Los uruguayos acaban de lanzar un DVD documental registrado durante un recorrido por España y América, y que refleja el contexto, el desarrollo y el éxtasis de la gira por su vigésimo aniversario.

“Nosotros nunca tuvimos un sueño. Las cosas fueron sucediendo, y a medida que iban pasando, nos dimos cuenta de que eran mojones: sacar un disco, llegar a Cemento, tocar en Europa por primera vez… Y en ese camino, sentimos que hicimos un montón, pero que en realidad no hicimos nada”. Con énfasis y entusiasmo, el cantante Sebastián “Cebolla” Cebreiro relativiza “éxito”y “fracaso”, y sus palabras rebotan del lado de adentro del bar Lucille.

Del lado de afuera, una larga fila de fans de La Vela Puerca espera por ingresar al estreno del DVD La Vela Puerca 20 añosFestejar para sobrevivir. Con imágenes tomadas entre agosto y noviembre de 2016, el documental refleja la gira por los 20 años del grupo, coronada con un multitudinario show en el Velódromo de Montevideo. De ahí son los registros en vivo, que muestra en estado de gracia a una banda curtida por mil viajes e historias, de cara a su propio público y ampliada con las participaciones de colegas coterráneos: Emiliano Brancciari (NTVG), Juan Casanova (Los Traidores), Pablo Silvera (Once Tiros), Ernesto Tabárez (Eté & Los Problems) y Pedro Dalton (Buenos Muchachos).

Un mojón más, entonces, para un grupo de rock experimentado que aún se siente joven y con mucho por hacer: “Es que manejamos distintas realidades: por un lado, podemos ser una banda muy respetable y multitudinaria, pero en otros lugares somos recontradesconocidos. Después de años en la ruta, hay provincias argentinas que todavía no visitamos, como Jujuy y Catamarca. O países como Colombia, en el que aún no hemos logrado tocar. Eso es lo lindo de la música, que las canciones te lleven a muchísimos más lugares de lo que vos, físicamente, puedas llegar”, explica.

Acaban de terminar un parate de varios meses, algo habitual en ustedes y también en muchas otras bandas. ¿Les funciona para renovar energías?

Dejamos de hacer fechas propias durante ocho o nueve meses porque no creemos honesto invitar a la gente y hacerle pagar una entrada para que vea el mismo show que ya vio. Entonces, hasta que no tengamos canciones nuevas, solo tocamos en festivales o en alguna fiesta de pueblo. En los parates revalorizamos lo que tenemos, que sabemos que no lo queremos perder; no vamos a matar a la gallina de los huevos de oro, no le exigimos más de lo que nos puede dar, porque en definitiva es nuestro trabajo, lo que les da de comer a nuestros hijos.

¿A qué dedicás tu tiempo en estas pausas?

Yo tengo un oficio, la orfebrería, pero esta vez no le di ni pelota, porque me agarró con un hijo recién nacido. Seis meses antes de frenar, llegó Milo, y me dediqué enteramente a estar con él, a ayudarlo a crecer. Es un desafío muy importante, un aprendizaje tremendo, porque soy padre primerizo y me agarró de grande (voy a cumplir 43). También me estoy dedicando a construir con mis propias manos mi casa, a 100 kilómetros de Montevideo.

Al día siguiente, la música en la terraza de las oficinas de PopArt (sello que acompaña al de la banda, Mi Semilla, en la edición de este CD/DVD/Fotolibro) es el dulce ruido blanco de las brasas que doran chorizos y carnes sobre una parrilla. La conversación con Sebastián “Enano” Teysera, el otro frontman del grupo, se da ahí, algunos días después de que LVP haya cerrado la primera jornada del B.A. Rock 2017 (la más convocante, después de la noche final con Las Pastillas del Abuelo) y unas horas antes de que se tomaran el buque de vuelta a Montevideo.

El traslado entre los márgenes del Río de la Plata es clave para entender el desarrollo global del grupo, que completan Nicolás Lieutier (bajo), José Canedo (batería), Carlos Quijano (saxo), Alejandro Picone (trompeta), Santiago Butler y Rafael Di Bello (guitarras). Así lo explica con su tono manso: “Cuando vinimos a tocar por primera vez en el Salón Pueyrredón, ya habíamos metido 6000 personas en el Teatro de Verano, de Montevideo. Podríamos haber hecho el camino más corto y decir ‘Ah, pero yo quiero tocar en Obras ya’. Sin embargo, no nos pareció lo correcto, porque nos faltaban las bases. En Uruguay nos pasó todo muy rápido, el primer disco [Deskarado, 1998] explotó y nos tuvimos que poner a la altura de la situación: no éramos músicos profesionales, éramos un grupo de amigos que cuando empezó no tocaba ni el timbre. Entonces, cuando llegamos a Buenos Aires, nos encontramos con la oportunidad dehacer todo tranquilo, despacio, y que nuestra historia se volviera creíble”.

“Festejar para sobrevivir” es una frase fechada en 2004 [de la balada En el limbo]. Hoy, en 2017, ¿te significa lo mismo?

Sí, sigue vigente. La pusimos como título de este trabajo porque, por equis razón, la gente la eligió antes. Nos dimos cuenta de que el público se la tatuaba, hacía banderas, remeras, pegó muy fuerte. Significa lo mismo, pero se hizo mucho más grande, como un leitmotiv, cosa que no era. Pero personalmente yo, que la escribí, la siento igual porque no ha cambiado la idiosincrasia de la banda, nuestra historia. Somos los mismos, de la misma manera, consecuentes y bueno… seguimos sintiendo que estamos festejando para sobrevivir.

Ayer el Cebolla me dijo que tienen la música lista de entre 12 y 16 “hojas en blanco” que requieren tu letra, para editar un álbum en el primercuatrimestre de 2018. ¿Cómo las trabajás?

Los chicos me recriminan un poco que cambié mi manera de escribir… en los principios, llegaba a la sala con una canción de fogón lista: una secuencia de acordes en guitarra criolla junto con su letra. Y hace tiempo que no es así, que los demos son un “la, la, la” constante, solo la melodía, porque soy un enfermo de la melodía y la voy armando con tarareos. Entonces hacemos al revés: me llevo la música ya terminada y es la misma música la que me sugiere una letra: de pronto aparece una distorsión y ya es otra palabra la que puede ir ahí; si hay un redoble de batería, otra, y así. El “qué” de lo que voy a escribir ya lo tengo claro, pero el “cómo” es influido por la música.