Compuso unas mil canciones, pero editó solo un disco en su vida. Desde su muerte, su obra oculta empezó a circular y se convirtió en un culto a ambos lados del Río de la Plata.

Para la iglesia. Para la corona. Para los mecenas. Para los grandes sellos. Incluso, como quería Dylan Thomas, para los amantes “que no pagan con salarios ni elogios”. Todos los artistas trabajan para alguien, pero muy pocos tienen reservada la tarea final: trabajar para aquel que todavía no nació. Gustavo “El Príncipe” Pena era uno de ellos.

“La mayoría de las canciones que hice en estos últimos tiempos las hice para dejarlas ahí –dijo el músico uruguayo poco antes de morir–. No son cosas que yo quiera tocar, no me va a dar la vida para hacer eso. Pero es que si yo quiero componer ahora, puedo ir y hacer una música. Ya hice un canal con el cielo. Solamente miro hacia arriba y quedo impresionado como un film de fotografía”.

Durante la mayor parte de su vida, sin embargo, las canciones de El Príncipe solo quedaron grabadas en algunos demos, su computadora y las de algunos amigos. También sobre la memoria colectiva de todos esos seguidores que, llegado un punto, se resignaron a no tener un disco de El Príncipe.

El 11 de septiembre del 2002 empezó a romperse el maleficio. Esa noche, El Príncipe se presentó en la Sala Zitarrosa de Montevideo acompañado por El Club De Tobi en algunos tramos del concierto. Las butacas estaban cubiertas en la mitad de su capacidad, pero era un evento importante. “Habría unas 200 personas, de las cuales 150 nos conocíamos –dice Martín Buscaglia–. En sus toques siempre había poca gente, pero muy entregada. El Príncipe tenía algunos acólitos que lo seguían de un modo devocional y expandían la palabra”.

Para diciembre de 2003 contaba con su primer disco oficial; y, desde entonces, su icónica ese sibilante y aquel swing minimalista estaban por primera vez en las bateas. Si bien era el disco en vivo de un artista inédito, todo el repertorio tenía calibre de clásico: “Ángel de la ciudad”, “Imaginando buenas”, “Del medio segundo”. Un largo decantado que había tenido lugar entre las barricas del under montevideano, las escapadas al Brasil y las playas de Rocha.

A pesar de la buena nueva, sería un verano arduo. La diabetes y su hipertensión, combinada con otras afecciones y con accidentes domésticos, lo llevaron de su casa al hospital y viceversa. En esas semanas descubrió que, aunque una fractura de su brazo le impedía tocar la guitarra, podía escribir música en un software que su compu interpretaba. El Príncipe no podía parar. “Nunca quise ser músico –dice en el documental La cocina–. Nunca se me pasó por la cabeza. No es una cosa que yo quiera hacer, es una cosa que hago”.

Así, aunque el derrotero de esa película sea el derrotero hacia su muerte, su biografía se va revelando con chispazos. Por allí aparecen un padre comisario y una madre bordadora que, a lo largo de un puñado de meses fatídicos, desaparecen del mapa de su infancia. “Yo era un principito, pero cuando me quedé solo me volví un mendigo –apunta–. Mendigaba amor. Me parece una buena razón para mendigar”.

A mediados de los 70 cursó algunos estudios y luego, ya metido en el circuito de la música popular, siguió su camino de aprendizaje con el oficio. En 1979 ofreció su primer concierto como solista en la Alianza Francesa y, como acreditan las grabaciones reunidas póstumamente por su hija Eli-u en Archivo 1 (1979/1980), El Príncipe ya tenía cerrada su estética. Temas como “El orden de los sonidos” eran variaciones personalísimas sobre la canción rioplatense, que en su caso maridaba el mundo armónico del tropicalismo con un sabor beatle y el lirismo urbano de Luis Alberto Spinetta.

Luego de aquel concierto hizo una de sus incursiones por Brasil. Pasó por ensambles de muy diversa índole (desde country y fusión hasta folklore nordestino) y, para cuando regresó al país, la democracia estaba a la vuelta de la esquina. No era un buen contexto estético para su música. En los años de la explosión dark de Los Estómagos, El Príncipe tocaba cumbia con Los Herederos y tenía un trío de extracción carioca llamado Cravo e Canela junto al Sapo y Gilda De León.

“Montevideo es una ciudad chica, y todos los que nos dedicábamos a la música sabíamos de las actividades del otro, pero la primera vez que vi actuar a Gustavo fue a fines del año 83 –recuerda el bajista Jorge Sadi–. Ese día toqué en el mismo boliche con Bando Sur, el grupo que teníamos con Jorginho Gularte. El Príncipe tocaba con Gilda, que entonces era su mujer y la madre de Eli-u, la chiquita que andaba por ahí durante la prueba de sonido”.

