Con la eliminación de esos elementos que nunca necesitaron en los 90 (la pirotecnia, el fuego y mucho color en las pantallas), el grupo se presentó en La Plata con un show similar al que dio el año pasado en River.

Si Guns N’ Roses es una de las bandas de rock más relevantes de las últimas décadas, su mito es aún mayor. Su histórico pináculo en los comienzos de los noventas fue seguido por una misteriosa separación entre las sombras y una guerra fría de Axl versus el resto, que duró casi 20 años. Por eso, a nadie le extrañó que el año pasado hayan agotado dos estadios River, o que aprovecharan su paso por el Rock in Rio para sumar una fecha en Buenos Aires el domingo pasado, aun con el mismo show que en 2016.

Pasado el primer cuarto de hora de las 22, la banda salió al ring con su histórico golpe inicial, el doblete de Appetite for Destruction: It’s So Easy seguido de la oda a los excesos Mr. Brownstone. En el campo trasero, el pogo fue el gran protagonista. Antes de continuar con la tercera canción, Axl llamó a Lucho Biondi, un asistente de producción que funcionó de traductor, y a través de él, pidió a la gente de más adelante que retroceda un paso, para que nadie salga lastimado. “Gracias, motherfuckers”, dijo.

Su relación con el público no se pareció en nada a la de aquel hombre enojado que señalaba y peleaba. Ahora, saludó y sonrió relajado. Lejos de los problemas que tuvo en Rock in Rio, su voz sonó recuperada, e incluso mejor que en El Monumental el año pasado. Sin embargo, su adaptación vocal sigue siendo el centro de los comentarios por la utilización de nuevos colores, falsetes y artilugios para emular el virtuosismo con el que logró su éxito mundial. No es fácil para Axl haber sido un veinteañero con un registro de notas tan amplio y con una variedad de voces que le valieron la comparación con Bon Scott, Freddie Mercury o Robert Plant.

Cuando llegó Chinese Democracy y el momento del sonido industrial, la formación actual −con Duff McKagan y Slash, incluidos− pareció haber convencido al frontman de eliminar esos elementos que nunca necesitaron en los 90: la pirotecnia, el fuego y mucho color en las pantallas. Es cierto que esta versión fue más desprolija y desacertada que la de aquella banda que se enemistó con Nirvana y giró con Metallica. ¿Pero quién es el mismo después de 25 años? Sería injusto el reclamo, teniendo en cuenta que aún hoy levantan la bandera del hard rock.

La actitud del grupo sigue igual que el año pasado: Axl y Slash ni se miran, ni se tocan. Y si bien es cierto que la gente quiere oír sus canciones mucho más que ver sus abrazos, por momentos hay desconexiones importantes que traen repercusiones musicales. El más perjudicado es el segundo guitarrista, el excelente Richard Fortus, que está totalmente desaprovechado y suena en una frecuencia diferente a Slash: hay algunos momentos que parece complementarse con Slash, como en Double Talkin’ Jive, pero por otros, como en Better, el grupo aportó versiones heridas, al estilo “sálvese quien pueda”.

Está falta de trabajo en equipo también se notó en la majestuosa Estranged, donde Fran Ferrer no respetó los tiempos, y pasó un buen rato hasta que Duff se acercó a la batería para acomodarlo en la canción. GNR podrá estar dividida, pero el público los quiere juntos y los apoya. La gente quiere a sus tres rockstars por igual, y no permite que estas cosas arruinen su experiencia. Live and Let Die sonó magistral y resultó una de las mejores interpretaciones de la noche.

Duff tuvo su momento propio en el show para cantar algo de punk, con una intro de Can’t Put your Arms Around a Memory de Johnny Thunders y un acertado cambio en el setlist: en la previa, figuraba Attitude −una arenga a la violencia contra la mujer− y la cambió por New Rose de The Damned. Los tiempos, afortunadamente, cambiaron, y una canción como Attitude no debería ser interpretada nunca más, en ningún país. Civil War, Yesterday y Coma aparecieron a la mitad del show. Luego de la presentación de los miembros, llegó el solo protagonista de Slash: arrancó con un jam improvisado de Johnny B. Goode de Chuck Berry y cerró con el clásico Speak Softly Love del soundtrack de El Padrino.

Sweet Child O’ Mine (ese ejercicio técnico de guitarra que Slash consideraba un chiste y Axl insistió para incluir en el disco y lograr su único número uno en el Billboard Hot 100) logró que la platea y el campo se fundieran en un abrazo: fue la canción más festejada de la noche.  La segunda mitad del show promedió con intercambios de canciones propias y covers −fueron 8 en total−, hasta llegar a la cúspide de la noche con Patience, Don’t Cry y la legendaria Paradise City, que selló una nueva visita exitosa de la banda. El cover de Soundgarden Black Hole Sun no solo funcionó como acertado homenaje, sino que también se destacó por un sonido más orgánico y cercano a la filosofía actual del grupo.