Desde hace 30 años, rubrican el sonido jamaiquino en la Argentina. Con altos, bajos y medios, la banda repasa algunos puntos claves de su historia y encuentra la fórmula para un nuevo disco. "Hay una sonoridad que nunca va a dejar de ser Pericos".

En un micro de ruta, una chica se sube para viajar a un destino indefinido. En el fondo, una tropa de muchachos la observa. Ella saca su walkman –piensen en 1987– y se encuentra con que no tiene música para escuchar. Entre un mar de manos, una le alcanza un cassette y empieza a sonar Nada que perder, aquel himno fasero upbeat que le valió a ese grupo del fondo una instantánea de 180.000 copias vendidas. Un poco más tarde, pero en otra escena, ellos, Los Pericos, tocan al costado del asfalto. Y están felices.

En cierta forma, aquel video parece hablar del futuro; la forma en que luego del estallido hubo más lateralidad que centro; y que a pesar de eso, los protagonistas siguieron su camino.

Si bien Los Abuelos de la Nada y Sumo ya habían jugado con ese sonido, Los Pericos fueron de las primeras bandas locales en cultivar el reggae de tiempo completo. Se iniciaron con la exitosa lectura blanca del género en Ritual de la banana (1987), luego pasaron a la identidad consagratoria vía dance hall centroamericano desde Big Yuyo (1992), más tarde hubo una etapa introspectiva con Mystic Love (1998), seguida por un momento para canalizar la rabia contenida en 7 (2005) y finalmente la relectura de la tradición desde Pura vida (2008) y Pericos & Friends (2010) que, según ellos, los ubica a la vez en una nueva página. En el medio hubo altos: ser bendecidos por Rita Marley, tocar con los Wailers, Gregory Isaacs y UB40. También hubo bajos: la partida del Bahiano, la muerte del saxofonista Horacio Avendaño. Y ahora hay un disco nuevo: Soundamerica.

Minutos después de que se abre la puerta de la sala de conferencias en las oficinas de Sony Music, Juanchi Baleirón (voz y guitarra), Guillermo “Willie” Valentinis (guitarra) y Ariel “Topo” Raiman (batería) responden a Billboard sobre el génesis de su doceavo álbum, el balance de una carrera de 30 años y cómo superar un compilado de remixes innecesario.

Si bien Soundamerica tiene un “sonido perico”, hay una búsqueda renovada y ciertos guiños a otros géneros. ¿Cómo se da esa dinámica?

– Juanchi Baleirón: Compusimos todos juntos en la sala, desde cero. Eso generó una hoja en blanco enorme y liberadora donde cada uno iba a aportar a las canciones. En ese proceso hubo de todo. Zapadas, por empezar, que era la parte más natural con la que empezamos a construir.

– Ariel Raiman: En las pruebas de sonido zapamos mucho, y uno de todos los condimentos fue eso de “Esas zapadas que hacemos y que quedan en la nada ¡están buenísimas!”.

¿Pero habían trabajado anteriormente bajo ese formato?

– AR: Al principio, sí. Se da que antes lo hacíamos, pero no fue para volver al pasado.

– JB: Volvimos a eso, pero como concepto. Fue una sensación de elasticidad, y trabajarlo con Diego [Blanco, tecladista de Pericos] como ingeniero en su casa dio como resultado esa cosa ecléctica. Todo el tiempo se grababa y se iba retocando la mezcla en simultáneo. Eso ayudó a que se dieran pinceladas estéticas que fueron surgiendo y que nunca planeamos. Si bien puede ser heterogéneo en algunos aspectos, hay una sonoridad que nunca va a dejar de ser de Pericos.

– Guillermo Valentinis: Nos ha pasado con Simple atracción que estábamos mezclándolo y le faltaba el estribillo. Lo compusimos y lo metimos después de que el tema ya había sido grabado y estaba en mezcla.

– JB: [Hace ruidos y onomatopeyas imitando una motosierra invisible].

– GV: Eso es lo que te da la tecnología bien usada.

Bendito Pro Tools…

– GV: Exacto. En el fondo, lo que estás haciendo es una pintura con colores.

¿Y por qué les llevó ocho años? Es la pausa más grande que han tenido.

– AR: La industria cambió, entonces no tenés esa necesidad de hacer un disco por año o cada dos años, como era antes. Otra es lo de Horacio, que nos puso creativamente en una especie de stand-by.

