La leyenda americana, que falleció el 18 de marzo a los 90 años, soportó el racismo aun cuando trascendió el color de la piel. Al mismo tiempo, le costó disfrutar de su genialidad, a pesar de encarnar la idea de “diversión” en la música pop y de inventar el rocanrol.

“Si bien no puede decirse que un solo individuo inventó el rocanrol –comenzaba diciendo el Rock and Roll Hall of Fame al incluir a Chuck Berry en su clase de 1986 junto con Elvis Presley, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Fats Domino y otros–, Chuck Berry fue el que estuvo más cerca de poner todas las piezas esenciales juntas”. La declaración estaba justificada dada la preeminencia de Elvis y las innovaciones igual de importantes, aunque no tan roqueras, de sus compañeros en el galardón, Ray Charles y James Brown.

Pero ahora que el hombre falleció, el 18 de marzo a los 90 años, seamos honestos. Chuck Berry inventó el rocanrol. Por supuesto, muchos músicos similares habrían salido si él no hubiera estado. Elvis era Elvis antes de siquiera haber oído sobre Chuck Berry. La voz proto-soul de Ray Charles y la actitud de “todo es una batería” de James Brown fueron innovaciones tan profundas como la de Berry. Bo Diddley era un guitarrista más competente. Doo-wop y Nueva Orleans estaban creciendo. Etcétera. Pero ninguna de estas músicas habría sido tan rica o fundamental sin él.

Chuck Berry era el que tenía la ambición de cantar como si el color de su piel no fuera un problema. Mezclaba una vocalización clara con un timbre de chico malo sin cambiar la altura musical de las sílabas de las letras. Apuntó a los fanáticos del country que deseaba y a los adolescentes blancos que vio venir. Temas como Rock and Roll Music, Sweet Little Sixteen y School Day fueron más que canciones para los adolescentes que Elvis había transformado en el nuevo mercado de la industria. Berry tenía instinto para el momento histórico, un sentido de alerta respecto de las modas de sus jóvenes fans y una capacidad de disfrute de la inédita prosperidad americana, al tiempo que desplegaba una capacidad verbal sin parangón y un acervo autobiográfico único. Todo eso contribuyó para convertirlo en una de las figuras cruciales en la invención de la adolescencia, al aumentar su autoconciencia y transformarla en una subcultura. También estableció el rocanrol como uno de los vehículos del compositor. Algunos de sus contemporáneos compusieron bastante, otros nada. Berry pronosticó a Buddy Holly, el segundo gran cantautor y artista de los años 50. Ambos establecieron el modelo que seguiría el rock de los 60, donde el material propio sería un requisito previo fundamental. Y si vamos a hablar de esa década, tenemos que considerar su guitarra.

Elvis convirtió la guitarra en un fetiche. Scotty Moore la podía tocar, Carl Perkins la dominaba y Bo Diddley, nunca un hombre de grandes hits, pero sí una leyenda, era un virtuoso con ella. Cada uno le puso su impronta, en especial Bo. Pero Chuck Berry fue la realización como músico y showman. El “Chuck Berry lick” era en realidad muchos yeites similares. Según el crítico Gregory Sandow, las fanfarrias de cada canción eran muy claras: la bocina de Maybellene, el timbre escolar de School Days, el teléfono de Too Much Monkey Business y el solo de Roll Over Beethoven. Y si bien uno puede discernir versiones de ese lick en grabaciones de T-Bone Walker y Carl Hogan, el sideman de Louis Jordan, fue Berry quien tuvo las agallas y la imaginación para amplificar ese grupo de notas y forjar una música eléctrica nueva que integraba el estilo de R&B de Ike Turner y el estilo country de entonces. Su sonido fue clave para el desarrollo de los estilos bien distintivos de George Harrison y Keith Richards. Pronto, no hubo un guitarrista de rock que no tocara sus cosas. Bob Dylan, por su parte, contrera como siempre, quedó más interesado con su groove. Según admitió, del ritmo de Too Much Monkey Business sacó inspiración para Subterranean Homesick Blues.

