Anticipándose a su tercera gira latinoamericana, Mogwai redefine su formación y encuentra en el pop un nuevo vehículo para ser feliz. El 10 de mayo se presentará en el Gran Rex.

Mogwai está feliz. O al menos eso parece indicar apenas comienza su noveno disco de estudio. Es decir, no es que el cuarteto escocés dejara intempestivamente de ser la aplanadora del post-rock que puso a unas cuantas mandíbulas en jaque en dos anteriores visitas porteñas. Duerman tranquilos, su brutal poderío sigue inmaculado. Pero “Party in the Dark”, el segundo track de Every Country’s Sun, es lo más cercano a la canción pop de lo que hayan estado antes. Aun en su letra inundada de existencialismo y afección por el impacto tecnológico en la raza humana, la voz de Stuart Braithwaite ahora es clara y sin filtros; casi como si estuviera sonriéndoles a sus compañeros.

“Stu había venido al principio con una idea en la guitarra para ese tema”, dice el multiinstrumentista Barry Burns. “Y, para ser honesto, era una mierda –completa con una estridente carcajada desde Berlín, en conversación exclusiva con Billboard–. En general, si vemos que hay una canción que no está terminada y tenemos que agregar algo, ahí suelen ir las voces. Aunque particularmente con esta, se dio al revés. Fue un recurso que estuvo desde un principio y que, si bien fue inusual, me gustó cómo quedó”.

Luego de trabajar con un batallón de productores a lo largo de su historia, desde Paul Savage hasta Steve Albini, pasando por Andy Miller y Tony Doogan, el grupo volvió a aliarse con David Fridmann, algo que no ocurría desde Rock Action, de 2001. El miembro de Mercury Rev y productor de Tame Impala, MGMT y Thursday resultó crucial para esta misión, que Burns define como un proceso democrático: “Nosotros confiamos mucho en Dave. Tiene una forma de producir en la que nos consulta cosas, pero sabemos que él está a cargo. Y lo interesante es que no pierde mucho tiempo en los detalles cuando graba, sino que le gusta plasmar una idea global de lo que hacés, como si sacara una buena foto de la música en vez de hacer zoom y paneos. Suena estúpido, pero es medio así –dice–. Además, volver a hacer un disco con él fue de lo más divertido que realizamos en mucho tiempo. Íbamos al cine a ver películas, nos juntábamos fuera del estudio. Cuando la estás pasando bien, eso se traslada a la música”. Y es que sí, Mogwai está feliz.

En Every Country’s Sun continúa la misión emprendida a partir de Hardcore Will Never Die, But You Will (2011) y Rave Tapes (2015): navegar a través de un clima unificado. Si bien canciones como “Brain Sweeties”, “Aka 47” y “1000 Foot Face” apelan al nervio cinemático de Mogwai, y algunas hasta conservan viejas mañas (la explosión de la coda en “Don’t Believe the Fife” y el fuzz épico de “Battered at Scramble”), el espíritu es otro. Donde antes había construcciones progresivas e histrionismo a partir de un shock de decibeles, ahora hay enfoque. Tanto es así que la salida del histórico guitarrista John Cummings no parece haber afectado la dinámica de la banda. Por el contrario, Burns afirma que el cambio los empujó a “subir un nivel y trabajar más duro que antes”, lo cual es bastante para tener a favor cuando un artista supera los 20 años de carrera.

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Fue a partir de 2006 que comenzó una transición clave. Aquel año publicaron el soundtrack del documental sobre el futbolista Zinedine Zidane, Zidane: A 21st Century Portrait, uno de los primeros proyectos enteramente comisionado para la banda. Desde entonces, esos experimentos paralelos aportaron una nueva paleta sonora a los discos de estudio. “Me abrió muchísimo los ojos, porque yo venía con una cierta idea de cómo se tenía que hacer música. Es cautivante eso, porque si estás solo en Mogwai, solo sabés cómo funciona Mogwai”, explica Burns, que también ocupa su tiempo libre en el dúo electrónico SUMS junto a David Letellier.

A 12 años de ese primer intento, Mogwai ya lleva cinco soundtracks producidos. En el último, Before the Flood, un documental de 2016 sobre el cambio climático dirigido por Fisher Stevens, se unió a Trent Reznor, Atticus Ross y Gustavo Santaolalla; todos juntos, probablemente el tándem más prominente de la actualidad del sonido para la pantalla. Y lo hicieron emulando la práctica de The Postal Service: ubicados en distintas partes del mundo, compartían archivos vía e-mail. Mediante conversaciones por teléfono, los artistas repasaban la progresión del día, mientras que las ideas compartidas se remixaban o editaban libremente entre todos. “Era muy caro que todos viajáramos a Los Ángeles, así que colaboramos así, pero fue una gran experiencia. Y fue bastante inusual, porque solo nos habíamos visto con Trent alguna vez en uno de nuestros shows, pero no más que eso. Lamentablemente a Gustavo todavía no lo conocimos personalmente, pero ojalá podamos si es que está en Buenos Aires. ¡Le voy a mandar un mail!”, dice Burns entusiasmado.

Y es ese mismo entusiasmo con el que describe en retrospectiva el funcionamiento espiritual de su banda. En un proyecto en el que el resultado artístico se envuelve en un manto de seriedad, hay también un buen balance entre humor y felicidad. Desde imprimir remeras con la leyenda “Blur es una mierda” (que Damon Albarn y compañía de hecho quisieron comprar) a tener su propia cepa de whiskey, los escoceses son igual de expansivos que su música. “Creo que todos los miembros de la banda son tipos muy divertidos. Inclusive quienes son parte de nuestro equipo son personas con buen sentido del humor –dice Burns–. Lo único que realmente es fácil es la parte de la música.

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