– JB: También, estos últimos 12 años todos tuvimos hijos, o algunos ya tenían y nos tomamos el tiempo con más calma. Le dimos más calidad al tiempo de Pericos. Entre medio apareció Pericos & Friends, que fue genial porque como eran temas conocidos, la mochila era liviana. Creo que ese es el antecedente claro de la sonoridad que después se desarrolló en Soundamerica. Hay un link, porque en Pura vida no estuvo plasmado eso. Me parece que para afuera y para todos, este es el primer disco de una etapa nueva.

¿Cómo se reconfiguran después de la muerte de Horacio?

– GV: En vivo estuvimos muchos años sin saxo, naturalmente. Solo trombón y trompeta. Como que no nos llamaba, no nos dábamos cuenta.

– JB: En el disco está todo muy claro lo que es la dedicatoria. La tapa se hizo en la casa de él. No fue un golpe bajo. Él era siempre muy especial.

– AR: No dijimos “En este disco vamos a hacer un homenaje a Horacio”. Primero se nos ocurrió que fuera un stencil de tapa, después empezamos a buscar paredes, y en un momento, charlando en lo de Juanchi, pensamos en la casa de Horacio. Vimos la pared y el artista dijo que funcionaba. Yo por lo menos me di cuenta ahí de lo simbólico de lo que estábamos haciendo. Y él estaba ahí.

De El ritual de la banana a Mystic Love siempre estuvieron presentes en la radio. Posteriormente a eso, la escena reggae local se expandió, y si bien ustedes estaban en un plano visible, al mismo tiempo parecían segregados del purismo. ¿Afectó esa transición?

– GV: Somos amigos de todos ellos. En los festivales de reggae de afuera nos los cruzamos. Nosotros siempre tuvimos la virtud de usar el reggae como una vía compositiva. Nos encanta y es parte de nuestro sonido, pero no somos un grupo de reggae roots.

– JB: Nunca nos importó ser más o menos reggaeros. En 7 quizás era el momento para hacer un disco reggae, pero no quisimos.

– GV: Pero no es a propósito. No es “Uy, che, es el momento del reggae, hagamos la contra”. En Soundamerica, la canción Anónimos era ideal para que la cantara Carla Morrison; o en Palabras de fuego, Emanero. Pensamos más en la canción que en el género.

Sobre esos 30 años y en vísperas del festejo, ¿se pusieron a revisar el pasado?

– AR: Un poco de eso está todo el tiempo. Hace poco alguien subió unas cosas que yo nunca había visto del 94 en Chile. Sí. Lo mirás y es como ver fotos de tu familia del 94, qué se yo…

– JB: No está mal ese tipo de nostalgia, porque encontramos ese sentido del “Qué bien la pasamos”.

– AR: Por suerte, el “Qué bien la pasamos” es constante.

– JB: Tendremos un mecanismo de autodefensa por el cual tachamos las partes feas en nuestra cabeza o las olvidamos. Un momento difícil fue la partida de Bahiano, pero eso fue a la vista de todos. Se fue el cantante, vamos para adelante igual. Aparte de eso, yo me acuerdo de cuando había pasado toda la moda del primer y segundo disco, en el 90, estábamos buscando un rumbo que no encontrábamos. En esa época éramos los mismos, y en un año y medio se acabó todo.

La época de Rab A Dab Stail.

– JB: Claro. Evidentemente, habíamos apuntado para cualquier lado.

– GV: Y encima tenés 20 años, no entendés nada. Y decís “¿Qué pasó?” [risas].

– JB: “¿Por qué? ¡Si somos buena gente!”, “¡Si la gente me quería!” [risas].

Fue un signo de ese tiempo. Les pasó también a los Cadillacs con Sopa de caracol.

– JB: Bueno, y lo de los remixes. Hicimos todos esos remixes horribles, punchi-punchi-punchi, intentamos todas. Nos queríamos subir a todas y no bajarnos de ahí. Pero hoy te reís de eso. Te la jugaste y te pareció que era divertido.

– AR: En su momento estábamos convencidos de eso.

JB: Obvio. Nadie nos obligó.

– GV: Por suerte, la gente nos encarriló [risas]. El punto es que si perdés de vista que vos amás hacer música, estar con tus amigos y divertirte, para mí, deja de tener sentido.

– JB: Malos momentos no significa que no haya nadie en el show o que un disco no vendió. Los malos momentos son otras cosas. Si te ponés a pensar, de todo lo que nos pasó hasta ahora… fue una vida maravillosa la de Pericos.