A 25 años de su lanzamiento, Nevermind sigue siendo un disco clave para entender el rock alternativo. Para la música fue un álbum disruptivo; pero para Kurt Cobain, un despertador de sus fantasmas internos.

La salida de Nevermind el 24 de septiembre de 1991 significó la visibilización de toda una escena underground que se venía gestando desde hacía más de una década por un ripioso circuito paralelo a la industria del rock. Nirvana era una de las tantas bandas que se había nutrido de la ética do it yourself que proponía el hardcore punk subterráneo estadounidense. Continuaba por ese camino pavimentado por la banquina del rock, pero sufrían de una gran dicotomía: ¿ser la banda de rock más grande del mundo o ser una banda punk de culto como las que ellos admiraban?

En una primera instancia, Nevermind parecería pararlos en el medio de ambos mundos: tras el éxito de Bleach, su primer disco de 1989 editado por el sello independiente Sub Pop, Nirvana se había convertido en uno de los actos punk más prometedores, sobre todo por haber nacido en Aberdeen, un pueblito lejos del radar musical ubicado a 170 kilómetros de Seattle.

Nirvana sufría una gran dicotomía: ¿ser la banda de rock más grande del mundo o ser una banda punk de culto como las que ellos admiraban?

Sheep, el nombre con el que titularían su segundo disco, comenzó a ser producido por Butch Vig. El problema fue que Sub Pop estaba casi en la quiebra y comenzaría a ser subcontratada por una gran discográfica. Con la ayuda de Sonic Youth, que habían empezado la década con el lanzamiento de Goo a través de Geffen Records, lograron arrancar los intermediarios y empezar desde cero con un inmenso presupuesto. Insistieron con el mismo productor, pero en los estudios Sound City de California, y con un nuevo y definitivo baterista: Dave Grohl, quien venía de Scream, banda de la escena hardcore de Washington DC y una de las que más había influenciado a Cobain. 

Nevermind proponía canciones con un enfoque más pop que el disco anterior, pero con la furia del hardcore, influenciado por las composiciones de grupos como Pixies pero también Husker Du y Wipers. Nevermind es uno de esos casos atípicos en los que no sobra ninguna canción. Abre con Smell Like Teen Spirit, que aparece con su dinámica entre momentos pausados y suaves, y el rugido distorsionado del estribillo. Y cierra con Something in the Way, donde Kurt Cobain casi susurra con una destartalada guitarra acústica que obligó a sus compañeros a bajar la velocidad y acostumbrarse a la balada acomodada a su propio estilo. En esta misma línea, pero sin tanta complejidad, está Polly. Esos descansos sirven para la energía que transmite el resto del disco, que pese a su agresividad, en muchos casos no evita el acercamiento al pop: In Bloom, Lithium, Drain You, Lounge Act y On a Plain muestran, por un lado, la sensibilidad compositiva de Cobain hacia canciones con posibilidad de hit, y por el otro, su inquebrantable interés en el caos que proyectan Breed, Territorial Pissing o Stay Away, en los que domina la disonancia hardcore.

Nevermind es uno de esos casos atípicos en los que no sobra ninguna canción.

Un caso interesante es el tercer tema, Come As You Are, que se inicia con un riff muy similar al de Life Goes On de los británicos The Damned y de Eighties de Killing Joke, por lo que no quiso ser lanzada como single por temor a acciones legales. Pero la canción era demasiado buena como para esconderla.

Geffen esperaba vender unas 40.000 copias y abrirse en el mercado del rock alternativo, pero rápidamente comenzaron a venderse 300.000 ejemplares semanales; y hacia enero de 1992, Nevermind destronó a Dangerous de Michael Jackson en el Billboard 200. Ese traspaso hacia el rock de estadios permitió que la industria musical encontrara un nuevo nicho, el de la generación X que se negaba a consumir lo establecido y buscaba estímulos con un poco más de profundidad. Pero ahora habían sido llevados a la superficie bajo el mote de grunge, y eran solo otro fenómeno mainstream. ¿Qué era ahora el rock alternativo? Ese traspaso al público masivo tornó las presentaciones en una pantomima de lo que odiaban: la destrucción de sus equipos al finalizar cada fecha era un movimiento obligado para conformar al público. Ya no era un gesto de rebeldía, sino parte del espectáculo.

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