Después de 23 años, el grupo de California volvió a presentarse en el Estadio Monumental y demostró que todavía queda rastro de la banda más peligrosa del mundo.

Como un déjà vu. Así se sintió el abrazo de Axl Rose con Slash y Duff al final de su primer show en el Estadio Monumental en 23 años. La escena, que no se repetía en este lugar desde el 17 de julio de 1993 –la despedida que transformaría a nuestro país en parte de la leyenda de los Guns N’ Roses–, se concretó en la madrugada del sábado, a pesar de que Axl llegó a decir que la reunión con sus excompañeros no sucedería en esta vida.

Pero sucedió. Cuarenta minutos después de las nueve –a diferencia de su presentación del martes en Rosario en la que empezaron puntuales–, los platillos de Frank Ferrer sirvieron como campanada de inicio de la noche con It’s So Easy. En una secuencia de imágenes, las tres pantallas LED mostraron a Duff, a Slash, y se detuvieron en Axl, que apareció con un pañuelo rojo atado a su cabeza, un sombrero negro, campera de cuero, jeans y una camisa a cuadros atada a la cintura. El frontman corrió con actitud por todo el escenario, pero su voz se escuchó baja, y quedó tapada por la de Duff, algo que opacó un poco el comienzo.

El sonido mejoró en Mr. Browstone y Chinese Democracy, y se ajustó cuando Slash se puso a juguetear con las primeras notas de Welcome to the Jungle. “¿Sabés dónde estás? En la selva bebé, vas a morir”, dijo Axl en su primera intervención de la noche, y el estadio entero respondió con gritos de euforia. Mientras que Slash, Duff y Fortus –a cargo de la segunda guitarra–, se paseaban por la estructura de escaleras montadas en el escenario, Axl se paró encima de un parlante para emitir un falsete desgarrador que alcanzó el mismo tono que al que llegaba a los veintipico. Durante esos ataques de inspiración, el cantante hizo olvidar sus kilos de más, sus movimientos espásticos, y hasta las cirugías estéticas que alteraron su rostro. Y es así como se dieron los mejores momentos del show, cuando el grupo transportó al público a esa noche de julio del ’93, antes de que su vínculo se dañe por la separación y el paso del tiempo.

La ilusión del viaje al pasado se rompió como un cristal en Better, después de Double Talkin’ Jive, cuando Axl entró a destiempo al tema, se perdió y su voz no logró alcanzar el registro que exigía la canción. Fue como despertarse de un sueño maravilloso durante la siesta en un avión por una turbulencia. Pero el show está diseñado para tapar esos baches, y el principal encargado de salvar a su compañero de los apuros es Slash. El guitarrista de la galera usó su prodigiosa digitación para estirar las canciones cada vez que era necesario que Axl recuperara el aire.

En dos horas y media, los Guns repasaron sus clásicos –Sweet Child´O Mine, Don’t Cry, November Rain, You Could Be Mine, Nightrain– , tocaron algunos covers –Duff cantó Attitude de Misfits, y Slash y Fortus se enfrentaron en un mano a mano instrumental durante Wish You Were Here– y les inyectaron a sus fans una dosis letal de nostalgia cuando Steven Adler, el baterista original del grupo, apareció como invitado sorpresa y reemplazó a Ferrer para hacer Out Ta Get Me. Por primera vez, cuatro de los cinco integrantes fundadores de la banda tocaron juntos en suelo argentino, ya que en sus visitas de los ’90, la persona a cargo de la batería fue Matt Sorum, quien reemplazó a Adler por sus problemas con las drogas.

En el final, Paradise City –la misma canción con la que despidieron en el ’93–, con lluvia de papelitos y fuegos artificiales incluidos, sirvió para terminar de coronar el ansiado regreso de los Guns N´Roses al suelo argentino. Y además, para demostrar que hay experiencias que siempre vale la pena repetir al menos una vez, aunque se sepa de antemano que nunca van a volver a ser como antes.