Volvió del desierto con 'The Carter V', demorado desde 2014, y anuncia una temporada llena de voces carismáticas, desde las más familiares (estrellas de rock que desafían el retiro o el actor Jeff Goldblum) hasta lo más nuevo (políticos tratando de rockear o la cantante de R&B H.E.R.).

El barrio Wynwood de Miami se convirtió en años recientes en el centro artístico de la ciudad, conocido tanto por sus galerías y museos como por los murales y grafitis que decoran sus edificios. Pero rastros del pasado industrial aún pueden verse en los márgenes, con depósitos en calles desiertas y altas vallas que delimitan cada propiedad. Es aquí donde uno de los mayores artistas de las últimas dos décadas se estableció en los últimos años, en un bajo y ordinario edificio que solo se distingue por una palabra en su frente: “Trukfit”.

Dentro del edificio hay una suerte de Neverland adolescente, con máquinas tragamonedas, un metegol, una cancha de bowling y un gran parque de skate. Es tarde en una adormecida noche de martes de agosto, pasadas las 22 horas, y el edificio está casi vacío. Encaja con el bajo perfil de Lil Wayne, que se sienta en un sillón de cuero del estudio de grabación en el segundo piso, vistiendo shorts, una remera, una gorra Thrasher sobre sus dreadlocks rubios y medias blancas estiradas sobre sus Vans color verde lima.

Tres días antes, Wayne había atravesado Biscayne Bay para ir a la mansión Versace en Ocean Drive, con traje, moño y las mismas Vans, porque 2 Chainz se casaba con su novia de largo tiempo Kesha Ward. Chainz, cuya amistad con Wayne se remonta a 15 años atrás, forma parte de un círculo íntimo que incluye a Swizz Beatz, DJ Khaled y Mack Maine, la mano derecha de Wayne que oficia como presidente de su sello Young Money Entertainment. Wayne fue padrino de la boda, aunque llegó poco preparado.

“Todos me decían ‘¿Tenés un discurso?’ ¡No sabía que se supondría que tendría uno! –dice riéndose–. Pero su hija tenía un discurso, y su mamá y la madre de la novia también, y todos fueron fabulosos. El de la hija fue el mejor”.

Wayne puede ser perdonado por su falta de etiqueta; jamás supo de convenciones. Ha conocido la fama en la mitad de su vida –esta primavera cumplirá 36, pero su carrera como artista es suficientemente larga, habiendo ascendido a la fama de adolescente, como un cuarto de los Hot Boys en Cash Money Records–. Cash Money, fundada por los hermanos Bryan “Birdman” Williams y Ronald “Slim” Williams, fue el hogar de Wayne mientras ascendió a estrella global, con tres álbumes número uno, 138 apariciones en el Billboard Hot 100 –la tercera más grande de cualquier artista– y 17,2 millones de álbumes vendidos, según Nielsen Music. A mediados de la década pasada, Wayne clamaba por el título de mejor rapero vivo; al finalizar esa década, cuando obtuvo sus cuatro premios Grammy en 2009, pocos podían disputarlo.

Wayne fue el modelo de un prolífico artista en la era del streaming mucho antes de que Spotify y otros servicios elevaran el hip hop a la cima de la fama entre los géneros. Durante su ascenso, editó mixtapes a un ritmo frenético –más de dos docenas en total– mientras crecía con cada nuevo lanzamiento de Tha Carter, su serie de álbumes. En 2008, Tha Carter III fue el último álbum de rap que vendió un millón de copias en solo una semana, mientras en 2011 Tha Carter IV perdió esa marca por menos de 40.000 copias. En 2018, con la cultura del mixtape legitimada por el streaming, sus números son impenetrables. Pero en los últimos cuatro años no hubo modo de conocer cifras.

Tha Carter V, que Wayne anunció a fines de 2012 y fue planeado como la apoteosis y el último álbum de su carrera, estaba planeado para salir el 9 de diciembre de 2014. (Wayne había anunciado, sin dar certezas, que probablemente después se retiraría). Por entonces mostró un tracklist y el arte de tapa del disco, donde se lo veía de chico junto a su madre, Cita, con una mano sobre su hombro en gesto protector.

Pero cinco días antes de la salida del álbum, el plan se desplomó. En una serie de tuits posteados el 4 de diciembre, Wayne acusó a Birdman y Cash Money diciendo que entorpecían la salida del álbum y que quería salir del sello. Escribió: “Soy un prisionero, lo mismo que mi creatividad”. Siguió en enero de 2015 con un juicio por 51 millones contra ellos, alegando ruptura de contrato, dificultad para pagar royalties y retención de pagos, y requirió una auditoría de los libros de Cash Money. Tha Carter V quedó en lista de espera indefinidamente.

