Cada género musical fue asignado a distintos colaboradores especializados de Billboard, que eligieron los discos más importantes del año. ¿Qué pasó en el 2018 en con el folclore? Escribe Juan Ignacio Babino. 

Trino, Aca Seca Trío

El que quizás sea el conjunto de música popular más importante de los últimos años cortó su hiato musical de casi una década con el disco más compacto e íntimo de su historia. Sin invitado alguno, Cantero, Beeuwsaert y Quintero reposan en un cancionero precioso, hondo, entre composiciones propias y revisitas a contemporáneos –Negro Aguirre, Fattoruso, Edgardo Cardozo, un anónimo español–. Un exquisito trabajo vocal y una búsqueda tímbrica fina, encendida, con cierta geografía sonora litoraleña como punto de fuga. Rigurosidad clásica, libertinaje jazzístico y latir folclórico: así el trío formado en las aulas de la Facultad de Bellas Artes de La Plata hace casi veinte años sigue deslumbrando y ensanchando su vuelo sin fin; uno que migra y lleva su propio canto.

Tierra sin mal, Silvia Iriondo

Esa leyenda guaraní que la cantora e investigadora encontró al momento de la gestación del disco para titularlo, a la distancia sirve también para entenderlo: ese terruño, aquí, es el que musicalmente puede pensarse y hallarse entre dos extremos geográficos: la montaña y el río. Entonces: zamba, chacarera, chamamé, tonada litoraleña, vidala. Vuelve sobre una de sus referencias: Leda Valladares, a quién le dedicó todo un disco homenaje (Anónima, 2014), ocupa tres canciones. Un exquisito trabajo melódico y armónico –ella es pianista y siempre tuvo parcerías con grandes del instrumento–, con una sonoridad puramente acústica.

Sobre Valladares, Pedro Rossi

Más que un homenaje, cierta celebración. Y más aún y más allá de cierta celebración, cierto pensamiento, un modo de decir y pensar a la canción de Rolando “Chivo” Valladares (1918-2008): folclorista fundamental del repertorio criollo. Además de su incipiente recorrido como solista, Rossi es el guitarrista de Liliana Herrero desde hace casi diez años. Y algo del latir de la entrerriana se filtra aquí: ese inconformismo, esa búsqueda incansable, esa reflexión que se cuela entre una melodía y la otra, entre los pliegues de una y otra canción. Así Rossi piensa este breve trabajo alrededor de la obra de Chivo: andanzas desde la guitarra que funcionan como apuntes en pleno siglo XXI sobre esas composiciones, algunas ya talladas en piedra en el cancionero popular –Canción de las cantinas, Vidala del llanto, Debajo del sauce solo–. La modernidad, cómo no, está en los orígenes.

Sobre Valladares by Pedro Rossi

Trópico del monte, Los Arcanos del Desierto

Dispuestos a poner a bailar a todo el mundo, la súper orquesta de quince músicos se apoya, sobre todo, en un poderoso combo de bronces y percusión afrocubana. Si en los primeros dos discos le rindieron especial y personal homenaje a Kalama y El Vislumbre del Esteko –ambas referencias obligadas de la guaracha, ese combo salvaje en el que puede hallarse el cuarteto, la chacarera y el chamamé–, aquí echan mano a composiciones propias, además de animarse a dos versiones de Mcoy Tyner y Spinetta. El viento del lugar en Santiago del Estero es picante y vibra al ritmo frenético de estas canciones.

Documental, Lorena Rizzo

Las canciones de Lorena Rizzo son ciertamente inaprensibles. Podría decirse que, en definitiva, ella es una cancionista que, además de la tonada urbana, ahonda también en aires folclóricos. Aunque apenas gastado, su registro es cálido. Recorre con él ciertas historias entre humorísticas, trágicas e irónicas. Todo bajo un tamiz melancólico. Se podría, además, pensarla desde el tango y no estaría mal. Pero no alcanzaría. Así, el sucesor del exquisito Torpes bondades (2012) es otro puñado de canciones bellas, pequeñas y frágiles. En comparación con aquel, hay aquí cierto despojo instrumental. El aire de zamba de El último vuelo, el de candombe en El lanzador de cuchillos y Vals del ramo configuran y dan una idea de la búsqueda y el abanico sonoro de Rizzo.

