David Gilmour se presentó anoche en el hipódromo de San Isidro. Finalmente pudimos disfrutar de la otra mitad de Pink Floyd, en lo que fue el mejor show del año.

Era nuestra ballena blanca, la figurita difícil del álbum. Hasta hace unos meses, nadie vaticinaba que alguna vez íbamos a tener la chance de ver a David Gilmour en nuestras tierras. Los rumores y noticias venían de las fuentes más confiables pero lo seguíamos negando. Nadie quería ilusionarse, porque era mejor negarlo a sentir que estuvo cerca y nunca tenerlo.

Esperar y esperar. Tuvimos que esperar décadas para la visita. Tuvimos que esperar hasta diciembre para presenciar el mejor show del año en nuestro país. Y tuvimos que esperar horas para llegar a un hipódromo donde todo estuvo mal organizado. Todo. Retraso de horas en la apertura de puertas, sillas ausentes, mal ubicadas y sin acomodadores. Falta de personal de seguridad, accesos angostos para hacer pasar y salir 70.000 personas, y la tarea imposible de encontrar la ubicación numerada. Estacionamientos sobrevendidos, personas ingresando hasta la mitad del recital. Lamentable. A la producción le quedó muy grande la camiseta.

Rattle That Lock. Ese es el nombre del último disco solista de Gilmour, y el responsable de la gira que lo trajo a nuestro país. Sin ese disco quizás nunca lo hubiéramos visto en vivo, así que ya podemos cambiar el amén de nuestras oraciones por esas tres palabras. La noche comenzó pasadas las 21:30 (media hora después de lo anunciado) debido a que el inglés también fue víctima de los horrores de la organización y llegó tarde al venue. 5 A.M., Rattle That Lock y Faces Of Stone fueron las tres primeras, como para ir calentando el ambiente de una noche fresca en San Isidro. Afuera, miles (literalmente) seguían intentando ingresar por los pésimos accesos. Obviamente, sin nadie que ayudara o señalizara.

Las lágrimas. Cada persona tiene su canción preferida, y en los siguientes 30 minutos golpeó a varios. Esa acústica inconfundible de Wish You Were Here fue mucho para el corazón de algunos y se vieron las primeras lágrimas. A Boat Lies Waiting, con Gilmour en steel guitar y Guy Prat en contrabajo, The Blue, y luego la canción que parte Dark Side of the Moon en dos: Money, esa crítica al capitalismo que nunca deja de estar vigente, que mostraba en las pantallas imágenes de los extremos de la sociedad, gente muy rica y personas durmiendo en la calle desamparadas. Us and Them fue la continuación natural, y el cierre del primer set con la brillante High Hopes que tuvo un final onírico, con todo el público en silencio (inusual en nuestro país) simplemente disfrutando los trasteos de Gilmour en la acústica. Luego el intervalo.

Lisergia. La vuelta de la banda fue con Astronomy Domine, un viaje al año 67 con una versión más psicodélica a la escuchada en PULSE. Mucho rojo, azul, verde, nos transportaron a las alucinaciones de Syd Barret. Sin recuperación emocional posible, siguió Shine On You Crazy Diamond y por doquier se veían ojos cerrados simplemente dejando que la música ingrese por los poros. Los punteos de guitarra podían sentirse en la piel.  

Volviendo a la vida. Coming Back To Life, la oda a la vida dedicada a su mujer Polly Samson nos trajo nuevamente al planeta tierra y a las sonrisas. Un David Gilmour sorprendido agradeció por los cantos de la gente; luego de la increíblemente jazzera The Girl In The Yellow Dress, las guitarras se lucieron en el cierre con Sorrow y la banda se puso lentes oscuros para Run Like Hell. La falsa despedida, y el aroma en el aire de estar viviendo momentos históricos. El cierre, fue un mini show aparte, con títulos de canciones que dejan de ser sustantivos para transformarse en adjetivos superlativos sólo por su nombre: Time/Breathe (reprise) y la épica Comfortably Numb.

Hasta el viernes a la noche, los debates entre melómanos sobre cuál había sido el show más importante del año estaban divididos. Ya no hay vacilaciones. El de David Gilmour fue sin dudas el mejor show del 2015, y el mejor de sus vidas para muchos. 

Imágenes: Gigriders