La disputa legal causó el primer cimbronazo público entre Birdman y Wayne en sus más de 20 años de relación, una que llegó a ser tan estrecha que se llamaban mutuamente “padre” e “hijo” (un álbum en conjunto de 2006, llamado Like Father, Like Son, debutó en el N° 3 del Billboard 200). Los dos dejaron de hablarse, y Wayne se recluyó en el estudio de grabación y la tabla de skate, perfeccionando complejos trucos. “Solo puedo imaginar qué pasaría por su cabeza, porque todo fue tan personal y se hizo tan público –dice Swizz Beatz, un amigo cercano durante 20 años–. No era un problema donde estuviera lidiando con extraños, él había tenido relación con todos los involucrados”.

Algunos raperos son ratas de estudio, pero para Wayne la creatividad es como la vida misma. Mientras los meses se transformaban en años, siguió con sus épicas sesiones de grabación diarias, sabiendo que mucha de la música nunca vería la luz. Un acuerdo para lanzar su Free Weezy Album en Tidal en junio de 2015 provocó una demanda por 50 millones contra el servicio de streeming; al año siguiente, Def Jam sacó una colaboración con 2 Chainz, ColleGrove, con Wayne como featured artist. Pero no fue “su” álbum. “Vos sabés que cuando recibís el álbum de alguien, estás recibiendo un pedacito suyo”, dice Wayne.

La frustración del rapero escaló, culminando en una serie de tuits en septiembre de 2016 donde se describió “mentalmente derrotado”. “Soy muy pasional en todo lo que hago –dice ahora–. De modo que al descubrir que estaba arruinado me apasioné con esa emoción”. Pero lo que Wayne realmente resintió fue la confusión de su arte, no el dinero que según él le debían (“Mi mamá –cuenta– es la única con cosas en la cabeza que quiere comprar”) ni el conflicto con uno de sus amigos más cercanos. “La parte dificultosa de eso es tener que subir las cortinas y ver qué diablos había allí afuera; tener que darle importancia a otra cosa que no sean mi música y mis letras”, dice Wayne.

Hay un titilante ingenio en las mejores rimas de Wayne, a menudo dichas de un modo casual que puede encubrir un triple significado, una aguda observación o una rara insinuación sexual. En conversación tiene la misma cualidad escurridiza: rápido para reír, ostentoso pero humilde, con total confianza y a la vez inseguro sobre cómo su trabajo será recibido. Rapea y habla en un flujo de conciencia; lo que está en su mente va a salir de un modo u otro.

Wayne prefiere no hablar de Tha Carter V –que saldrá finalmente esta primavera–, porque el álbum aún está en proceso. Pero al finalizar la entrevista se levanta del sillón, se dirige a la consola y pasa una mezcla a su celular para reproducir en los parlantes. Cuando tenía 12 años, tropezó con un revólver en la casa de su madre y se disparó en el pecho, errando por poco a su corazón. Wayne admite que fue un intento de suicidio luego de que su madre le dijera que no iba a poder rapear. El track, que samplea la esperanzadora canción “Indecision” del británico Sampha y es el último del disco, estaba en el tracklist original, pero Wayne modificó la letra este invierno, tras los suicidios de la diseñadora Kate Spade y el chef celebrity Anthony Bourdain. “Un día me dijo que estaba listo para enfrentar la situación –dice Maine–. Ser un adulto, alcanzar un nivel de madurez y confort que es como ‘Quiero hablar sobre esto porque un montón de gente debe estar atravesando las mismas cosasʼ”.

En los últimos años, Wayne hizo similares referencias al incidente. En el track “London Roads”, de Free Weezy Album, se dirige a su madre: “Miss Cita, yo recuerdo encontrar tu revólver en el cajón / Ponerlo contra mi pecho y errarle a mi corazón por centímetros, oh Dios”. Su participación en “Mad”, de Solange, de 2016, es más específica: “Y cuando intenté el suicidio, no funcionó / Recuerdo lo enojado que estaba ese día / Man, tenés que dejarlo ir antes de que se interponga en el camino / Dejalo ir, dejalo ir”.

El paralelismo entre una madre que le prohíbe rapear y una figura paterna haciendo exactamente lo mismo 25 años más tarde es obvio. Esta vuelta, Wayne se reconforta en su música aun cuando no pueda editarla –y en practicar sus trucos de skate, aun cuando no pueda mostrarlos–: “Una vez que ponés los pies en la tabla e iniciás una sesión, y de golpe te das cuenta de que pasaron cinco horas, realmente te olvidás de qué era lo que te enojaba porque estabas concentrado en lo que estabas haciendo. Cualquier realidad que haya ahí afuera, a mí no me importa cuán seria sea, lo que me importa es poder concretar ese puto giro nosegrind”.

Wayne también cuenta con sus hijos. “Mis cuatro joyas. Cuando hablo por FaceTime con alguno de ellos, man, me olvido de todo”, dice. “No permití que me afectara tanto”, agrega refiriéndose al problema legal por la tenencia. “Solo la confianza de saber que hay un mañana y que voy a hacer todo lo posible para que ese mañana sea feliz. Hay personas que no pueden pensar ‘Ok, mañana va a ser mejor’. Ellas quieren que lo mejor sea aquí y ahora. Y gracias a Dios yo no, nunca fui así”. “Somos de Nueva Orleans, man, un lugar de gente fuerte –dice Maine–. Pasamos por Katrina. Tenemos que seguir y estar alertas”.