Franco, Lucas Monzón 

Antes de seguir, es menester decirlo. Basta con su nombre y poco más, porque el suyo transgrede todo el cauce de esta breve selección: no es medible el grado de importancia y el peso de Carlos “Negro” Aguirre en la música argentina. Si el tango tiene a Diego Schissi, el folclore lleva su nombre y sus rulos. Ahora sí. Y el propio “Negro” estampa su piano y su voz en unos de los temas de Franco, reciente tercer y precioso disco de este acordeonista chaqueño. ¿Cuánto más se puede ensanchar y profundizar la música que tiene como raíz el chamamé? El límite, parece, es el cielo. O las orillas como labios del río más largo. Entre composiciones de colegas contemporáneos y algunas propias, Monzón necesita poco más de media hora para definir su universo. Si en Noctámbulo (2013) había una cosa incipiente, aquí ya queda de manifiesto su sonido: maduro, sofisticado, amable; acompañado de un finísimo cuarteto. Así, “Chamamé oscuro se descubre como una de las gemas del disco.

Así como es, José Luis Aguirre

Un duende con corazón de chacarera. Sonrisa pícara y ancha. Después de tres discos de estudio, Aguirre abreva en un registro en vivo para aunar buena parte de su cancionero: guitarrero, serrano, a puro latir chacareroso. Y de autoría puramente personal que capaz de sostenerse por sí solas. Con asistencia perfecta durante las últimas tres ediciones del Festival de Cosquín, allí también sacó a relucir su oficio de músico de trinchera: al canto popular no hay dique que lo resista y siempre encuentra su cauce. Y es necesario ampliar el zoom: el registro de Así como es cuenta con la participación en vientos y aerófonos del multi instrumentista Mauro Ciavattani del cual vale buscar su gran disco Cañaveral (2016).

La huella en el cemento, Sofía Viola

Hay que decirlo: Sofía Viola es una cantante del mundo. Ella lo habita con su canto. Uno que es, a su modo, lisérgico, suburbano y campero, nocturno y diurno. Natural. Y aunque variado y diverso, el corazón de su más reciente disco es folclórico. Porque más allá del pulso urbano que puede hallarse en el arrastre blusero de La noche deja el pañal (uno de los puntos más altos del disco) y alguno más, ahí están, ahí hay: carnavalito y aire andino, huayno y bolero, un son tropical y un cumbión. Algo de todo ello habrá visto y sentido Mon Laferte al momento de decidir llevársela como telonera durante un buen tramo de su reciente gira europea. Y además, hay que verla en vivo: su carisma, su belleza, su sabiduría, su swing junto al Combo Ají, con la cabeza y dirección musical del gran Ezequiel Borra –productor del disco– y el groove y el toque de su padre Horacio “Pollo” Viola desde los vientos.

Amigos del Litoral, Litto Nebbia & Los Nuñez + Cacho Bernal

La idea quedó resonando después de coincidir en un festival. Gente de mano caliente, al poco tiempo editaron este trabajo en parcería a cuatro bandas que tiene al chamamé como centro tonal y al río como punto geográfico equidistante. Y un cancionero exquisito: obras de Ramón Ayala, Lucho González/Nebbia, Isaco Abitbol, Hilda Herrera, Tom Jobim, los Nuñez y más. Nebbia debe ser uno de los pocos músicos argentinos de rock que paró la oreja –de manera consciente y porfiada– más allá de eso: casi como ningún otro (el que se alista allí es Fito Páez, otrora también rosarino), se interesó en los modismos y las músicas folclóricas, de acá y de la región. Basta repasar una buena parte de su derrotero. Pero aquí y ahora, entonces: Amigos del litoral, una manera de celebrar la amistad alrededor de esa música estuaria, de río adentro.

Jamaica Marú, Cuarteto Cedrón

Hace tiempo ya que la obra y el hacer del enorme Juan Carlos “Tata” Cedrón excede la música tango. No está en duda que esa es su música, su sentir primero, su lengua y lenguaje. Su modo de habitar. Pero no todo acaba allí. Siempre presto y pronto a enfrascarse en búsquedas que atenten contra el olvido, en este caso va al encuentro de obras de Héctor Pedro Blomberg. Con los viajes y los puertos como centro temático, el disco tiene más bien una pesquisa milonguera, guitarrera y ese decir melodioso y trunco de Tata. Baste nomás escuchar ese pesar telúrico y yupanquiano con el que abre: “Zoko de Orán”. Ya en el doble y excelente Velay/Mojarrita porá (2016), el Cuarteto había arrimado a esa búsqueda. Y aquí ensancha esa huella. Tuñoniano como ninguno, más que tango o folclore, en Cedrón sigue latiendo eso: la música amontonada del mundo.