Después de la cancelación de la tercera fecha del Lollapalooza, el ex Talking Heads finalmente tocó en el sideshow del Gran Rex en un concierto memorable que osciló entre hits pasados y temas de su nuevo disco.

Lo anticipó antes de empezarla: “Será la gira más ambiciosa desde ‘Stop Making Sense’”. Fue una presunción riesgosa, pero David Byrne no tuvo miedo de elevar la expectativa. Anoche, en el Gran Rex, el ex Talking Heads trajo su recién estrenada gira “American Utopia” y dio cátedra sobre cómo se debe pensar un show de pop-rock en estos tiempos.

Pasadas las 21, después del preámbulo ofrecido por Lisandro Aristimuño, el telón se abrió para exponer un escenario rodeado de una enorme cortina en cintas, y a doce artistas descalzos y vistiendo trajes grises: seis de ellos encargados de la percusión, un bajista, una guitarrista, dos coristas-bailarines, un tecladista y David Byrne. No hubo cables ni amplificadores, porque cada músico, además de ocuparse de tocar, tuvo asignada una coreografía sencilla desde lo individual –a cargo de Annie B. Parson–, pero que en conjunto aportó la cuota de armonía que Byrne no prioriza desde la música. Lo suyo, sabemos, es el ritmo.

El comienzo fue con “Here”, el primero de los siete temas que tocó de su nuevo álbum, American Utopia. Emulando a Hamlet, Byrne apareció sentado a una mesa y sosteniendo un cerebro. Enseguida abandonó la solemnidad y entró en plan dance con “Lazy”, el tema que grabó con X-Press 2 en 2002. Y los fanáticos de Talking Heads se relajaron cuando llegó “I Zimbra”, ese inolvidable hit del disco Fear of Music que vio al grupo convertido en ensamble africano.

Byrne ya se jactaba de ser ovacionado y agradecía al público antes de irrumpir con otro hit de la banda que lo hizo popular: “Slippery People” trajo más movimiento a una noche inquieta desde la base, y a continuación retomó la ruta intimista con “I Should Watch TV” (grabado junto a St. Vincent).

Cada momento del show fue un intento de Byrne por romper con las convenciones. Tanto desprejuicio y trabajo sobre los cuerpos produjo una obra de arte conceptual que usó a las canciones como herramientas y no como fin en sí mismas. Así pasaron “This Must be The Place” (tercera de Talking Heads) y el pico alto de la noche: “Once in a Lifetime”, que mostró a Byrne cargándose solo esos versos angustiantes y dejando al público en plena distensión.

David Byrne es un intérprete en estado puro con una mentalidad y un físico intactos a sus 65 años; de hecho, casi no hizo pausas durante las dos horas del show. Después de transitar por canciones de American Utopia como la robótica “I Dance Like This”, la bellísima “Bullet” y la festiva “Every Day is a Miracle”, más otras de épocas pasadas como “Like Humans Do” (de su álbum Look Into the Eyeball), Byrne dejó para el final dos históricas como “Burning Down the House” y “The Great Curve”, y “Dancing Together”, el hit que hizo junto a Fatboy Slim inspirado en la dictadora filipina Imelda Marcos.

Para el último bis sumó un cover de Janelle Monáe, “Hell You Talmbout”, la canción de protesta contra la violencia racial de la policía en Estados Unidos. Todo un guiño de Byrne hacia un país que siempre miró interesado. “Esta vez no vine en bicicleta, pero es bueno estar aquí de nuevo”, dijo a mitad del show. Fue una de sus pocas frases. El resto lo comunicó desde el cuerpo, desde la voz y desde su inabarcable voracidad creativa.