Así es como Janelle Monáe describe su estado ideal, mientras resume su sentido del “otro” en dos películas con potencial de Óscar.

“Siempre hablé sobre lo que significa ‘la otra’”, dice Janelle Monáe, sentada en un sofá de felpa vintage en las oficinas de A24 en Nueva York, el estudio que acaba de lanzar la primera película en la que participa, Moonlight. “Como mujer negra que experimenta el sexismo y el racismo, me siento obligada a decir algo –afirma respecto a su atracción hacia el personaje de Teresa, la madre sustituta de facto de un chico negro que lidia con su sexualidad en Miami–. Tengo que decir algo”. Monáe usó históricamente el R&B para redefinir el sentimiento de ser “joven, negra, salvaje y libre”; además, sus primeras incursiones en Hollywood tienen potencial para estar en los premios de la Academia y desafiar la tendencia de los Óscar a ser “demasiado blancos”. En Moonlight, Monáe es una abogada determinada a proteger a un ser amado, mientras que en Hidden Figures –producida por Pharrell Williams– es parte de un grupo de mujeres matemáticas. “Los temas que tocamos en Moonlight y en Hidden Figures están en mi música –dice Monáe (30), que viste una remera de uno de sus ídolos, David Bowie–. Para mí, sentirme como ‘la otra’ como mujer o como miembro de la comunidad LGBTQ es un paralelismo de lo que va a ser para los androides en el futuro”.

La referencia al androide tiene perfecto sentido para aquellos familiarizados con el trabajo de Monáe: desde que irrumpió con TheArchAndroid en 2010 –nominado al Grammy– ella tuvo la misión de reconstruir el modelo de popstar femenina. Las críticas la consideraban la hija adoptiva de Prince y Octavia Butler, con canciones soul que combinaban pavoneo con ciencia ficción. La cantante de repente estaba tocando en la Casa Blanca y en un spot del Super Bowl para Pepsi, y asistió a una exposición de alta costura con Karl Lagerfeld, de Chanel. “A Janelle no le gusta que nadie trate de normalizarla –dice Jidenna, quien firmó para Wondalan Records, el sello que Monáe fundó en 2015 en Atlanta–. Siempre la estoy escuchando, como cuando dice ‘No tratés de encajar en ningún lado. La gente respeta la autenticidad más que nada’”.

Al crecer en la pobreza en la ciudad de Kansas, encajar era imposible para Monáe. “Estuve en cuartos donde era la única minoría –recuerda–. En esas situaciones, la gente no se toma el tiempo de entenderte”. Ella encontró consuelo en películas de fantasía (El joven manos de tijera y Matrix son sus favoritas) y aprendió a canalizar su angustia en la escuela de producción de teatro y ganando una beca para la American Musical and Theater Academy. Nueva York fue sofocante para Monáe, así que se mudó a Atlanta, donde en una noche de micrófono abierto fue descubierta por Big Boi, de Outkast. Para 2008, fue contratada por Bad Boy Records, de Sean Combs. Dos álbumes y ocho años después, su debut en la pantalla grande se siente menos como un desvío y más como un complemento perfecto. “No me veo a mí misma solo como actriz o solo como cantante. Soy una contadora de historias”. Al conversar, Monáe es suave. Habla en tonos mesurados, rara vez se escapa de los temas de conversación y continúa siendo tan circunspecta como siempre respecto de su sexualidad. “Yo solo salgo con androides” es todo lo que dice, sorprendentemente críptica y con una risita astuta. “Los androides van a perseguir lo distinto, aunque ponga incómodos a los demás. Eso es lo que estoy buscando: lo distinto”.

Lo encontró en Moonlight, un competidor al Óscar en el que los desafíos de “encajar” son llevados a su extremo más oscuro. “El guion me hizo llorar apenas lo leí… yo conocía a esos personajes”, dice Monáe, que coprotagoniza junto a Trevante Rhodes y Andre Holland, y se inspiró en los recuerdos de una vieja prima para una performance que Vanity Fair llamó “cálida y efectiva”.

Al pisar el set, Monáe estaba nerviosa, hasta que el director Barry Jenkins le aseguró que eso de los errores groseros no existe. “Trabajar con ella fue como conocer a una vieja amiga –dice Jenkis–. Sin extravagancia, sin séquitos. Apenas entró, se puso a trabajar”.

Su educación en el cine continuó con sus compañeros en Hidden Figures, Taraji P. Henson y Octavia Spencer, quienes, al igual que Monáe, no conocían la historia real relatada en el libro de Margot Lee ShetterlyHidden Figures: The Story of the African American Women Who Helped Win the Space Race (Hidden Figures: La historia de las mujeres afroamericanas que ayudaron a ganar la carrera al espacio)–.

“Estábamos asombradas –cuenta ella–. Estas mujeres fueron tan importantes, pero a la hora de contar la historia, su contraparte masculina se llevó todo el crédito. ¿Quién nos ocultó esto?”. Williams, uno de los productores ejecutivos de la película, agrega: “Janelle derramó su corazón y su alma en este papel. Esta historia era importante para ella”. Últimamente, Monáe prestó su voz para el movimiento Black Live Matters, marchando con los manifestantes. También lanzó el neo-espiritual Hell You Talmbout, que insta a los oyentes a recitar los nombres de los afroamericanos asesinados por policías y vigilantes. “Estoy cansada del juicio constante con el que tenemos que lidiar. Quiero hacer todo lo posible para que nos unamos”.

Monáe reconoce que los fans están ansiosos por música nueva (su último lanzamiento importante fue The Electric Lady [2013], que debutó en el Nº 500 del Billboard 200) y, a pesar de rumores recientes, insiste en que no va a abandonar el canto. “Nunca voy a dejar de hacer música –dice–. Habrá un álbum nuevo, no sé cuándo”. Monáe confía en que puede hacer todo, con el activismo como prioridad: su última apuesta es Fem the Future, la fundación sin fines de lucro donde crea oportunidades artísticas para las mujeres. “Si entrás a un cuarto que está lleno de hombres y vos tenés el poder, traé más mujeres al cuarto”, dice.