Dicen que a veces los trucos pueden fallar, pero todos los que tenían un ticket para ver a las cuatro caras pintadas más famosas del rock no pensaron lo mismo. A esos que se iban acercando al estadio de Vélez, AC/DC les sonaba desde los parlantes de la cancha. Un público frío no se calienta en tan poco tiempo, por eso, desde antes que todo arranque, se percibía que no se armarían grandes pogos. Las familias y los chicos nunca faltan desparramados por el lugar dándole color al evento.

Por más de que se llene el predio de globos y serpentinas, ver a Kiss en vivo es toda una experiencia. Las luces se apagaron a tiempo y los fuegos tomaron la escena exageradamente, al mejor estilo Kiss, rozando el ocultismo.

Detroit Rock City abrió la noche y aplastó con uno de los mejores solos de guitarra existentes. Paul Stanley no paró de agitar y entre sus frases de agradecimiento generó la discordia: “Nuestro último show lo hicimos en Chile, vamos a ver quién es el mejor”. ¿La respuesta del público? Un silbido unánime, más fuerte que el que se escuchó cuando Stanley salió luciendo la camiseta de Vélez.

La oscuridad la puso God of Thunder, donde Gene Simmons empezó metiendo miedo con su unipersonal de bajo. Fantasmalmente escupió sangre y voló hacia la parte superior del escenario. Trucos más que usados, pero que nunca fallan. Cada momento protagonizado por Simmons inspiró miedo, como si hubiera salido de una película de terror. Fue el dios del trueno personificado, hasta parecía que los relámpagos que alumbraron de a momentos la noche porteña obedecieron a sus órdenes. De un modo ilusionista, el dueño de la estrella eterna se despegó del escenario, voló sobre la gente y se instaló en el mangrullo para cantar Love Gun bajo una insipiente lluvia.

Kiss sabe cada latiguillo y cada movimiento que tiene que hacer para mantener al público en sus manos. Si se olvidan de algo, a esta altura pasa desapercibido. Aunque son enormes, Vélez les quedó grande. La mitad del campo hacia atrás reflejaba los espacios vacíos, para algunos por falta de promoción del show. La convocatoria nada tuvo que ver con aquel estadio de River explotado de caras pintadas en 2012.

Kiss hace todo bien. Cantan, bailan y hasta se atreven a tirar frases en el idioma local. Desfachatados y desvergonzados, siguen dando que hablar. La claridad del sonido nunca flaqueó, no así la voz de Stanley, que quedó desdibujada en I Was Made for Loving You. Rock and Roll All Nite se encargó de bajar el telón, adornada con papelitos de colores, pirotecnia, luces por doquier y malabares con guitarras sobre el escenario. Tocaron poco más de una hora y media, en la que recorrieron 40 años de historia en escena y desde sus pantallas, con imágenes en Do You Love Me, no se privaron de nada. La batería de Eric Singer llegó al techo, como siempre, y el solo de Tommy Thayer le voló el pelo a más de uno.

La ópera de Kiss arrasó. Son una de las bandas más grandes del mundo y Buenos Aires la recibió con los brazos abiertos. Hasta la banda sonora post show hizo que la gente se fuera cantando, bajito, God Gave Rock and Roll To You II, dándoles un poco más de magia a los diez minutos de fuegos artificiales en el cielo.

Fotos: gigriders