El quinteto recupera la esencia del rock fiftie y del garage, pero lejos del revivalismo, lo releen a través de una propuesta destacada en vivo.

El nombre del grupo ya propone un concepto, el de una entidad inquebrantable, con sus miembros como una célula que viene a desenterrar al rock and roll de antaño, perdido, olvidado. Los Muchachos de la Secta, desde el nombre y la estética, reivindican las irónicas campañas de rock político de MC5 o de sus herederos Nation of Ulysses. En las fotos se los puede ver a todos vistiendo camperas de jean, como un uniforme que los postula como la versión local de los White Panthers, destinados a devolverle la inflamación al nervio de un género menospreciado por el indie o sepultado por el trap y otras expresiones.

Probablemente Los Muchachos de la Secta sean la última gran aventura del rock and roll emergente porteño, de esas agrupaciones que son recordadas muchos años después de su extinción por sus presentaciones incendiarias. Capitán Mandioca, su cantante, no teme gimotear, cantar trágicamente, ni tampoco desnudarse y desdoblarse entre el público, lo que torna sus conciertos en verdaderos espectáculos participativos donde la distinción entre espectador y grupo se desdibuja. Instrumentalmente, revuelven las antiguas formaciones del rock al incluir un saxo tenor como The Sonics o Little Richard, interpretado por Julio César Ruiz Díaz, mientras que el resto del grupo lo conforman Nicolás Zadubiec en batería, Choki en bajo y Nikki en guitarra.

La banda editó un casete llamado El rock ‘n’ roll lo inventó la CIA, editado por Catch Records, que fue presentado a inicios de marzo en el Roxy junto a Sentidos Alterados y Extermineitors. El título paranoide subraya el concepto del rock como expresión radical y juega con el mismo nombre del proyecto: si el estilo musical fue inventado por una entidad gubernamental estadounidense para el control poblacional, La Secta viene a generar un détourament y apropiárselo, sin cuestionamientos. La canción homónima es un rock and roll directo y crudo que roza el twist, mientras que “¿Cuánto falta para la noche?” es una balada en clave fiftie que revuelve el costumbrismo de sus propias vidas al mencionar lugares icónicos y secretos del underground donde el grupo se presenta.

Como registro, el casete funciona, pero la verdadera expresión del grupo tiene que atestiguarse en vivo, donde se desenvuelve con naturalidad.