En el marco del Festival Únicos, el DJ agotó en febrero cuatro presentaciones sinfónicas en el mítico teatro porteño. Con la marea más calma, relata el suceso y muestra algunas cartas de su futuro: “Quiero hacer algo experimental en el CCK”.

El 2016 llegaba a su fin; Mauricio Macri cumplía su primer año como presidente, el “manso indie” era recién un embrión creciendo en YouTube, Drake se convertía en meme con el videoclip de Hotline Bling −canción que alcanzó el Nº1 del Hot 100− y Babásonicos preparaba un show en el Teatro Colón que volvía a despertar un debate histórico: “En el Colón no hay lugar para el rock”. En ese contexto, Hernán Cattáneo atendía desde Europa un llamado de su amigo y socio Cruz Pereyra Lucena.

– Hernán, ¿que me decís si te digo que podemos tocar en el Colón?

– ¿Me estás jodiendo? Me vuelvo nadando.

Irónicamente, al mismo tiempo que se criticaba la realización de un concierto de rock en el teatro más importante de Argentina, se empezaba a planear una presentación sinfónica de música electrónica. Carne fresca para los puristas que llevarían el debate a Twitter para hacer eco de su elegante snobismo con un par de tuits.

Pero Cattáneo no se detuvo en eso. Tentado ante la posibilidad de tocar en uno de los teatros de mejor acústica a nivel mundial, el DJ decidió volver a la Argentina para enfocarse en este nuevo proyecto. “Después de las primeras charlas con la gente del Colón hubo un cambio en la dirección y el show se cayó. Pero luego apareció el Festival Únicos y en ese contexto nosotros entrábamos perfecto”, explica el productor de 53 años.

La propuesta del ciclo Únicos fue llevar música popular y contemporánea a un formato sinfónico en el Teatro Colón. Junto con Cattáneo se presentaron en la misma semana, a fines de febrero del 2018, artistas como Joan Manuel Serrat, Luis Fonsi, Lali Espósito y Tini Stoessel, entre otros.

Para la sorpresa de muchos, al anunciarse el show del DJ, se despertó una curiosidad que derivó en un sold out el mismo día que comenzó la venta de entradas, y lo mismo ocurrió con las tres funciones que sumaron luego. “Con muchas ganas y humildad, aceptamos la invitación y entendimos que teníamos la oportunidad de  demostrar que valíamos la pena, porque la electrónica en el Colón no era algo apreciado por mucha gente, había varios en contra. Había que demostrar que nos merecíamos estar en ese lugar”.

Por más de un año, estuvo trabajando codo a codo con el DJ argentino −y un viejo amigo suyo− Oliverio Wonder y con Gerardo Garderín, el director de la Orquesta del Colón. El trabajo era arduo. Primero, Cattaáneo debía reducir su clásico set de cuatro horas a noventa minutos. Segundo, una vez elegida la música había que reescribirla para que pudieran interpretarla los 50 músicos que forman parte de la orquesta. “Ese fue el gran trabajo de Gerardo. Pensá que en un tema de Depeche Mode, que puedo incluir en un set, hay cuatro instrumentos más o menos; pero acá había que darles laburo a cincuenta músicos −dice−. Después hicimos aquellos sonidos que no puede reproducir una orquesta, como algunas bases de percusión o efectos. Terminamos muy contentos con el resultado”.

Luego de las cuatro funciones reconoce que por la “presión” bajo unos kilos, pero le dieron el envión para salir de su zona de confort. “Cuando terminó todo dijimos ‘¿Ahora qué hacemos?”. Con la marea de la Cattaneomanía más calma, se anima a pensar en producir algo más experimental dentro del underground argentino y llevarlo a plazas como el CCK.

