Desde que abandonó One Direction, Zayn Malik encabezó el Hot 100 y el Billboard 200, hizo dúos con Sia y Taylor Swift, y… hasta cuidó vacas en una granja en Pensilvania. Mientras completa su segundo álbum –y planifica un nuevo tour–, la superestrella más arisca del pop parece haber dominado su ansiedad: “Me tomo las cosas con calma”.

No hay muchos lugares en Nueva York, o ningún lado para ser precisos, que se sientan tan aislados del exterior como la sala del estudio A en Electric Lady. Diseñada según especificaciones de Jimi Hendrix, las paredes curvas están tapizadas por brillante equipamiento vintage, desteñidas alfombras persas y un mural enorme, de dimensiones cósmicas. En esta noche de sábado de septiembre, un poco después de las 21, su único ocupante es un joven delgado y atractivo de 24 años cuya combinación de fama global y ansiedad puede volver la vida difícil fuera de oasis creativos como este.  

Sentado en un mullido sofá, el joven aspira meditativo un cigarrillo armado mientras mira las curvas del humo ascender al techo insonorizado. En los últimos nueve meses, Zayn Malik –que en su carrera solista usa su nombre de pila– vivió situaciones de igual reclusión en Nueva York, Los Ángeles, Londres y partes rurales de Pensilvania para componer la secuela de su álbum debut, Mind of Mine, que acechó el N° 1 del Billboard 200 la primavera pasada y cosechó el single Pillowtalk, que encabezó el Billboard Hot 100 y tuvo más de 750 millones de visitas en YouTube. El disco, con sus modismos a la Frank Ocean, vocalizaciones somnolientas y (fuera de Pillowtallk) resistencia a la liviandad radial, demarcó una línea clara entre el presente maduro y el pasado superfamoso de Malik. 

Siete años atrás, a los 17, Malik fue seleccionado en una pequeña ciudad al norte de Inglaterra y se lo unió con otros cuatro muchachos bautizados como “One Direction”. La banda se volvió el furor adolescente global más grande experimentado por un grupo británico desde los Beatles. La experiencia lo dejó a la deriva –abandonó abruptamente el grupo en 2015–, y como solista se dejó llevar por sus musas. En los 18 meses que siguieron a su álbum debut, Zayn reforzó los lazos con su novia, la supermodelo Gigi Hadid, comenzó a cuidar más su salud, realizó colaboraciones con Sia y Taylor Swift, y se determinó a afilar su sonido. Para un artista tan obligado a salir de gira desde su tiempo en One Direction, la estrella, celosa de su privacidad, ha encontrado un modo de llevar adelante su vida pública. O como Malik dice: “No hago cosas que no me gustan. Trato de explicarle eso a la gente y espero que me entienda; no es que miro desde arriba o soy arrogante”. 

Probablemente no sea intencional, pero Malik parece vestido a tono con la habitación, con un estilo que recuerda a Paul McCartney a inicios de los años 70: un suéter rojo oscuro que luce cómodo y oneroso, una camisa de delicado abotonado, un jean de color terroso y un par de botas Chelsea. Su mano izquierda tiene un tatuaje en forma de mandala, y la derecha, un par de labios rojos lanzando humo. Su pelo, que evidentemente crece rápido, ya muestra un llamativo batido a menos de una semana de que Zayn apareciera rapado en los titulares. Ahora está en Nueva York para algunas reuniones y para trabajar en su nuevo álbum, pero el viaje se superpone con la Semana de la Moda, lo que significa que él y Hadid estarán en el mismo lugar al mismo tiempo. Los dos viven, según Malik, “prácticamente juntos”, ya sea en sus hogares de Los Ángeles y Londres como en el departamento de Gigi en Nueva York. “No nos resulta complicado [arreglar agendas] –dice–. Ayuda que ella es muy organizada. Gracias a Dios, porque yo no lo soy”. (Hadid es parte de un selecto grupo, incluyendo a la familia y los managers de Malik, que puede escuchar los adelantos del disco). “Ella pasa mucho tiempo en el estudio –cuenta animado–. Le gusta cocinarme y traerme comida cuando llego tarde. Es cool”.  

El nuevo álbum, dice Malik, tiene dos estilos: uno más pop y rítmico, y otro más relajado. “El último disco tenía una onda más nocturna –afirma Peter Edge, presidente y CEO del sello de Malik, RCA–. Este disco es una mezcla de las dos cosas”. La joven estrella volvió a los estudios con el principal colaborador de su primer álbum, Malay, conocido por sus trabajos en Channel Orange y Blonde, de Frank Ocean. Veteranos productores como Timbaland y Rob Cavallo tuvieron también su impronta, y Malik incluyó algunas canciones con su propia firma. Zayn trabajó duro durante meses, pasando fecha de entrega tras fecha de entrega –originalmente, el álbum iba a editarse a fines de septiembre y ahora no verá la luz antes de abril de 2018–. 