Fue después de que Wayne se repuso de su herida de pistola cuando su madre vio lo serios que eran sus sueños en el hip hop, y entonces le permitió unirse a la tribu de Cash Money. (Su debut solista de 1999, Tha Block Is Hot, es, como resultado, impecable). Wayne firmó su primer negocio con Cash Money Records en 1998, el mismo año que los hermanos Williams cerraron un histórico contrato por 30 millones para Cash Money: distribución por Universal Music Group, tres millones de adelanto y la propiedad de sus derechos y sus masters. Cash Money le entregó a Wayne su propio sello, Young Money, con una posesión del 51-49 por ciento; al año siguiente, Wayne lanzó Tha Carter, que vendió 1,36 millones de copias en los Estados Unidos.

Young Money contrataría a Drake y Nicky Minaj, y el contrato de los Williams con Republic Records, de Universal, siguió creciendo con cada renegociación. La última vez que ambos bandos coincidieron, en 2012, Cash Money recibió 100 millones de adelanto. El mismo año, Wayne extendió su contrato por cuatro álbumes más, que le garantizaron diez millones por álbum –ocho en adelanto, dos contra entrega del producto– y prolongaron la aventura Young Money hasta junio de 2015.

Pero comenzando 2013, según muestran documentos, las cuentas mensuales y el pago de Cash Money a Young Money y Wayne se volvieron erráticos, para detenerse definitivamente en febrero de 2014. Las cuentas de Drake también eran un desastre. Cuando Wayne entregó los masters de lo que sería Tha Carter V, en diciembre de 2014, se le había pagado solo un quinto de lo garantizado. “Mientras los negocios eran más grandes, se volvían más complicados y el dinero se retrasaba”, dice Ron Sweeney, abogado y mánager de Wayne.

Un 7 de junio, más de tres años después, Cash Money y Lil Wayne llegaron a un arreglo por una suma secreta. Cada parte retuvo sus inversiones en transacciones previas de Young Money, y a Wayne se le pagó todo lo que reclamaba. Hoy Young Money pertenece solo a Wayne, y su negocio de distribución con Republic está en orden. Tha Carter V será el primer álbum de su carrera que no llevará el logo Cash Money.

Wayne y Birdman volvieron a hablar, especialmente acerca de los Red Sox. Pero Wayne es menos confiado y está focalizado en su álbum. “No solo con él, sino con un montón de gente mis relaciones se volvieron diferentes debido al modo en que trabajo ahora –explica–. Estoy sumergido en todo lo relativo a mí, tratando de mejorarme. Es una situación en la que tenés que cortar con algo”.

Cuatro meses atrás, Lil Wayne se mudó a este nuevo espacio, con una pista de skate y el canal ESPN silenciado junto al reloj del estudio. Poco después se lastimó el tobillo, algo que lo alejó de la tabla por un mes y lo forzó a pasar más tiempo en el estudio. Fue, según dice, “Dios diciéndome ‘Tenés que trabajar, hermano’”.

Después de reportarse una serie de convulsiones que sufrió en 2013 y 2017, Wayne recortó sus maratones de grabación desde lo que dice que eran 26 horas sin parar a sesiones de 12 o 14 horas. “Es lo que mi familia, mis amigos y el doctor me recomendaron –agrega–. Hay que descansar”.

Incluso, mientras la disputa con Cash Money continuaba, calladamente Wayne consiguió un nuevo título: el más grande mentor vivo. Minaj y especialmente Drake definieron el hip hop de la última década. “Ellos saben cómo hacerlo –dice–, saben cómo hacer las líneas que ustedes después van a disfrutar. Mi música es otra cosa”. Pero ellos lo inspiraron para que su música tenga “otra cosa”. “Voy directo a la yugular de Drake y Nicki, que Dios tenga piedad”, se ríe.

Wayne juguetea permanentemente con viejo material, incluso mientras graba algo nuevo. “Soy lo que se dice un perfeccionista”, alega. Pero admite que no puede controlar cómo el álbum será recibido. “No sé en qué resultará; un gran retorno, o tal vez un gran retroceso, o lo que sea. Pero algo va a pasar y estoy preparado”. Mientras el tictac del reloj nos acerca a la medianoche y Wayne pone el último track, Maine da golpes al aire por momentos. El gancho de Sampha aterriza (“Dejá que todo se solucione”, repetido una y otra vez), la fuerza plena de la canción se hace presente y Wayne se para con los ojos cerrados y se menea lentamente. Tiene otro cigarrillo de marihuana en su mano, pero no está encendido y deja que las olas sonoras lo empapen. Cuando la canción termina, despliega su sonrisa diamantina, satisfecho.