórica de su personaje ya lo llevó hasta Tokio, donde dio un espectáculo para 50 japoneses. “Fue muy loco conectarme con la universalidad del proyecto. Saltaban igual que acá”, apunta. Por estos días, solo piensa en levantar la vara de sus pretensiones, en tratar de comprender qué es todo esto que genera y, según su boca, en dar el mejor show del mundo. Al salir del bar, busca la dirección de su sala de ensayo y, en lo caliente de sus ojos, siente frescura. “Eso que te sale del pecho es todo lo que vale”.