Asistí a una escucha privada de dos tracks a fines de octubre. El primero, construido alrededor de la voz aterciopelada de Malik, tiene una melodía raleada y descorazonadora, con sonoridades construidas –y mejoradas– en relación con el primer disco. El otro, todo sintetizadores y vocalizaciones espontáneas, parece dirigido a los centros de placer de sus fans. “Lo que me impresiona de Zayn es su visión de lo que hace –expresa Timbaland–. Cómo evalúa su música, el tiempo que se toma, cómo la piensa”. 

Recientemente Malik estuvo colaborando con un músico que su mánager se niega a mencionar, alegando solo que es un “desconocido” de Brasil y que Malik lo conoció a través de amigos en común. “Calculo que tengo el 90 por ciento metido allí –dijo en septiembre Malik sobre la gestación del disco–. Pero todavía estoy trabajando en material nuevo y decidiendo qué saco y qué agrego”. 

Cavallo, que trabajó con Malik y un grupo de veteranos sesionistas en el demo de un funk rock a lo Michael Jackson, quedó más impresionado por el oído de la joven estrella. “De algún modo, me recuerda a cuando estaba en un estudio con Fleetwood Mac –dice Cavallo–. Su instinto para saber qué es bueno es preciso como un rayo láser. Él sabe qué letra cantar, qué parte de guitarra es buena, cuándo el ritmo es correcto. Lo lleva todo en las huellas digitales”. 

En persona, Malik es amable, amigable y está dispuesto a responder preguntas. Pero no es exactamente una máquina de hablar, y es más factible que dé respuestas crípticas antes que una anécdota. Hasta las preguntas livianas reciben respuestas extrañas, como cuando traje a colación un posteo suyo en Instagram que compara dos imágenes del Trono de Hierro en Game of Thrones –uno tal como se describe en los libros, el otro como en la serie– junto al epígrafe “Thru” (el trono aparentemente es descripto en el libro como más alto y espigado). Todo lo cual hace suponer que es un gran fan de la serie. “Ah, no, no estoy muy metido en Game of Thrones –responde encogiéndose de hombros–. Solo puse esas fotos porque muestran la diferencia entre un libro y una serie. La sobreproducción de ciertas cosas es siempre hilarante”. 

Hay al menos una serie de HBO que genuinamente adora. “Vi Girls, las temporadas completas”, afirma. De hecho, Jemima Kirke, una de las estrellas del show, aparece en el video estilo blockbuster del single del nuevo álbum, Dusk Till Dawn, con participación de Sia en coros y un tema mucho más pop que Mind of Mine. A Malik le gustó Kirke y le preguntó si quería hacer de mujer fatal en el video, que fue dirigido por Marc Webb –quien dirigió la versión de Spider-Man en 2012–. En su primer día, Dusk Till Dawn tuvo más de un millón de visitas en YouTube. Malik se entusiasmó con la respuesta, en gran parte porque él mismo había escrito la canción. (El video concita otra pregunta: “¿Tenés algún interés en la actuación?”. “Lo tengo, sí –contesta–. Debería haber un buen guion y algo un poco distinto, como en el cine de autor. Algo que tome por sorpresa a la gente”). 

Malik es un gran admirador de Sia, no solo por su talento y porque es una máquina de hits, sino por el modo en que llevó adelante los peligros de la celebridad y el modo de vivir en sus propios términos. Malik aún no salió de gira, ni tampoco dio un gran concierto, desde que dejó One Direction. En los últimos dos años tuvo que cancelar shows en Londres, Dubái y Japón, alegando extrema ansiedad. “Pertenecer a una banda era para él como estar en la armada”, cuenta su mánager, Sarah Stennett, añadiendo que en los últimos años Malik tuvo que recalibrarse. “Perdés tu intuición y el instinto para lo que necesitás, lo que es bueno para vos”, agrega. En Zayn, la autobiografía con lujosas fotos que se publicó en 2016, Malik deja claro que formar parte de One Direction no fue solo estresante, sino también dañino para su salud mental. El músico reveló haber desarrollado un trastorno alimenticio disparado por el trajín diario y por la falta de todo lo que hace a una vida normal. “Podía pasar días, a veces dos o tres, sin comer absolutamente nada”, escribió. Hoy, insiste, está mucho mejor parado. “Me tomo mi tiempo para las cosas, como bien y no hago locuras –dice con una risita–. Me aseguro de tener la cena lista”. (Claramente no es un gran comedor. En algún momento, un miembro de su equipo le ofreció un paquete de Marlboro Light y él pasó varios minutos calentando el filtro de un cigarrillo antes de encenderlo).  

