El año pasado, Oscar Righi se fue de Bersuit Vergarabat para dedicarse por completo al grupo que armó con su pareja, Romina Gaetani. La Rayada ya lanzó un primer álbum homónimo que conjuga las miradas artísticas del músico y la actriz.

Por un segundo, el prejuicio gana la batalla: porque las historias de actores o actrices que dejan las tablas de los teatros para preferir las de los sótanos, la noche y el rock and roll, no suelen terminar bien. Oscar Righi, hombre de mil batallas en Bersuit Vergarabat, lo sabe: “Uno siempre tiene el prejuicio de la actriz que canta”, dice, mientras piensa en Romina Gaetani, su pareja y, sobre todo, su compañera de banda. Pero rápidamente, cambió el preconcepto: “Me gustó mucho lo que escuché en los demos que me mandó y pensé que tenía que correrse de un lugar que seguramente era mucho más fácil para ella, que era cantar salsa o cumbia, lo que sería lógico, así que le propuse hacer un disco que fuera por otro lado”, concluye el guitarrista.

A priori, las personalidades parecen bastante diferentes: él escucha Zeppelin y ella siempre ha preferido el jazz y la música clásica. Es una apasionada de la actuación; y a él, le rompe las pelotas hacer videos. Él prefiere la cerveza –tomará dos porrones durante la charla– y ella la detesta, no la puede pasar. Prefiere el vino, pero es la hora de la merienda: que sea un café. Pero todo eso que en apariencia los separa, en realidad los complementa. Porque así suena La Rayada en su primer y, hasta ahora, único disco (homónimo): como el encuentro de dos elementos improbables que nacieron para estar juntos.

“Hace un tiempo tenía ganas de hacer música. A la Bersuit la vi desde los 21 años. Yo tenía contacto con ellos, pero no teníamos confianza. Un amigo en común me propuso que Oscar y Pepe Céspedes produjeran el disco”, comenta Gaetani. Y en un primer encuentro, tan solo con el intercambio de un par de demos, el prejuicio mencionado se rompió: “Cuando la escuché, me gustó su tono de voz, que estaba en un 30 por ciento de lo que a mí me pareció que ella podía cantar”, recuerda Righi. Y ahora, cinco años después, esa voz ya tiene otro cuerpo: “No es la voz clásica de la mujer. Puede ir abajo y muy bien, y también puede llegar arriba. Lo que sentí es que tenía que vivir un poco lo que es el rock, la noche, un whisky, trasnochar un poco”, dice el violero, y da vuelta la taba:“Tenía que quebrar el prejuicio”. Porque si bien ella había frecuentado esas noches de Bersuit, de Los Redondos y de Los Piojos, su formación había sido bajo la curaduría del oído jazzero de su padre. Y una vez rotos los preconceptos, lo que quedaba era el mundo por descubrir, la noche por vivir. Righi entiende ese estadio: “La inocencia tiene algo que no tiene la sabiduría, que es la limpieza absoluta, la frescura. Es como un niño. Ella me proponía cosas que me parecían realmente descabelladas”, comenta y sigue: “Al principio, le decía que no, y ahí venían las primeras guerras musicales. Ella ahora me dice ‘Yo haría esto’. Y yo no lo haría, pero igualmente lo hago. Porque siempre es muy bueno probar, no sea cosa que tenga razón”.

Porque de esa prueba también nació La Rayada: “Lo primero que él me dijo fue ‘Nena, ponete a escribir’. Yo nunca en mi vida había escrito una canción”, dice ella. Y de esa hoja eternamente en blanco, como un vendaval, surgió la verborragia, que ya demasiado tiempo había estado guardada: “Cuando conocí a Oscar yo estaba viviendo un quiebre en lo emocional, estaba cambiando de piel. En ese proceso quería salir de mi lugar de comodidad como actriz para dedicarme a algo a lo que le tenía más temor. Al poco tiempo falleció mi papá, así que era inevitable volcar todo ese universo de orfandad en las letras”. Y la tónica se repite una vez más, se escucha una vez más la palabra de Righi, ya no solo como productor, compañero de banda o compañero de vida, sino como la de un formador. Dice él: “Le regalé una guitarra, no para que tocara, sino para que le perdiera el respeto. No le podés tener respeto a la guitarra, es parte de uno. No hay que tirarla por la ventana, la tenés que hacer parte tuya”.

Cuando charla, tal vez sin darse cuenta, casi siempre apresurado y mechando entre chiste y chiste, Righi siempre habla de música, enseña y da su punto de vista. Y en algún momento dirá: “Las canciones no son los acordes, son las melodías. Las canciones son todas iguales. Siempre dicen ʽEstá todo hechoʼ. Y no es cierto: las melodías no están todas hechas”. Y más tarde comentará, pensando en los productores: “La mejor manera de dirigir es no dirigir. Es espantoso cuando una persona viene el primer día a decirte qué hacer”. Porque eso es él, un animal de escenarios, un espécimen que se alimenta de escalas, tonos y semitonos. Entonces, es lógico que rompa los preconceptos, los clásicos de su profesión: “Yo no me pongo nervioso antes de los shows. Cómo me voy a poner nervioso antes de hacer lo único que sé hacer. Es como que un taxista se ponga nervioso para manejar un auto. Si lo que yo sé hacer es tocar la guitarra, es un momento de disfrute, sea en una cancha de River o para 20 personas. Cuando salís al escenario, ya salís con el partido ganado, hay tipos que pagaron una entrada para verte a vos”.

Ella, sin embargo, piensa un poco distinto: “Como actriz soy temerosa pisando el escenario más que delante de la cámara, pero como música, lo soy mucho más”, comenta, pero no puede dejar de volver, una y otra vez, a ese espacioque le da vida: “El escenario es un lugar donde está bueno dejarse sorprender”. Y para sorpresas no faltarán ocasiones: el 5 de agosto, la banda –completada por un dream team que incluye, por ejemplo, a Gaspar Benegas y a Roger Cordero, ex Piojos– presentará en vivo su primer disco en La Tangente. Y, en el horizonte, el objetivo es claro: “Ojalá podamos seguir haciendo discos”, comenta Gaetani. Aunque hay algo de lo que no tiene dudas: “De lo que estoy segura es de que a partir de ahora voy a seguir haciendo música toda mi vida”.

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