En tu show en el Colón hubo algunas licencias, es decir, se vio gente en short. Se alejaron del protocolo habitual del teatro…

– Sí, absolutamente. Eso despertó de vuelta esta discusión sobre la alta cultura, la baja cultura y qué es cultura y qué no. Yo trato de no engancharme en eso. Algunos me dijeron “Deberías haber ido en saco”, pero a otros ni les importó. Lo importante es que nosotros hicimos cuatro shows en el Colón y de las 10.000 personas que fueron en total, más de 5 mil nunca habían ido al Teatro. Ese fue el gran triunfo. Para mí, como miembro de la música electrónica, fue un logro importantísimo, independientemente de que hubiera sido conmigo o no. Esto abre la puerta para que la gente del Colón se anime ampliar su programación. Ojo, el Colón es un lugar construido y destinado para la ópera y la lírica. Pero quedó demostrado que hay gente dispuesta a ir si la programación se abre un poco más. Es parte de la discusión. ¿Solo es cultura lo clásico o el jazz moderno también puede serlo?

¿Cómo afrontaste el riesgo de la mezcla en vivo en el Colón? Una milésima más o una menos podía hacer que todo se descontrole.

– Ese fue uno de las más grandes desafíos. Yo tenía a mi lado a cincuenta de los mejores músicos de Buenos Aires pero, sin embargo, nunca habían tocado encima de música electrónica. Teníamos que funcionar como un reloj suizo porque lo que más se iba a notar era si la orquesta no iba en sincronía con lo que nosotros hacíamos. A diferencia de ellos, nosotros usamos un secuenciador digital que es infalible; los músicos, por más buenos que sean, nunca lo hacen igual, su motor es a sangre. Eso es algo que despierta críticas y por lo que se tilda de fría a la electrónica. Pero lo ensayamos bastante para que salga a la perfección. Nos estresaba mucho: un error ahí podía hacer quedar el trabajo de más de un año como algo amateur.

Hoy son varios los géneros atravesados por las elementos electrónicos. Incluso el rock, que es más conservador. ¿Estamos llegando a una era de fusión total?

– Por un lado, un género como el rock en la Argentina siempre fue muy cerrado desde lo conceptual, no así de lo musical. Es decir, se dice que para que sea rock tiene que ser una guitarra, un bajo y una batería. Si a eso le agregás una caja de ritmos ya te dicen “No, eso no es rock”. Esas formas conservadoras lo limitan; en cambio, el mundo de la electrónica siempre fue más abierto, quizá porque su único condicionamiento es que tengas que sumar una base si hay que hacer bailar a la gente. En el resto del mundo ya es mucho más evidente que la electrónica está acá para sumar. Ya no hay límites de decir “Hasta acá es rock” o “Es latino”, o lo que sea.

Como DJ tenés que saber leer a la gente, pero ¿cómo conseguís equilibrar un set ya pensado con lo que ves que ocurre en la pista?

– En el 93 vino a la Argentina un DJ muy famoso que todavía está presente, David Morales. Se improvisó una especia de clínica para varios interesados y algo que me quedó de ahí fue “Uno tiene que aprender a estar en control, la gente necesita que la guíes”. Es decir, no dejarte llevar: vos podés poner un hit y que todos se vuelvan locos, pero al quinto hit seguido se empalagaron y se quedaron sin energía. Uno como DJ tiene que generar una identidad musical; por suerte, yo tuve una carrera muy larga y la gente que me viene a ver sabe qué es lo que puede pasar.

Ya sabés reconocer qué es un hit y qué una moda, ¿qué relación encontrás entre el talento y una canción muy popular?

– Hay cosas que son indiscutibles. Michael Jackson, Pink Floyd, The Beatles o los Stones son indiscutibles. Lo demuestran con la longevidad de sus canciones. Después, la música contemporánea es más difícil de analizar porque muchas veces tiene que ver con la moda. En los ochenta, mi fuente de información eran los charts de Billboard, y si vos ves una semana cualquiera de esa década en el top 10 eran todos hits que hoy son considerados clásicos. Entonces, cada época musical tiene su nivel. Hoy quizá el standard es más bajo o más básicos, pero más contagioso. Tiene que ver con lo viral que se puede volver algo hoy en tan poco tiempo, con la inmediatez que trajo internet. Despacito o Gang Gang Style tienen que ver con eso. Por supuesto que el análisis debe ser más profundo, pero habría que ver qué hubiera pasado si los artistas de antes tenían las mismas herramientas de hoy en día.