Una de las respuestas para su salud mental fue pasar buena parte del verano y el otoño pasado en el lugar más impensable para un fan: una granja de Pensilvania donde hay un estudio cercano. “La granja está en un lugar alejado y se siente aislada –cuenta–. No hay muchas cosas por ahí. Me gusta hacer el trabajo de granja. Saco a los caballos, alimento a las vacas, hago esa clase de tareas. Está bueno, siempre me gustaron los animales”. Según él, la granja le recuerda a la campiña de los alrededores de Bradford, la ciudad situada entre Leeds y Liverpool donde creció. Una cadena rotativa de amigos, familiares y colaboradores (incluyendo a Hadid) se le unen en Pensilvania para escuchar música y ofrecer opiniones. Yaser Malik, el padre de Zayn, un anglopaquistaní fanático del hip hop, se inclina por la sofisticación lírica en las canciones. “Le gustan las canciones con contenido –dice Malik–. Me dice que lea más, que haga esto, que trabaje esta letra”. A su madre, Tricia Malik, quien se convirtió al islam antes de casarse con Yaser, “le gusta cualquier cosa que suene animada y de club. Me hace reír. Ama lo que yo llamo ʽmis canciones clásicasʼ”. Enseguida sonríe y larga una carcajada. 

Malik no es el único musulmán famoso en la música –raperos como Ice Cube y Q-Tip comparten la fe–, pero su religión marcó una clara diferencia con sus excompañeros de One Direction. Intentó hacer algunas maniobras políticas vinculadas a su religión (en 2014 tuiteó el hashtag #FreePalestine), pero por lo general evita el tópico de la intolerancia en la era del Brexit y Donald Trump. Lo estimula hablar de la cultura paterna. Malik entiende el urdu, pero cuando lo habla es un estofado de urdo con inglés y slang. Nunca estuvo en Pakistán, pero desearía visitarlo algún día, y es un fan de la comida, la música, la poesía y el cine de ese país. “Mis abuelos siempre veían algo en televisión –dice–, así que estoy familiarizado”. 

Dice no seguir en contacto con los exmiembros de 1D, Harry Styles, Liam PayneNiall Horan y Louis Tomlinson, todos ellos con un disco solista en 2017. Cuenta esto sin desdén, y si existe cierta competitividad, no lo demuestra. “Estuvimos juntos en una banda, pero son cosas de la vida, y eso forma parte de mi pasado –aclara–. Todos crecemos; dos de los muchachos tienen hijos ahora. Pero la verdad es que no hablo con ellos”. 

Puede tranquilizarlo el hecho de que les hizo sombra a los otros en el Hot 100, especialmente con Don’t Wanna Live Forever, el N° 2 que grabó para la película Fifty Shades Darker con Taylor Swift –otra artista por la que tiene el mayor respeto–. Fue él quien personalmente contactó a Swift, muy amiga de Hadid, para grabar el track. “Sabía que ella era la persona perfecta para la canción –dice Malik–. Por supuesto, es una artista muy popular y eso tiene beneficios. Hago saber a sus fans que estoy haciendo algo similar a ella, y ella hace ver a sus fans que le gusta mi música. No hay gustos opuestos; la música se puede compartir”. 

Aunque no hay nada en su agenda, Malik planea realizar una gran gira para presentar su nuevo álbum. Su ansiedad, explica, no es solo un remanente de sus días con One Direction: en gran parte, influye el dilema de cómo hacer un show sin mucho más que un disco para extraer material. “Por ejemplo, hay un montón de canciones movidas (en el álbum), pero yo no bailo, así que necesitaría a todo un elenco de bailarines. Y no quiero eso”. (Los fans que deseen ver a Malik cantando hits de 1D, como el reciente tour de Styles, posiblemente queden decepcionados). 

Parte de la solución vino de una sesión con Cavallo, viendo cómo sus creaciones podían adquirir vida propia en la interpretación conjunta de una banda. “Definitivamente me ayudó a  dentificar qué quiero como artista –explica Malik–. Durante mucho tiempo me carcomió la duda de dónde estoy parado como intérprete. No quiero que [el show] sea excéntrico o desinhibido, porque no soy esa clase de persona. Soy un tipo muy reservado y siento que [la vibra de aquella sesión] se ajusta a mí y a lo que busco arriba del escenario”. 

Hacia el final de la entrevista, le dejo flotando una idea: “Si hay alguna canción que no te moleste mostrarme, me gustaría escucharla”. Malik parece entusiamado. “Claro, dale –responde enfático–. Buenísimo, voy a mostrarte algo”. Se levanta del sofá y se dirige a la puerta del estudio. “Voy a sacarle a mi mánager las canciones que tiene guardadas”. Le digo que aprecio el gesto. “No hay problema, amigo”, responde antes de desaparecer tras la puerta. Y como en un acto de magia, no regresa jamás.