Aquel encuentro con Sadi no solo fue el embrión de Buraco incivilizado (su casete pirata era una de las músicas dilectas de La Nave de los Locos, el programa de Horacio Buscaglia), sino también de su primera grabación profesional. Registrado en los estudios porteños de Panda, La fuente de la juventud (1991) tenía todo para ser el despegue. Pero no. El disco fue cajoneado y El Príncipe, con esa mochila sobre sus espaldas, partió nuevamente hacia Brasil. Tocó, vivió en un gallinero y vendió churrasquitos para los malandras del morro que, a las seis de la mañana, hacían un alto para tomarse unas frescas y charlar con ese uruguayo carismático. No era, todo parece indicar, una vida saludable.

“En el 93 o 94 me llamó una persona conocida para contarme que había llegado desde Brasil un músico uruguayo que quería armar una banda –recuerda el tecladista Herman Klang–. Vinieron a mi casa y ahí lo conocí. Empecé a tocar en El Príncipe y la Sin Fónica, y nos hicimos amigos, aunque a veces se imponía esa dinámica discípulo-maestro que a mí no me gustaba. Le mostré mi música, le encantó y empezó a componer arriba de lo que yo hacía. Esa era la tónica. Hicimos un montón de música, y aunque en el medio hubo un distanciamiento, nunca dejó de venir a mi casa para trabajar. A veces tenía mis reticencias, porque arreglaba todos los problemas de composición que yo pudiera tener y mejoraba mi material. No me dejaba equivocarme. Pero bueno… el punto es que quedó todo eso ahí, inédito”.

La relación con Klang y todo ese flamante circuito de músicos propició su integración en Malena Morgan, pero también el nacimiento de grupos como Autobombo y La Rana Raraka. El Príncipe vendía mano a mano los casetes piratas con sus canciones y, alrededor de ese fueguito, creció un núcleo de iniciados. “Estaba sensiblemente adelantado –dice Martín Buscaglia–. El primer círculo del paraíso de El Príncipe, así como el segundo y el tercero, estaban conformados en su mayoría por una generación más joven”.

Para esa generación, las canciones de El Príncipe eran una iluminación: artefactos de complejidad armónica que, sin embargo, tenían un gancho descarado y fluían como manantial. Admitían el gusto de los niños, pero no eran música infantil, sino música para proteger al niño que –como es fama– todos llevamos dentro. No hay ingenuidad: canciones como “Pensamiento de caracol” son himnos rebeldes para la restitución del paraíso perdido. Así, como Miguel Abuelo, El Príncipe tensaba los límites de su libertad y no pocas veces se estrellaba contra su entorno. “Tenía un lado muy dulce, pero también podía aparecer su lado más caóticamente problemático –sigue Buscaglia–. Sus contemporáneos tendían a ver esa parte y preferían no tenerlo en consideración. En una zona de Montevideo había un boliche llamado Juntacadáveres, y a una cuadra quedaba Tertulia. Ambos eran parte del circuito del under postdictadura. Ahí en Tertulia había un cartel en el que expresamente se prohibía el ingreso de Gustavo Pena. No sé qué bardo habría hecho”.

En la película La cocina, El Príncipe ya aparece liberado de su Hyde. Como si se hubiera salido de la rueda de la doctrina. Tumbado en la cama del hospital y con la bolsa de suero en las manos, el tipo suena más allá de todas las ataduras. “Una semana antes de morir vino a mi casa y estaba rebuena onda –recuerda Klang–. Muy cariñoso. Y yo también. Tenía hambre, le hice una sopa, estuvimos hablando. Nos dimos cuenta ahí de que nos queríamos mucho”.

“Estuve pensando –le dijo a Klang–. Ya no necesito que me admires, me alcanza con que me quieras”.

El 13 de mayo de 2004 murió debido a complicaciones vinculadas a su diabetes. Con el deber revelado y una paciencia budista, Eli-u se propuso reunir, ordenar y difundir el legado disperso de su padre. Propulsó la postergada edición de La fuente de la juventud, unificó su historia (sonora, audiovisual, fotográfica, periodística) con el site Imaginando Buenas y hasta grabó su propio disco de versiones titulado Creo en los elefantes. Desde entonces sus canciones volaron sin la carnadura del autor y, a un lado y otro del Río de la Plata, cientos de músicos descubrieron su repertorio. Los Onda Vaga vieron un video en Youtube y armaron su lectura de “Cómo que no”, “Mandolín” se convirtió en un standard y Mandrake Wolf se robó una escena de la película Charco con “Ángel de la ciudad”. El tesoro de Herman Klang, sin embargo, seguía enterrado. Hasta que Klang tuvo un sueño.

En el sueño, El Príncipe estaba sentado de espaldas. Giraba sobre su silla y, con el humo del cigarro cruzando su sonrisa, agitaba los brazos flacos: “Loco, tenés que sacar el disco nuestro –le decía a Herman–. Es más: ponele Fuselaje púrpura”.

Vaya atrevimiento. Gustavo Pena, el mito de las mil canciones inéditas, quería ponerse las pilas después de muerto y tenía instrucciones precisas. Pero ¿quién estaba dispuesto a decirle que no? Las órdenes de un príncipe son sueños y sus sueños siempre son órdenes.