Si bien Charles Edward Anderson Berry se hizo notablemente rico al rehacer el mundo, algo que para él siempre fue objetivo, nunca se convirtió en una especie de magnate si bien exigía siempre el pago en efectivo antes de unirse a su banda en el escenario. Aunque fue clave a la hora de establecer la diversión para todos como el valor fundamental del rock, era demasiado cascarrabias como para mostrarles a los fanáticos que disfrutaba de lo que hacía. Nacido el 18 de octubre de 1926, fue el más viejo de los originales. Fue criado en un barrio negro de clase media baja de St. Louis. Sus padres eran trabajadores, pero tenían dotes musicales. Su hermana estudió para cantar ópera. Chuck también era musical y trabajador, ganó una competencia de guitarra en el secundario, se casó de por vida en 1948 y para 1952 tenía una familia de cuatro hijos. Pero su voz de chico malo no era una actuación. Un encuentro con la ley con un arma falsa le valió en 1944 la primera de tres condenas de cárcel. Bastante antes de que se acercara con el pianista Johnnie Johnson a Chess Records en 1955.

Entonces siguió la década dorada de Chuck Berry. Ambas palabras son en realidad una licencia poética. Berry fue una gran estrella desde 1955 hasta 1959 y una figura convocante a lo largo de los 60 y más adelante. Pero aunque los tres himnos adolescentes y la mitológica Johnny B. Goode llegaron al top 10 en los 50 (en lo que se llamaban los Best Sellers y los charts Top 100), ninguno de esos temas llegó al Nº 1. Tampoco lo lograron Fats Domino y Little Richard. Lo cierto es que, si bien los triunfos raciales de Berry son importantes, sus hits de los 50 tuvieron mejor suerte en el chart de R&B, que también les dio la bienvenida a temas como No Money Down y al cómico himno de protesta Too Much Monkey Business. Luego, en su regreso fomentado por la beatlemanía, que vino después de su segundo paso por prisión, sacó Promised Land, cálidamente pronegro, pero también proamericano. Ni siquiera llegó al top 40.

El segundo encarcelamiento involucró a una chica de 15 años que él tuvo razones para creer que era más adulta y con la cual siempre negó haberse acostado. Fue un punto de quiebre. El primer juicio fue notablemente racista, el segundo no fue tan obvio. Eso no quiere decir que Berry haya sido inocente, siempre fue un chico malo. Pruebas de ello hay en su autobiografía de 1986, llena de rubias atractivas, la cual fue escrita durante su tercer paso por prisión, por evasión de impuestos, cuando los pagos en efectivo llamaron la atención de las autoridades. Otra prueba es el juicio de 1989 que aseguraba que había puesto cámaras en los baños de mujeres de un restaurante del cual era dueño, y del cual escapó al llegar a un acuerdo de 1,5 millones y una sentencia suspendida por posesión de marihuana. O Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll!, el documental de 1987 de Taylor Hackford propuesto por Keith Richards, que Berry saboteó al sobreamplificar su guitarra y exigir más dinero en efectivo en lugar de convertirlo en un golpe publicitario. Muchas estrellas envejecen mal, pero la suposición más justa es considerar que Berry, supuestamente habiendo trascendido la cuestión racial, estaba profundamente enfurecido con el racismo americano que seguía en pie (y también era un depredador perverso).

Si bien Chuck Berry se perdió bastante y desaprovechó mucha de la diversión que transmitió, el arte con el cual logró esa transmutación fue siempre juguetón, astuto por momentos, pero sin la malicia que complicó sus interacciones personales. Además, era un tipo divertido. Y esa diversión sigue siendo, para miles de millones de personas, inherente a esa música que quedó indeleble, no importa cuánto se haya copiado. Su musicalidad era irresistible. Pero Chuck Berry era amado principalmente como letrista.

Enriqueció un dialecto de mala reputación del inglés que él claramente favorecía, bajo su propio criterio y sin que nadie le hubiera dicho cómo. Si bien no tenía ningún lugar al que ir y no sabía leer y escribir muy bien, entendió el mensaje y lo hizo público. Pronto, tuvo a todo el mundo bailando. De palabras irresistibles como “motorvating”, “coolerator” y “calaboose” a frases inolvidables como “Any old way you choose it” [De cualquier vieja manera que elijas] y “Campaign shouting like a southern diplomat” [Gritando campañas como diplomático sureño], era un maestro del americano coloquial y popular. No es de sorprendernos que haya ganado el premio Polar Music de Suecia, y también que haya compartido el primer premio de composición PEN con Leonard Cohen.

Chuck Berry terminó con las giras hace una década. Al cumplir 90, no obstante, anunció que haría un tour para promover su primer disco en 38 años. Por mucho tiempo fue raro que cuatro de los héroes de la primera clase del Hall of Fame (Berry, Lewis, Domino y Little Richard) estuvieran lo suficientemente vivos como para estar golpeando las puertas de la inmortalidad. Una explicación es que sus dotes musicales estaban alimentadas por una vitalidad innata conocida por unos pocos hombres.