Su cuarto álbum, Blue, marcó un punto de inflexión en su carrera y la situó como uno de los símbolos máximos de la cantautora confesional, con una colección de canciones de arreglos austeros y letras en las que la franqueza y el vuelo poético iban de la mano.

En el comienzo de la década del ’70, el rock estaba en un momento expansivo.  Dos corrientes principales atrapaban la atención de la prensa y el público. Por un lado el rock progresivo sinfónico, natural consecuencia del salto evolutivo que esta música había experimentado en la segunda mitad de la década previa, con la incorporación de nuevos instrumentos (mellotron, sintetizador, sitar hindú, etc.) y la fusión con otras corrientes musicales, como el jazz, el folk y la música clásica.  Por otra parte, una rama del rock progresivo, más dura y enfática, ponía las bases del hard rock que derivaría luego en las diversas corrientes de heavy rock. 

            Pero a la par de estos fenómenos musicales, crecía también exponencialmente una nueva camada de artistas –solistas en su mayor parte- que, en un entorno instrumental ya fuere acústico o recurriendo a instrumentos eléctricos sin excesiva estridencia, desarrollaban un material intimista, centrado en sus sentimientos y emociones, tanto en el análisis minucioso de las relaciones sentimentales como en sus exploraciones existencialistas.  La prensa musical no tardó en acuñar para ellos –y ellas- el término cantautores.  Muy pronto, los rankings estuvieron dominados por álbumes de sus principales protagonistas: Carole King, James Taylor, Cat Stevens, Carly Simon y Leonard Cohen se contaban entre los nombres que era común ver entre los puestos del Top 40 en varios países del mundo.

            Era natural que Joni Mitchell fuese incorporada a las filas de esta corriente, pero una audición más profunda e intensa a sus tres primeros álbumes, Song to a Seagull, Clouds y Ladies of the Canyon, editados entre 1968 y 1970, revelaba que Mitchell habitaba un cosmos propio. (Joni sin duda odiaría, por limitativa y simplista, la etiqueta de “cantautora confesional”). En estos primeros discos, el viejo adagio de que a veces en la música “menos es más” parecía ser uno de los lemas de la artista canadiense.  Su guitarra acústica, de peculiar y personal afinación, un piano y algún otro instrumento que aportase un toque de color extra eran la constante, como si la Mitchell quisiera que ningún floreo redundante debilitara el poder comunicador de sus letras. En un medio musical que, como tantos otros, estaba dominado por hombres, Joni Mitchell se atrevía a concebir una obra artística que miraba el mundo desde una perspectiva femenina, analítica y detallista, no exenta de un humor naif que a veces mostraba también un lado filoso.

            La gestación del álbum Blue estuvo rodeada de un período de cambios importantes en la vida de Joni.  Para empezar, su idílico romance con Graham Nash había revelado su lado no-tan-idílico y la pareja se separó hacia fines de 1969, pero no fue fácil para ninguno de los dos; aquel adagio de “donde fuego hubo, cenizas quedan” en este caso probó ser verdad.  Necesitada de un cambio de aires, a comienzos de 1970 Joni viajó a Grecia con su amiga poeta, Penelope Ann Shafer, y terminaron en la isla de Creta, en el pueblo pesquero de Matala, que albergaba un puñado de hippies expatriados. Una vez allí, cada una siguió el camino de su intuición. Joni pasó por la taberna Delfini justo en el momento en que el cocinero salía despedido por la puerta, debido a una explosión en el interior del local. Resultó ser Cary Raditz, un estadounidense  que había recalado en Grecia para huir de su rutina como redactor publicitario y vivía en una de las cuevas de los montes que rodean el mar Egeo.  En ese ambiente rústico nació un romance, que aunque fugaz, dejó su marca en la Mitchell, quien tomó su dulcimer y compuso “Carey”, uno de los temas que habrían de definir el  álbum en ciernes. 

            A pesar de la atracción del muchacho de ojos azules y sonrisa malévola, como dice la letra de la canción en una parte, Joni extrañaba “mis sábanas limpias y mi delicada colonia francesa…”  De modo que Joni puso proa a París y más tarde pasó unos días junto a Nico en la casa de Ibiza de Jann Wenner, el fundador de la revista Rolling Stone.  Fue allí donde la atacó la nostalgia de una idealizada California y bautizó con el nombre de ese estado a otra de las canciones claves de Blue.  Esos meses la verían retomar brevemente las actuaciones en vivo, en el Mariposa Folk Festival de Toronto y en el Festival de la Isla de Wight, donde tuvo que luchar para ganarse a un público revoltoso.

            Todo este cúmulo de estímulos, romances, encuentros con amistades y choque de culturas fueron el condimento del material de Blue, disco que Joni grabó en los primeros meses de 1971 y que el sello Reprise editó en junio de ese año.  Tal vez el secreto del encanto atemporal de este cuarto álbum de la Mitchell haya que buscarlo en el equilibrio de sus componentes: así como la música combina melodías suavemente ondulantes con baladas introspectivas, de la misma manera las letras pintan imágenes que contraponen ese pigmento de inocencia y frescura que embellece un nuevo amor con reflexiones inspiradas por sucesivas escaramuzas en los campos de Eros con final incierto.

            El mapa de amores que quedaron en deuda incluye a “Little Green”, una tierna, agridulce mirada retrospectiva acerca de la bebé que Joni tuvo furtivamente a sus dieciséis años y que dio en adopción (el reencuentro con su hija, ya adulta, se produciría varias décadas más tarde), y también “The last time I saw Richard”, que cierra el álbum con un toque de calma resignación, contando la historia de un hombre y una mujer, viejos conocidos, que intercambian cicatrices emocionales en la mesa de un bar a la hora del cierre.

            Los músicos que complementan a Joni –James Taylor, en guitarra; Stephen Stills en bajo, Sneaky Pete en pedal steel y Russ Kunkel en ocasional batería-  contribuyen con su talento, sobrio y sutil, al encanto recoleto de Blue.

            En última instancia, a pesar de las viñetas de corazones escorados, el sentimiento que emerge en Blue, incluso a pesar de su título, que sugiere un tono “azul tristeza”, es de curiosa esperanza. En definitiva, amamos a esta Joni que ama el amor, al punto de pedir en el título de un tema “un cajón de vos” (A case of you), o de exclamar a los cuatro vientos en “All I want”: “Estoy en un camino solitario / viajando, viajando / buscando algo ¿qué podrá ser? / te odio un poco / te amo un poco / Oh, te amo, cuando me olvido de mí…”

            En una entrevista, Joni le contó a la periodista que había tenido un sueño en el que estaba en la butaca de una sala de conciertos,  con las entrañas a la vista, y que así es como se sentía. Y que compuso las canciones de Blue en ese estado de ánimo. Aquí no hay voces crispadas, ni confesiones expresadas con un desborde de decibeles. Pero, a no engañarse: la intensidad de Blue emerge en todas y cada una de estas canciones. Y contagia, de un modo casi hipnótico. Cincuenta años después, la llama sigue ardiendo…