Con aires mediterráneos a base de beats, sintetizadores y canciones de amor, un solista se convierte en la nueva realidad del pop.

En un vistazo rápido, Córdoba es fernet, cuarteto, Instituto, Talleres, Belgrano, un acento particular, algunos artículos regionales y unas cuantas cosas más. Juan Ingaramo, a pesar de ser cordobés, no es (casi) nada de eso. Él es más bien un joven techno, rodeado de beats y sintetizadores, e influenciado por la tradición más arraigada del cancionero nacional. Juan Ingaramo es pop.

En 2008, a sus 20 años, se mudó a Buenos Aires junto a algunos compañeros, más precisamente al barrio de San Telmo. A partir de ahí, bajo el compás del ritmo porteño, comenzó a crear más decididamente una carrera musical, que tácitamente ya había empezado hace tiempo.

Su casa guardaba guitarras, baterías y un buen puñado de instrumentos que auguraban un futuro (cumplido) de multiinstrumentista. El motivo: su padre, Mingui Ingaramo, era el guitarrista de Los Músicos del Centro, un grupo cordobés que funcionó como banda soporte de Litto Nebbia durante 1982 y que cosechó una carrera propia durante los años subsiguientes, llegando a grabar con músicos como Fito Páez y Pedro Aznar. En ese pasado se explica también el presente de Ingaramo hijo: si se depura su sonido siempre decorado por los beats techno, se obtiene una mínima expresión, obsesionada por la melodía, la armonía y el formato canción.

Las raíces, sin embargo, no pueden olvidarse. Y existe un ejemplo que lo demuestra. En 2014, en un impasse luego de su celebrado disco debut, Pop nacional, editó Tunga tunga, en el que recupera canciones clásicas del cuartetazo de Rodrigo y La Mona Jiménez, y las reversiona en clave pop. El resultado no podría ser mejor: ahora, aquellos temas legendarios y tradicionales, en una segunda escucha, parecen tan solo una versión jocosa de la obra de Ingaramo.

El cordobés construye todo a partir de la canción. Si Pop nacional fue su carta de presentación, la que lo puso a disparar rimas bajo el ritmo inconfundible del amor, Músico (2016), su más reciente trabajo, es la confirmación de un estilo que baila entre el techno, la electrónica, el hip hop y el trap. Matemática, el primer corte de la nueva placa, cuenta con la colaboración de Adrián Dárgelos en voces. Como su padre, él fue elegido como partenaire de un contemporáneo muy exitoso. Pero ahora, los roles están invertidos. Porque Ingaramo, a base de la recuperación de una tradición melódica y su correspondiente evolución hacia un sonido poco escuchado en la Argentina, ha logrado que Dárgelos lo acompañe a él y no al revés.