El festival se sostiene con vigencia y una propuesta cautivadora, tanto como para querer asistir a una próxima edición. El resumen de la primera jornada, junto con una fotogalería.

 

 

Desde que la franquicia argentina de Lollapalooza comenzó a operar en 2014, quienes asistieron a festivales previos han sido reeducados: desde su ecléctica -pero calibrada- agenda hasta a sus activaciones laterales, pasando por el a muchas veces olvidado confort de los espectadores, el evento se ha transformado en una experiencia de sabor personal.

Poco antes de esta cuarta edición, el tablero recibió cimbronazos que arquearon más de una ceja, en especial con lo ocurrido en Olavarría en el show de Indio Solari, que no hizo más que echar sal a heridas todavía no cicatrizadas (Cromañón, Time Warp, etc). Por eso, DF Entertainment, la productora del Lolla, se vio empujada a tomar medidas: disponiendo de una organización del predio, seguridad y transporte ejemplar, el día 1 transitó sin sobresaltos. Y es que todos esos elementos hacen que el público se enfoque en lo que más importa, la música.

En el Perry’s Stage, el enfant terrible de Louta disparó los primeros acordes (o, mejor dicho, beats electrónicos) que ilustraron el gran presente del indie en ascenso. Momentos más tarde, en el escenario Alternativo y el Main Stage 1, otros dos locales se encargaron de agregar la cuota de bagaje rutero. Palo Pandolfo combinó su repertorio con temas en plan solista y algunos llamados a Los Visitantes y Don Cornelio y la Zona, pero fue el cuestionado León Gieco quién subió la apuesta. Gracias a una banda de pulso joven integrada por miembros de Infierno 18, Gieco se ideó en plan Crazy Horse para rescatar hits inoxidables de todas las épocas. Apenas minutos más tarde, el Main 2 se inyectaba de psicodelia, fragilidad y ananás voladoras con los Glass Animals, que también dio un gran sideshow en Niceto, un día antes.

Formando un convoy donde los ejes generacionales se solapan (millennials con gen-x, hacia atrás y adelante), el crossover es lo que gana. Cage the Elephant volvió al festival para confirmar su localía, con un Matt Schultz evocando al Jagger más belicoso. El grupo siguió su empuje clasicista mientras el cantante se brotaba en espasmos que contagiaron el primer pogo de la tarde.

Ya sobre el atardecer, The 1975 sostuvo la idea de la retromanía, yendo a buscar el synth pop ochentoso en la actualidad con hits de pulso bailable como Girls y Chocolate, entre otros. Con los últimos acordes en el sol, Rancid saldó una deuda esperada a partir de su punk de clase callejera, en un ejercicio que comprendió éxitos de toda su carrera. A pesar de que suene ilógico, varios de los que se apretaron entre sangre y sudor de a banda de Berkeley, intercambiaron besos y abrazos con el show expansivo de The xx. El trío inglés usó sus mejores armas: desde el intimismo de sus primeros álbumes a la liberación de I See You. Incluso, Jamie xx se dio el gusto de incorporar Loud Places de su proyecto solista.

Con el ping-pong de escenarios todavía en marcha, Metallica cerró el Main Stage 1 en un show donde clásicos (Master of Puppets, One, Seek and Destroy) se mezclaron con himnos laterales (Fight Fire with Fire, Hit the Lights, The Memory Remains) y varios nuevos (Moth into Flames, Now That We’re Dead) sacudieron a un campo minado de personas. El cierre definitivo con Nothing Else Matters y Enter Sandman plantó una idea central: el metal está vivo y bien.

Después de los fuegos artificiales y las huestes heavy en retirada, The Chainsmokers habilitó la pista de baile con un repertorio de dubstep, garage y bajos estallando en el pecho.

Si bien su actualidad lo aleja de aquel circo freak ideado por Perry Farrell a principio de los noventa, poco de eso importa. Lollapalooza se sostiene con vigencia y una propuesta cautivadora, tanto como para querer asistir a una próxima jornada.