Después de un tiempo de amargura y bajas ventas, la familia Followill apuesta a un sonido nuevo y diversificado.

Hoy, más temprano, después de almorzar en uno de sus restoranes favoritos de Nashville, el frontman de Kings Of Leon, Caleb Followill, tuvo un encuentro que lo dejó en offside. “El valet, al que veo siempre y me conoce –cuenta el cantante–, cuando me estoy yendo, me dice: ‘Ey, ¿tocan todavía? Cuando yo iba al secundario, ustedes estaban en la cima’”. La banda –que incluye a Nathan (batería) y Jared (guitarra), hermanos de Caleb, y a su primo Matthew Followill (bajo)– se queja al unísono. “Tengo pesadillas que involucran ese mismo escenario”, dice Jared. “¡Qué pelotudo!”, agrega Nathan.

“Tenía cinco dólares en mi mano, y dije ‘¡Nop!’ –sigue Caleb, haciendo como si metiera un billete en su bolsillo mientras todos se ríen–. Cambié al de uno”.

Lo que Caleb no le podía contar al valet, porque el grupo había acordado mantenerlo en secreto, era que Kings Of Leon sí sigue haciendo música, y que está por volver con su primer álbum desde 2013. Con 16 años y siete discos bajo el brazo –que llevaron al cuarteto de tocar en clubes chiquitos a grandes estadios, como una de las bandas más grandes en el rocanrol contemporáneo–, los Kings están poniéndole los toques finales a Walls, una declaración ambiciosa sobre un propósito renovado, producido por Markus Dravs, mejor conocido por su trabajo con Mumford & Sons y Arcade Fire. Un tiempo atrás, el grupo había decidido guardarse la noticia del álbum para ellos mismos hasta que faltaran unos pocos meses de su lanzamiento –el 14 de octubre–, un esfuerzo para sacar la presión innecesaria en el proceso creativo y para lograr un impacto mayor cuando llegara el LP. “No vamos a hacer como Drake, pero sí haremos las cosas de manera diferente”, afirma Caleb. Nathan agrega: “Ahora, la gente presta atención durante menos tiempo”. 

Los Kings están en un estudio de producción de películas en las afueras de la ciudad, donde van a sacar fotos para el arte del disco al día siguiente. Más allá del pelo desprolijo de Nathan, se encuentran limpios, entusiasmados y en forma, tomando café y agua en vez de cerveza, whisky y vinos caros –tienen la reputación de consumir en cantidades alarmantes–. Ellos son grandes foodies: invirtieron en restoranes y en bienes raíces, y fundaron el Festival Anual de Comida y Vino de Music City. Los cuatro viven en la misma área y comparten un espacio de estudio. Según Caleb, “definitivamente ahora tenemos una mejor relación, más allá de la música, que la que teníamos”. A lo que Nathan dispara: “Sacá el Jameson y te contamos la historia real”.

La vibra de hoy es completamente diferente a la que rodeaba los últimos discos. El de 2010, Come Around Sundown, vendió 776.000 copias según Nielsen Music, marcando un notable declive respecto a Only By The Night, de 2008, que tenía los hits Use Somebody (Nº 4 en el Billboard Hot 100) y Sex on Fire, y que vendió 2,5 millones de copias. Caleb sostuvo en esos días que estaba agotado por todo el ciclo, que terminó con él yéndose del escenario a mitad del show en Dallas y con la banda cancelando las 26 fechas restantes mientras sus miembros iban cada uno por su lado. Mechanical Bull, de 2013, vendió 347.000 copias. “Llega un momento en que te das cuenta de que perdiste esa pasión y esa hambre –confiesa Caleb–. Estás humillado y querés recuperarla, y para hacerlo, ‘Olvidate de las ventas de discos, olvidate del tamaño del estadio, olvidate de todo eso’”.

Lo que el grupo necesitaba era un sacudón. Decidieron que su sociedad con Angelo Petraglia, que produjo los seis LP anteriores, se había vuelto muy cómoda. Buscaron a Dravs, que tiene una reputación de ser intenso; mudaron temporalmente a sus familias y se fueron para los Henson Recording Studios en Hollywood. “Dijimos: ‘Vamos a Los Ángeles, comemos sushi y tomamos sol’ –cuenta Caleb–. La cosa entera parecía ser más orgánica”. Aun así, Dravs resultó ser un capataz duro que cuestionó cada parte de la rutina y la música de la banda. “Nos dijo cosas que nadie nos había dicho antes –recuerda Jared–. Como ‘No me gusta esa canción, eso no está bien, podemos seguir con eso’”. Los hizo tocar algunas partes una y otra vez, componer versos en el momento y, de repente, cambiar la onda. “Decía cosas como ‘OK, ahora tóquenla como The Sex Pistols’ –cuenta Jared–. Y ahí salió de una canción lenta una rápida”. Los resultados van desde la reluciente, onda U2, Waste a Moment, hasta el pulso sintético de Over. “Tenías una canción que sonaba medio electrónica y otra que sonaba tan sencilla –opina Matthew–. Pero por la manera en que todo fluía, nosotros pensábamos que el tipo era un genio”.

Hoy, los cuatro Followill están casados, y todos menos Jared tienen hijos. Afirman que las rutinas del matrimonio y ser padres han sido buenas para la banda. (Caleb, que tiene una hija, está casado con la modelo de Victoria Secret y miembro del Escuadrón de Taylor Swift Lily Aldridge). “Nuestros hijos están siempre juntos, van al mismo colegio”, cuenta Matthew. Nathan se ríe: “No somos como los otros padres. Nosotros somos los que estamos fumando marihuana debajo de las gradas”. Y si todo empieza a caerse de nuevo, los Kings siempre pueden pedirles consejos a amigos como Bono y Eddie Vedder. “Me acuerdo que, hace un tiempo, Eddie nos dijo que nunca estuviéramos de gira en Europa por más de tres semanas –cuenta Jared–. Porque eso va a separar tu banda”.