Antes de abrir para Harry Styles, la joven sensación de la música negra debutó en Buenos Aires y creó una atmósfera revival en el recinto de Palermo.

Lo primero que llama la atención es su voz: una cruza entre los reyes del soul, Sam Cooke y Otis Redding. La potencia de Leon Bridges a la hora de cantar se nutre de la fibra más desgarradora de la música negra. Antes de abrir para Harry Styles, el músico brindó, el pasado martes 22 de mayo, un show en Niceto Club. Allí, combinó elementos clásicos y modernos: ritmos como el R&B, el soul, el funk y el gospel fueron actualizados.

Acompañado de una banda enmarcada dentro del tradicional sonido Motown, el cantante oriundo de Forth Worth, Texas, repasó temas de sus dos álbumes (Coming Home, 2015 y Good Thing, 2018). Quizás no todo el público, que llenó el local palermitano, sabía que aquel joven de 28 años -de ropa sobria y postura algo tímida- trabajó de camarero, y su talento fue descubierto casi de casualidad. Ya no importaba. Esos días quedaron atrás.

“Bet Ain’t Worth the Hand”, tema que abre su segundo disco, sirvió para asentar las piezas de un engranaje que le rinde culto a todos los géneros afroamericanos tradicionales. A fuerza de coros, teclas (Hammond, piano eléctrico) y ensamble de guitarras en estéreo punteando al unísono, la banda creó un clímax de un fuerte vínculo con el pasado, pero no en clave de homenaje sino, más bien, de reciclaje.

Bridges resignifica sonidos elementales del mejor R&B que supieron escuchar él y sus antepasados, como su madre, a la que homenajea en “Lisa Sawyer”. Durante la hora y media de show, se intercalaron temas bailables, con mucho groove, swing y arreglos que coqueteaban con lo dance y el funk, con canciones intimistas como “River”, donde Bridges toma la guitarra y es acompañado por algunos coros tenues y percusiones de Brittni Jessie.

Sobre el final, el cantante se soltó más y regaló algunos pasos de baile, como en “Flowers”, que podría haber formado parte del repertorio de Chuck Berry. En tiempos en donde la música negra goza de buena salud (basta pensar en Kendrick Lamar, Kanye West o Bruno Mars), Bridges trae un valor agregado a esa constelación de artistas: sonidos tradicionales con elegancia moderna.

Si en su primer disco logró emular el sonido de los clásicos, en el segundo fue aún más allá, tomó riesgos y forjó un soul con arreglos de jazz y funk bailable, de a ratos lindante a Marvin Gaye o Stevie Wonder. Por momentos, algunas de sus melodías parecerían escapar de la banda sonora de Jackie Brown, de Quentin Tarantino.

“Mississipi Kisses” fue la canción que coronó el espectáculo. Los cuerpos danzaron por última vez y, al cerrar los ojos, se percibió el clima de una fiesta de los años 60’ en el sur de los EE.UU. Los reyes, Cooke y Redding, pueden descansar en paz: han encontrado a su heredero.