El ex The Stooges dio el mejor show de la primera jornada del festival, y demostró que su vitalidad no tiene fecha de vencimiento.

Una señora de 68 años se apoya en la valla blanca ubicada en la entrada del predio donde se encuentra el escenario principal. Tiene puestos anteojos, un cardigan color crema de lana, pantalones negros, zapatillas deportivas grises, y lleva su pelo gris recogido en una cola de caballo. Está sola, y mira con atención el final del show de The Libertines. “¿A qué voy a venir?”, dice ante la pregunta de un chico curioso. “A ver a Iggy Pop, obvio”.

Cuarenta minutos más tarde, las luces se apagan cuando Iggy aparece en cuero corriendo y dando saltos, mientras que los músicos sesionistas que lo acompañan tocan los primeros acordes de I Wanna Be Your Dog de The Stooges. En medio de la canción, baja del escenario  y camina entre las personas que se aplastan contra las vallas para tratar de tocarlo. A sus 69, sigue acelerado como un adolescente.  Parece que el tiempo solo hubiera logrado dañar su apariencia. Tiene la piel arrugada y con marcas, pero su voz conserva el mismo tono seductor, desgarrador y oscuro de su juventud y su energía intensa genera algo que hasta ahora no había provocado ninguno de los grupos anteriores. Es como la adrenalina que se siente antes de acostarse con alguien por primera vez.

El show, que duró casi dos horas, se basó en un set de 20 canciones compuesto de clásicos de su carrera solista –The Passenger, Lust For Life, Nightclubbing, Candy–, algunos temas de The Stooges – 1969, Loose, Raw Power– y  Gardenia, de su nuevo disco Post Pop Depression. La lista fue la misma que viene haciendo en todas las presentaciones de su gira sudamericana.

“Estoy muy solito, dejen subir a dos”, dijo Iggy Pop al personal de seguridad en medio de Repo Man. Dos chicos de menos de veinte y un hombre de unos cuarenta, le hicieron caso sin pensarlo y jugaron a ser estrellas de rock hasta que los tres pasaron a ser cuatro, después cinco y en unos segundos,  la situación se fue de control cuando Iggy despareció de la vista de los espectadores  tapado por treinta personas. “Con calma, no me lastimen, vamos”, dijo y se puso a cantar Search And Destroy, al mismo tiempo que los de seguridad trataban de regular la situación – que no pasó a mayores– y vaciaban el escenario.

Al final, después de que sus músicos abandonaran el escenario, Iggy volvió a bajar para despedirse del público y terminó con la clásica escena en la que se golpea el pecho a lo King Kong para darle un cierre al mensaje que transmitió toda la noche. No lo dicen, pero tanto él como la señora de 68 que fue a verlo lo saben. No hay edad para el rock and roll.